martes, 14 de marzo de 2017

Cesare Pavese: Trabajar cansa (Lavorare stanca)

Al igual que Giorgio Bassani, Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908) es más conocido como narrador que como poeta. Así son célebres sus obras De tu tierra (1941), La playa (1942), Feria de agosto (1944), El camarada (1947), La casa en la colina (1948), El bello verano (1949) o La luna y las fogatas (1950), entre otras obras narrativas, aparte de su diario, póstumo, El oficio de vivir (1952). Mas su obra precisamente comienza con la publicación en 1936 del poemario Trabajar cansa. Luego seguirán otros como La tierra y la muerte (1946) y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, también publicado póstumamente en 1951. Pavese se suicidará en 1950 en Turín.
La primera edición de Trabajar cansa (Lavorare stanca) data de 1936; se publica en Florencia con un total de cuarenta poemas. En 1943 Pavese vuelve a dar a la imprenta el libro ampliado sustancialmente. Serán ahora setenta los poemas y estará dividido en seis secciones conforme al título de un poema de cada una: Antepasados, Después, Ciudad en el campo, Maternidad, Madera verde y Paternidad. Los temas que se plasman en estas partes son la soledad como una condena vital, la falta de comunicación, el campo como espacio mítico, el deseo y  nostalgia de la mujer, la figura del exiliado, etc.
La primera sección consta de once poemas. Desde el primer poema, Los mares del sur, aparece el tema del parentesco: “Caminamos una tarde por la ladera de un cerro, / en silencio. En la sombra del tardío crepúsculo / mi primo es un gigante vestido de blanco, que se mueve pausado, con faz bronceada, / taciturno.” Refleja la admiración por su primo, marinero y, por tanto, viajero. En Antepasados describe la figura de algunos de ellos, cuyo ideal no era sino “vagar por las colinas, / sin mujeres, llevando las manos cruzadas a la espalda.” La amistad también está presente, como en el poema Gentes sin arraigo, en donde tras afirmar “hemos visto demasiado mar”, se representa a sí y a su amigo bebiendo y soñando con escenas alegres –y no exentas de erotismo–, “podremos encontrar entre viñas / alguna moza morena y /… / comer algo de su uva.” El drama está presente en Luna de agosto donde una mujer se halla impotente ante el cadáver de su marido, mientras “la tierra, oscura, se baña en sangre.” La noche, que cierra la sección, es un poema donde recuerda la calma y serenidad de una noche estival de su infancia.
La segunda parte agrupa quince poemas. El tema fundamental es el de la mujer y cómo concibe Pavese su relación con ella. En el poema Encuentro imagina una mujer ideal –“nunca pude aprehenderla: su realidad / se me escapa”–, para concluir: “La he creado desde el fondo de todas las cosas / que me son más queridas y no alcanzo a entenderla.” En Tierras quemadas recuerda, desde su confinamiento, con nostalgia a las mujeres de Turín. Varios poemas, como Dos cigarrillos o Pensamientos de Deola, las figuras que evoca son las de diversas prostitutas, cada una con sus pensamientos y sus historias, mas con la indiferencia ajena y la soledad, fruto quizá de la independencia: “Estar sola, si le place, /  por la mañana y sentarse en el café. Sin buscar a nadie” (Pensamientos de Deola). En Después recuerda a su amante –“mi compañera estaba tendida junto a mí /... estábamos desnudos”–, entre la alegría por la grata y sensual experiencia y la esperanza de la próxima cita: “Si queremos, podremos encontrarnos.”
