sábado, 2 de julio de 2011

Wallace Stevens: Las auroras de otoño

Publica Walace Stevens Las auroras de otoño en 1950. Es un libro constituido por diversos poemas -las ediciones en España siempre suelen antologizarlo, no ofreciéndolo completo-, el más extenso de los cuales es el que da título al libro, aunque haya otros también bastante amplios, divididos en varias partes.
El poema Las auroras de otoño consta de diez partes; se podría decir que está constituido por otros diez poemas (numerados del I al X). En el título paradójico –de términos casi antitéticos- se está dando una clave: la aurora es lo que comienza, el inicio, por tanto, emparentado con la luz; el otoño es el declinar, el acabamiento y, en consecuencia, la oscuridad. La armonización de contrarios es tema angular en la poética de Stevens (como se verá también con la mente y el mundo).  Comienza con “Aquí es donde vive la serpiente, la sin cuerpo. / Su cabeza es aire. En cada cielo, por la noche, / debajo de su cola se abren ojos que nos miran.” Si en esta obra se hermanan lo enigmático y lo simbólico, si hay una añoranza de la naturaleza perdida, no podía comenzar de otro modo que con una referencia al edén. “Esto es forma engullendo lo informe, / piel relampagueando hacia desapariciones anheladas, / y el cuerpo de la serpiente relampagueando sin piel.” Porque “Vimos en su cabeza... el animal moteado / la hierba móvil, el Indio en su claro del bosque.”
La repetición anafórica se da en varios poemas con ese inicial “Adiós a una idea”. “El hombre que camina se vuelve sobre la arena con estupor. / Observa... / el color del hielo, del fuego y de la soledad.” El padre y la madre –genéricos- son motivos de algunos poemas; como las olas, las nubes, la luz, las estaciones “cambiantes de color”. Se pregunta si “¿Existe una imaginación que reúna /... lo justo / y lo injusto, que en medio del verano se detenga / para imaginar el invierno?” En el poema VIII propone  que “Siempre puede haber un tiempo de inocencia”, para afirmar que “Hay o debe de haber un tiempo de inocencia / como puro principio. Su naturaleza es su fin, / que debería ser y no ser a un tiempo”. Poeta de ideas, busca las interrelaciones entre imaginación y realidad; más bien, la imaginación va a ser quien otorgue sentido al mundo, aún a costa de un resultado contradictorio (“ser y no ser”). En el poema X, asegura “Hay aquí demasiados espejos para la desdicha”, ve que hay que tramar “un equilibrio para inventar un todo”, y así ese él, “medita una totalidad, /... / como una llamarada de paja estival en  el cenit del invierno.”
Las auroras de otoño registran el curso de las estaciones, descifrando lo desconocido, que, al pasar a ser conocido, debe dejarse atrás. El pensamiento y el mundo son paralelos, aunque el pensamiento debe hacer visible –mediante ráfagas- lo oscuro, lo invisible del mundo. Mente –o pensamiento- e imaginación son definitorias de la poesía de Stevens. Como abstracto –cabe recordar un título como El poema definitivo es abstracto-, idea, poesía, ser. Deseaba decir de manera absoluta (“inventar un todo”), aunque conociese la imposibilidad de tal propuesta. La imaginación está entre nosotros y lo desconocido. La poesía nos debe conducir, por tanto, a lo que está más allá de la mente.
Wallace Stevens ahonda, una y otra vez, en un tema, considerando todas sus posibles variaciones, para intentar descifrar sus claves, como en Seis paisajes significativos. En Mañana de domingo –otro de sus extensos poemas, dividido en ocho partes- sugiere un ideal, la magia de lo cotidiano: “El placer de ir en bata, ya muy entrado el día, / el café y las naranjas, en una silla al sol, / la verde libertad del papagayo / sobre un tapiz se funden para disipar / el sagrado silencio de un sacrificio antiguo.” Y esa maravilla de lo circundante, a lo que se debe el ser, está también expuesta en Teoría. “Soy lo que está a mi alrededor.” Hay una tensión constante entre mente y realidad ya que, a pesar de que titule un poema Lo que vemos es lo que pensamos, concluye: “ya que lo que pensamos no es nunca lo que vemos.”
Siempre está presente la dialéctica entre mundo y mente, conducida por la imaginación, como en el poema San Juan y el dolor de espalda: “El mundo es presencia y no fuerza. / La presencia no es mente.” “La presencia llena todo el mundo antes de que la mente pueda pensar”; “intrigante abismo que / que existe entre nosotros y el objeto.” Termina con la añoranza de “esa pequeña ignorancia que lo es todo.” En El búho en el sarcófago es el sentimiento de muerte el protagonista; el poema es una descripción de dos figuras sombrías a las que se une una tercera: La madre de todos nosotros, / la madre terrena y la madre de los muertos”, tres sombras que “viven sin nuestra luz, / en un elemento que no sea la pensantez del tiempo, / en el que la realidad es prodigio.” Y en los versos finales manifiesta: “Estas son las supremas imágenes de la muerte, / las puras perfecciones del espacio paterno, / los hijos de un deseo que es voluntad, / incluso de muerte, los seres de la mente / en el espacio de la mente que tiende hacia la luz, la llamarada florida...” La mente es inconsciente y, en su inconsciencia, crea seres siniestros que son imágenes de la muerte.
Para alcanzar lo real deberán desaparecer todas las ficciones menos la del absoluto. De tal suerte que aparecerá el ángel, que es un yo más allá de la mente. En palabras de Stevens, es el “ángel necesario”, cuyas percepciones no son ni del universo de las esencias ni del mundo sensible, sino de un espacio intermedio, el de las formas de la imaginación. Anhelo del ángel, búsqueda de la luz (siempre en combate con las sombras), que se plasman en Atardecer sin ángeles: “somos unos hombres de sol / y unos hombres de día, nunca de noche intencionada”; “la luz se nos incrusta... / dando forma a las nadas / más variables, como un anhelo de día...”
Wallace Stevens, abogado, ejecutivo de una compañía de seguros, tiene una imagen que difiere de la convencional del poeta: aventuras, excesos, vulnerador de normas, buscador de paraísos artificiales; rebeldía y malditismo, aunados. Supo ser más un poeta escondido, que el también tópico escritor secreto. Su trabajo poético era riguroso y paciente; sabedor de que la poesía interroga a la poesía, convencido de que la “lengua es un ojo” y de que “toda poesía es experimental”, de que “las palabras tratan de cosas que no existen sin las palabras”, planteaba la tensión permanente entre imaginación y realidad, el desgarramiento entre la mente y el mundo.


© Copyright Rafael González Serrano

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