viernes, 24 de junio de 2011

Osip Mandelstam: Tristia

Compone Osip Mandelstam Tristia entre 1915 y 1920, siendo su título una clara y  voluntaria alusión a las Tristia de Ovidio, ya que, no en vano, era un gran conocedor de la cultura grecolatina. Si el poeta latino vierte en sus composiciones toda la nostalgia que, desde el destierro, sentía por Roma (con el tema del viento como vehículo de esas palabras que deseaba que llegasen a la urbe añorada), en la obra de Mandelstam, además de una búsqueda del pasado se plasma una manera de recuperar el tiempo en el presente.
En su poemario, desarrolla temáticamente la civilización de la que se siente integrante: Grecia, Roma, la Judea bíblica, la Cristiandad, así como un alegato contra la degradación moral de la sociedad que le tocó vivir, en la que la delación y el servilismo al poder era moneda corriente. No era Mandelstam un poeta político; es más saludó inicialmente la llegada de la Revolución, que pronto, como a tantos otros, le defraudaría. Puede que su epigrama contra Stalin (minuciosamente analizado por José Manuel Prieto) precipitara su perdición (moriría en el campo de concentración de Voronezh), mas él era un espíritu libre (sin la astuta ambigüedad de un Pasternak, por ejemplo) frente a un medio hostil. No iba a claudicar,  y esto era ya definitorio.
Aunque él, por su adscripción al acmeismo (“acmé”: cima, perfección), era partidario de una cultura universal, era de origen judío polaco; por tanto, un extraño en medio de una cultura ortodoxa -si bien que asimilada-; de ahí las referencias evidentes: “A las  puertas de Jerusalén / salió un sol negro”, “El sol amarillo es más terrible” (el “sol negro” es una imagen de muerte e inmortalidad; el amarillo es un símbolo de lo judio); o “Entre los sacerdotes y joven levita...”
Ahora bien, globalmente, su obra es una contraposición entre el mundo grecorromano y la revolución rusa. Se enfrenta a la tabla rasa de la revolución, y así las ciudades del Mar Negro son vistas como síntesis entre la cultura clásica y la cultura rusa: la Táuride de “la dorada hidromiel tan espesa”. En esos lugares del Ponto Euxino, resuena también la voz de Homero.
Además en el libro está presente el ambiente bélico de la Primer Guerra Mundial en Casa de fieras o Se unieron las Helenas para la guerra. Da la bienvenida a la revolución en El decembrista (“¡Estos hechos no mueren!”) o en Cantemos, hermanos, el crepúsculo de la libertad.  Pero esa esperanza se ve defraudada en A Casandra (“Y en diciembre del año diecisiete / todo lo perdimos, amando”) o en Tristia.
Tristia es el poema central que da título y quizá sentido a todo el libro. “Estudié la ciencia de la despedida / ... ¿Quién puede saber al oír la palabra “despedida” / qué separación nos aguarda?”. Reconocimiento de lo cotidiano: “Y yo como el hilo de la costumbre, / se desliza la canoa, susurra el huso”, y del tiempo presente, del instante casi detenido ( la cesura, en palabras de Brodsky): “Todo pasó antes, todo se repetirá de nuevo. / Y sólo nos es dulce el instante del reconocimiento”. Reconocimiento en el presente; nos es igual el pasado y el futuro -aunque todo ocurra en ellos- por inasibles. Hay también una dialéctica femenino-masculino (maleable y duro): “Para las mujeres es cera lo que para los hombres es cobre. / A nosotros sólo en las batallas nos habla el destino, / y a ellas, les es dado morir leyendo el futuro”.
El poemario está atravesado por constantes referencias mitológicas: al río Leteo (en lugar de al más real Neva), el Erebo, el Elisio, Caronte, Casandra, la Acrópolis, los asfódelos (flores de la muerte, tan caros también a Borges). Pero sintetiza el poeta la cultura clásica con el cristianismo: el concepto cristiano de la eternidad se empareja con el de la armonía en el arte; de este modo, la muerte del poeta será concebida como una catarsis. Pues en el libro hay lugar para la muerte (“Que digan: el amor tiene alas, / pero la muerte tiene muchas más”, del poema Tu acento asombroso); para el amor (los versos dedicados a su mujer Nadiezhda Jázima o a Marina Tsvietáieva); para el olvido (en Olvidé las palabras que quería decir: “Una golondrina ciega regresa con las alas cortadas / al reino de las sombras / para jugar con la claridad”).
En Tristia se funde el clasicismo con el dinamismo de las imágenes ofreciendo un complejo mundo metafórico; y las combinaciones rítmicas cargan de sentido los presentimientos, las evocaciones, los reconocimientos. Tristia, es la tristeza presentida de la muerte del arte, del final de una época, del apocalipsis de una cultura. Pero también es una suprema muestra de la celebración y el gozo en la poesía eterna, ya que  -de nuevo Brodsky- la intensidad de su lirismo se impone a su instinto de conservación, y así se opone al poder, más que por una proclama política mediante la palabra. El verso, la canción, son un desafío al espacio mudo del totalitarismo.
© Copyright Rafael González Serrano

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