miércoles, 1 de junio de 2011

Giuseppe Ungaretti: El dolor

Ungaretti compone El dolor como necesaria respuesta a una tragedia personal: la pérdida de su hijo de nueve años, Antonietto. Pero, a pesar de que esto ya hubiera sido suficiente motivo como para escribir el texto, éste no es sólo un dramático lamento o una elegía sobre ausencias, sino que también le sirve para efectuar una honda reflexión sobre la existencia, sobre la brutalidad padecida por millones de seres humanos (en la guerra mundial). Y, sobre todo, para plasmar su necesidad de trascendencia. Pues la obra es humana en sus sentimientos, pero religiosa en su más profundo sentido, en su finalidad última.
El poemario esta dividido en seis partes. En la primera, Todo he perdido, rememora la pérdida de la infancia, y la de su hermano del que sólo le rodean “los fuegos sin fuego del pasado”. Está aquí ya recogida la clave central del libro: la pérdida; ya sea del paraíso inicial o de lo sagrado. La segunda, Día tras día, es un poema de poemas. De inicio, se hace presente el recuerdo doloroso del hijo, cuya voz le llama “desde las cumbres inmortales”, y cuyo “rostro feliz” busca en el cielo, no sin cierto sentimiento de culpa porque “aquella voz del alma/ ... no supe defender aquí abajo”. Pero el poeta aún dispone del don de su alma ilesa, de donde puede brotar la razón de un nuevo vivir, pues aparecen elementos salvadores procedentes de la naturaleza (el buen tiempo, un poco de sol), y la voz que le dice “soy para ti la aurora y el día intacto”. La naturaleza vuelve a ser expresión de júbilo, y una alegría puede surgir de las raíces del dolor.
Vuelve la memoria dolorosa, el “amargo acorde”, en la tercera parte, El tiempo es mudo. Porque “la muerte es incolora e insensible”, y ya “lo rozaba con sus dientes impúdicos”. Aparece la admonición fúnebre: “despertaste entre las algas/ fabulosas tortugas”, anticipando que era demasiado humano para el “salvaje... rugido de un sol desnudo”. En Al encuentro de un pino se dirige a un pino invicto, huésped de la memoria. Se puede rescatar el equilibrio interior y el fervor gozoso por medio de los símbolos. Así “cuando el crepúsculo hirió/ la ebria espuma de las olas... /volví a hallarme en la Patria”. (Ésta alegoriza el anhelo de la pérdida originaria).
Roma ocupada es la quinta parte, y la más extensa. Si la inicia con un tono desolado “en las venas, ya casi vacías tumbas... “, invocará de nuevo al hijo: “que tu rosada y súbita señal/ ... resurja/ y vuelva a sorprenderme” para que pueda “silabear otra vez las palabras ingenuas”. A pesar de los difuntos sobre las montañas -evocación de un tiempo de ignominia y horror-, el encuentro con la crucifixión de Masaccio le hace entrever por qué aún le alienta la esperanza. Si un gemido de corderos se propaga (imagen del dolor), es porque el tormento se desata entre “hermanos que se odian a muerte”. Y es que para el hombre se abre el infierno al alejarse de la pureza de la pasión de Cristo; que se inmola “perennemente para reconstruir/ humanamente al hombre”. La reflexión le conduce a la piedad cristiana.  Si los hombres son iguales e “hijos de un solo y eterno Soplo”, qué ¿Ocurrirá? La Patria cansada de las almas, ¿volverá a refulgir? ¿Renacerán esperanza, flor, canto?  “¿Ocurrirá ahora que la ceniza prevalezca?”
En la sexta y última parte, Los recuerdos, propone una figura “el ángel del pobre”. Es el símbolo de la nobleza del alma, último refugio de ser asediado. Y solicita, ruega, “Dejad de matar a los muertos/ no gritéis más...”. El mar es el símbolo de la inmensidad libre; todo se borra y se diluye en infinitud marina, mas también “las dulces huellas”, los recuerdos que son “ecos sin voz de los adioses”. He aquí el naufragio permanente del ser Otra imagen más es la tierra: “tierra eres aún de las cenizas/ de infatigables inventores”; y podrá seguir arreciando el viento, pero “... silencioso/ el grito de los muertos es más fuerte”.
El poeta a lo largo de sus versos reflexiona sobre los límites del dolor, realiza una anatomía detallada de los diferentes registros del mismo. Pero, la palabra poética, que ha de desarrollarse en un mundo del que han sido abolidos la plenitud y el goce, busca un desnudo mensaje de amor. No hay desesperación, ni abandono, a pesar del dolor (personal y general), a pesar de la referencia constante a los muertos. Sí una secreta rebeldía que pugna por manifestarse, para hacer una propuesta salvadora a través de un sentimiento amoroso en comunión con la piedad, y trascendido en una búsqueda interior, del alma. Así la memoria poética, sacude la conciencia, desahoga del dolor y recupera los símbolos originarios (entre los que está esa Patria alegórica).
No es una obra complicada formalmente; mas, fruto de una decantación meditada -la escribe en un largo periodo de años- y de un proceso reflexivo, basa su dificultad en ese contenido donde emociones y conceptos se hermanan. Y, estos últimos, en ocasiones, se acumulan. No hay experimentación, atrevimientos compositivos, pero sí suma de ideas para expresar unos sentimientos y unas percepciones. De ahí deriva su complejidad: se ha de descifrar el sentido último. Los poemas no son extensos pero sí intensos. A veces, la brevedad del verso, ofrece una sensación casi impresionista; pero, por lo general, el tono es meditativo, consecuencia de una introspección que sólo elimina del sentimiento lo accesorio, el adorno llamativo, para centrase en lo esencial. Rico en imágenes y en símbolos, metaforiza un camino o búsqueda de un espacio interior, donde habita lo permanente y sagrado. 

© Copyright Rafael González Serrano

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