miércoles, 22 de mayo de 2013

Ezra Pound: Cantos pisanos (y 2)

En el canto LXXVII vuelve otra vez sobre su cautiverio, efectúa comentarios sobre acontecimientos de la guerra: el asesinato de oficiales polacos en Katyn, las explosiones atómicas en Japón (“siete palabras por cada bomba”; “lo demás es explosivo”). Con el caos del mundo contrastan las enseñanzas de armonía y paz de Confucio; por ello el canto está plagado de ideogramas del pensador chino: el centro , lo que precede, lo que sigue, la aurora, el espíritu, la explicación... y, fundamentalmente, el tao: la verdad, el camino. Hay referencias, en este caso, a Eliot, también gran amigo suyo; citas del poeta persa Ferdusi; invectivas, de nuevo, contra la usura: “interés sobre todo lo que crea de la nada / tiene el banco sodomita; / iniquidad pura”. Pero el tono de serenidad de espíritu se manifiesta en la confianza de que “nada cuenta excepto la calidad del cariño”.
El canto LXXVIII insiste en los banqueros usureros y en los políticos corruptos que les hacen el juego: “y mierda para los monopolistas / toda la cáfila bastarda”; “por las infamias de la usura”. Hay referencias a autores clásicos, como el propio Lope de Vega (de quien era estudioso), o contemporáneos, en esta ocasión William Carlos Williams; también a ciudades italianas a personajes históricos, pero quien ocupa en este canto un lugar central es Casandra: “Casandra tus ojos son como los de los tigres / la luz no los traspasa”, en quien simboliza la palabra sabia no oída (sus profecías no eran creídas). Concluye, identificado con Confucio, en que “no hay guerras justas”.
En el canto LXXIX realiza paráfrasis de autores o menciona la reapertura del festival de Salzburgo (en homenaje a Mozart). En esta ocasión es Yeats la referencia principal (de quien había sido Pound secretario, y quien le brindó su apoyo y amistad). Vuelve a recoger el sentido de las Analectas: “el molde ha de contener lo que en él se vierte”; “lo que importa es hacerlo inteligible”. Las notas de su paso por el Centro Penitenciario se recogen es ese estribillo repetido “estacione su jeep allí”. Los citados “hierbabuena, tomillo y albahaca” son símbolos dantescos de Paraíso. Pero el elemento clave de este canto es el lince, ese animal sagrado de Dioniso; y, enlazando con éste, hay una glorificación de las uvas, el vino, se alude a los misterios eleusinos, y se exalta el amor.
“Oh lince, mi amor, mi bello lince. / Vigila la olla de mi vino, / guarda bien mi alambique montañés / hasta que el dios entre bien en este whiskey”; “Oh lince, guarda este huerto, / guárdalo del surco de Ceres”; “Oh lince, guarda mi vid / mientras la uva se hincha bajo la hoja de vid”. Todas estas advocaciones –y otras– enlazan con la alusión al naturalista William Henry Hudson, defensor de la vida salvaje.
El canto LXXX es el segundo más extenso. Se inicia recogiendo la queja de un preso (“no he cometido ningún crimen federal / sólo una ligera falta”). Hace referencias a sus estancias en Londres, Paris, a sus viajes por España (“de mis soledades vengan”, parafraseando a Lope), a su familia, a presos y guardianes. Recoge las palabras de Santayana sobre jóvenes poetas muertos: “Sencillamente murieron. Murieron porque / simplemente no pudieron soportarlo”. Reflexiona sobre el mal tomando la cita del Julio Cesar de Shakespeare: “El mal que hacen los hombres les sobrevive”. De nuevo Yeats  –cariñosamente llamado el “tío William”– está presente: “el viejo William tenía razón al sostener / que el desmoronamiento de una buena casa / a nadie aprovecha” (clara crítica de la especulación inmobiliaria). Parece que recoge una censura de e. e. cummings a Wallace Stevens. O, una vez más, “Tan dificilísima, Yeats, la belleza es tan difícil”, palabras del pintor Beardsley a Yeats. Al final hay un recuerdo entrañable del Londres vivido por Pound antes de la Primera Guerra Mundial (“y sabe Dios qué más queda de nuestro Londres”); aunque, ahora que Wiston Churchill había sido derrotado –sentía animadversión hacia él, y se alegró de que le vencieran los laboristas–, anhele: “Oh, quien estuviera en Inglaterra ahora que Wiston está fuera”.