Diecinueve poemas constituyen Ciudad en el campo. Los motivos de estos poemas son el trabajo, los trabajadores, los artesanos, mas también algunos personajes marginales (borrachos, mendigos), o niños campesinos desorientados en la ciudad. Presenta con sobriedad y sin implicación emocional a estos seres, mostrando la indiferencia de cada uno hacia los demás, y haciendo hincapié en la soledad esencial de cada cual. Los borrachos protagonizan los poemas El tiempo pasa o Indisciplina, donde el personaje avanza pos la ciudad ante el rechazo de los otros y la indiferencia de la naturaleza. El desinterés hacia los demás de las personas que transitan por la calle está presente en Atavismo. En Trabajar cansa, describe a un hombre que atraviesa una plaza y que toma conciencia de estar solo preguntándose “¿Vale la pena estar solo para seguir siempre aún más solo?” Siente dentro de sí que debería formar pareja con una mujer pues, aunque callejease, “estaría la casa / donde está esa mujer y valdría la pena.” Frente al tono general de la sección –triste e, incluso, amargo– en Retrato de autor el poeta se identifica con un vagabundo y adopta una postura más cínica: su compañero ha conseguido cena y fuma la colilla que le da un mozuelo al que “pongo la zancadilla.”
En Maternidad –del poema cuarenta y seis al cincuenta y cinco– cuenta historias de mujeres y madres que se han sacrificado por sus hijos. El tema general de esta sección es el amor que une a mujeres y hombres en diferentes circunstancias y con visiones que, en ocasiones, difieren. En Una temporada, Pavese relata la historia de una madre que ha parido varios niños y que se ha consumido: “con los años, hasta ella, / que nutrió otros cuerpos, se ha encorvado y quebrado”; y en  Maternidad, un hombre recuerda a la mujer “que esparció sangre suya  / dentro de cada hijo y murió del tercero.” En Un recuerdo no hay hombre que “logre dejar huella / en esa mujer” que sonríe sola con “su más ambigua sonrisa al andar por la calle.” Y en Placeres nocturnos, más optimista, expresa el amor –“un calor nos revolverá la sangre”– que le entrega su mujer al hombre que llega a casa,  y que le infundirá fuerza y valor.
Los siete poemas que constituyen Madera verde versan sobre temas políticos y sociales. Tratan, en general, sobre las injusticias y desigualdades que sufren los trabajadores. En Exterior ofrece la historia de un muchacho que, frustrado por el trabajo en la fábrica, decide abandonar ese trabajo. También la huida aparece en Fumadores de papel, donde un joven llega a la ciudad “para labrarse un porvenir”, mas sólo encontrará “injusticias por doquier.” En Disturbios, tras el levantamiento de algunos obreros, acontece el drama: “El muerto está retorcido y no mira a las estrellas.” En algún poema recuerda su confinamiento en un pueblo calabrés; así en Palabras del político, aunque el tono es de alegría por todo lo que va descubriendo: los peces, las hermosas mujeres, las viñas…
Por último, ocho poemas constituyen el apartado de Paternidad. Están escritos durante su confinamiento (a pesar de no ser un militante político activo, fue desterrado por actividades antifascistas). El tema es la distancia –y la añoranza– de su Piamonte natal. La angustia y el dolor por su exilio se ejemplifican en poemas como Paternidad o Estrella de la mañana (“nada hay más amargo que el amanecer de un día / en que nada ocurrirá.”). Además, en el primero plasma la dualidad del mar: generador de trabajo y sustento para los pescadores mas –frente a la genésica y femenina tierra– símbolo de la infertilidad y, por tanto, de la soledad: “hombre solo ante el inútil mar”; o “el hombre que conoce todo el tedio del mar.”
Interesado más por la situación humana de dolor, desamparo, incomunicación, o la angustia existencial –sin olvidar la injusticia– de los personajes que pueblan sus composiciones –elementos que transitan igualmente la voz del propio poeta– queda confirmado que los motivos del aislamiento y la soledad, la nostalgia de un tiempo pasado y un lugar, el sexo y la vida, son esenciales en la poética de Pavese. Con un tono sencillo, un verso generalmente largo y un estilo directo, sus poemas están fuertemente ligados a la vida cotidiana, a todas las incertidumbres y complejidades de la misma, sin renunciar a los instantes que la misma pueda ofrecer de transitorio goce y plenitud.
Comentario final: La edición efectuada por Visor de las Poesías completas de Pavese presenta relevantes deficiencias. Primero, no ofrece una versión bilingüe (el original no es un texto de complicada tipografía); en segundo lugar, el libro Trabajar cansa se presenta como una mera lista continua y descontextualizada de poemas mezclados sin atender a la clasificación original por secciones; y, por último, el libro carece de prólogo o presentación, notas explicativas, etc., donde aclarar, por ejemplo, por qué se ha escogido una edición –por muy hecha que esté por Italo Calvino– sin secciones y con más de cien poemas (cuando la de 1943 contaba con setenta). 

                                                                                              © Copyright Rafael González Serrano 

miércoles, 25 de enero de 2017

Alexander Blok: Versos de la bella dama

Alexander Blok nació en San Petersburgo en 1880 en el seno de una familia noble y culta. Inicia los estudios de Derecho, que luego abandonará para estudiar Filosofía e Historia. Se enamora de Liubov Mendeléyeva hija del célebre químico Mendeléyev (que investigó en la ley periódica de los elementos), y con ella se casa en 1903. Precisamente su poemario  Versos de la bella dama, de 1904, está dedicado a ella. Es autor de otros poemarios como La máscara nívea (1907), La ciudad (1908), Tierra en la nieve (1909) o Las horas nocturnas (1911). También es autor de obras teatrales como La desconocida (1906), La canción del destino (1908) o La rosa y la cruz (1913). Blok influirá en poetas como Ajmátova, Tsvetáieva, Mandelstam o Pasternak. Inicialmente apoyó la revolución –con su controvertido poema Los doce (1918) originó una gran polémica– para posteriormente renegar de ella. Muere en su ciudad natal en 1921.
Versos de la bella dama ha tenido varias ediciones. En la primera de 1904 constaba de noventa y tres poemas numerados y, sólo algunos, titulados, divididos en tres partes: Inmovilidad, Encrucijadas –en ocasiones, publicada como libro independiente– y Cuarto menguante. Tras su poemario Ante lucem y la colección poética Desde las dedicatorias, este libro culmina lo que sería su primer ciclo poético (otros posteriores serían el de Versos italianos o el de Carmen). En esta obra plasma varios temas fundamentales: el aspecto amoroso y la propia imagen del poeta en tanto que caballero servidor de su dama, el apocalipsis urbano, la desolación o el ocaso del ideal.
En la primera parte predomina la claridad, la blancura: “el horizonte está en llamas. La claridad es insoportable. / Espero en silencio, lleno de amor y angustia” (poema 2); “tú eres blanca, imperturbable en las profundidades” (poema 4). Porque, desde “los templos sombríos”, “espero a la Bella Dama”, la “solemne Esposa Eterna”; pues con su espera anhelante busca dar sentido a su existencia.  En el poema 7, Historia, declara: “Entre sueños de niebla, paso la noche / y la tímida juventud de incontables quimeras. / La aurora se acerca. Huyen las sombras. / Y Tú, Clara, brillante con el sol.” Presiente que ella llegará, transfigurándose.
Mas la espera se prolonga, se demora, mientras permanece en el mundo ideal e intemporal del caballero-poeta: “Espero una llamada, busco una respuesta, / mas el silencio de la tierra extrañamente se alarga” (poema 10). Y mientras tanto “la llama roja se apaga. / Inesperadamente llegan los sueños” (poema 21). En su abstracción renuncia al mundo, a los otros: “No iré al encuentro de la gente, / temo sus injurias y sus elogios”, afirmando que “iré a la fiesta del silencio”. Y en su poesía con voluntad de trascendencia –“espero la luz del universo” –, en su deseo de unión con el todo, rechaza lo mendaz: “Todo lo que respiraba mentira / retrocedió asustado” (poema 28). Al fin, escucha la voz iluminadora de esa mística esposa que le responde: “Te espero, amado mío, / soy tu prometida y será tu esposa eterna” (poema 48).