En el canto LXXXI vuelven a aparecer referencias mitológicas, recuerdos de infancia y de amigos. Según estudiosos de la obra de Pound, hay un elemento clave en este canto: la sección que se inicia con la palabra “libreto”. Cree que la condición de la poesía es esencialmente musical. Esto le sirve para postular que los dos polos de la existencia son la miseria –aceptando así su estado presente– y la belleza, y que el hombre debe moverse entre ambos intentando alcanzar su dignidad: “¿Has creado ánimo tan aéreo / para atraer la hoja de su raíz? / ¿Has encontrado una nube tan ligera / que no parezca ni niebla ni sombra?” Lo esencial es la capacidad de amar: “Lo que bien amas perdura, / lo demás es escoria. / De lo que bien amas no te privarán. / Lo que bien amas es tu herencia verdadera”. Pero debe aceptarse lo que uno es con humildad, con el dominio de uno mismo: “Humilla tu vanidad, no fue el hombre / el que hizo el valor, o el orden, o la gracia”; “Domínate a ti mismo y entonces otros te acatarán”.
Plasma Pound en el canto LXXXII un lamento al estilo del clásico ubi sunt, mas también hay una manifestación de la unión del poeta con la Tierra y los dioses (se le ha considerado el canto del “matrimonio con la Tierra”): “Oh Gea Terra, ¿qué atrae como tú atraes / hasta que uno se hunde en ti a brazadas / abrazándote?”; “La sabiduría yace a tu lado / simplemente, más allá de la metáfora”. También reconoce las limitaciones del ser humano debido a su naturaleza perecedera, por lo que se une además a las almas de los muertos: “la soledad de la muerte me alcanzó / (a las 3 p.m. por un instante)”. A pesar de todo, el hombre debe continuar ese “periplo”, entendido como el viaje del espíritu: “tres medias notas solemnes / ... / sobre el alambre del / periplo”.
Propone en el canto LXXXIII la búsqueda de una paz que se enuncia en la reiterada enumeración de los términos agua y paz (“Hudor et Pax”). Insiste en sus experiencias del presente: “Ningún hombre que haya pasado un mes en las celdas de la muerte / cree en las jaulas para fieras”. La observación de lo minúsculo se convierte en esperanza para la vida: “Cuando la mente se mece colgando de una brizna de hierba / y la pata delantera de una hormiga ha de salvarnos / la hoja del trébol huele y sabe como su flor”. Fatigado, cansado, por su dolorosa experiencia, pide al mundo: “Oh, dejad que descanse un viejo”.
En el canto LXXXIV, el último de esta serie, reflexiona sobre su actual sufrimiento. Plantea que debe ser paciente porque al final de la noche oscura (también conocía a San Juan de la Cruz), llegará el amanecer con su brillante luz: “Si la blanca helada aprieta vuestra tienda / daréis gracias cuando la noche ha terminado”. Es una consecuencia de la firme voluntad de continuar con su “periplo”, para así alcanzar, basado en la esperanza, la salvación.
Los Cantos Pisanos constituyen una parte no menor de la obra magna The Cantos. Su complejidad, su riqueza (que va desde lo esencial hasta la multiplicidad de anécdotas, desde el encuentro con autores fundamentales hasta la cita de nombres menores hoy olvidados, desde la riqueza cultural hasta las ideas personales discutibles, desde la desmesura en las referencias al hondo sentimiento vital), hacen que estas entradas no sean sino una aproximación mínima a su contenido.
Para concluir, un comentario y una anécdota. Las ediciones en español de Los Cantos de Pound suelen ser antologías, algunas más que discutibles; como aquella de una prestigiosa editorial de poesía que llama Cantos Pisanos a la globalidad de Los Cantos (lo mismo le da el canto XXXII que el LXXXIV o el CXIII). He seguido la edición de Javier Coy, que ha llevado a cabo un trabajo titánico de investigación parangonable al de la propia obra. Sus textos y la profusión de notas explicativas han servido para intentar obtener el sentido de tan difícil y desbordante obra poética. La anécdota: hará más de veinte años descubrí, con enorme sorpresa, que en la bella población de Medinaceli había un monumento y una placa dedicados a Ezra Pound. En la placa hay una respuesta a su pregunta cuando visitó el pueblo: “Aún cantan los gallos al amanecer en Medinaceli”. Insólito homenaje, en este país, a un poeta que, aunque universal, es extranjero.

© Copyright Rafael González Serrano

1 comentario:

  1. Me podría ayudar con el nombre del discípulo que en los cantos de oriente sigue al sabio poeta Li-po?

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