En la segunda parte aparece la ciudad de San Petersburgo. Es el lugar de los encuentros y distanciamientos amorosos; y también el símbolo de la sociedad real, con toda su modernidad, su carga de crudeza e, incluso, miserias. En el poema 50, Engaño, describe con repeticiones semánticas y paralelismos el espacio que va descubriendo: “Risa, chapoteos. Salpicaduras. Humo de fábricas”; o “La mañana. Nubecillas. Humo. Cubos tirados.” Son entonces las fábricas, las calles, las tabernas o, incluso, los prostíbulos los escenarios de sus versos: “Muros de fábricas, cristales de ventanas”; “en cada muchacha hay una pecadora; / en cada idea, una alcoba”; “las prostitutas contonean en la plaza / sus ardientes caderas” (poema 51).
La urbe va tomando un aspecto apocalíptico: “La eternidad derramó en la metrópolis / un crepúsculo de estaño. / El borde del cielo está deshilachado.”  Y en ese medio el poeta se ve como un “monje negro”, mas también como una figura burlesca, un arlequín (cita expresamente el nombre en el poema 61): “Yo llevaba un traje viejo, / blanco y rojo, y una máscara. / Reía y hacía muecas en las esquinas” (poema 59). Parece que el miedo acecha la cita y el desencuentro: “Me aterra verme contigo, / pero más me aterra no verte. / Todo me asombra, / en todo veo una señal” (poema 64), puesto que su tarea puede que no sea sino una imposición inalcanzable del destino: “Toda mi vida es un Mandato: / el Mandato de servir a la Inaccesible” (poema 72). Aunque también alienta la esperanza de la llegada salvadora: “Pero en el último día /… / Él, profeta sin ley, se levantará /…/ Entonces, entrará con forma de rostro  / en la casa vacía, / y en el espejo sin sombra / aparecerá la imagen del Llegado” (poema 69).
La tercera parte plasma el choque con la cruda realidad de la urbe: “Contemplé la ciega obra de los hombres”; “por doquier despertaban, gritaban, esperando a los mensajeros” [del apocalipsis]; y alguien “comprendió que oscurecía” (poema 76). Incluso se hace presente el derrumbe del ideal amoroso: “Iba corriendo y me caí, / cubierto de sangre rodé /…/ me pareció verte agonizante, / cubierta de sangre, como yo /…/ ¿Es que me he quedado solo?” (poema 77).
El poeta ofrece una visión oscura, nocturna, incluso macabra (abundan términos como “tumba”, “noche larga”, “palidez de nieve”, “monje triste y oscuro”). Predomina la presencia del sufrimiento: “De día nadie se apiada de mí; / de noche, me compadezco de mi dolor” (poema 86). O del mal que habita en su interior: “Sé que tú, Iluminada, no recuerdas el mal / que luchaba en mi / cuando… / te acercaste a mi abismo” (poema 90). ¿Quién le asistirá en ese tiempo del declive y el ocaso? “En la hora en que se embriagan los narcisos /…/ alguien se acerca y suspira junto a mí.” ¿Será Arlequín, o el tú de la amada, o una brisa? “Yo, payaso en la fulgurante rampa, / surjo por la escotilla abierta”; y se retuerce, gira, retumba, mientras su “dulce amiga” duerme “en el columpio de los sueños” (poema 92). Mas declara, al final, que “encontraremos un nuevo torbellino de visiones, / encontraremos la vida y la muerte” (poema 93).
Blok escribe este libro en su periodo simbolista. Por ello, construye el texto como una red de símbolos interconectados. Partiendo del fenómeno trata de acercarse a lo esencial, llegar a lo sublime mediante la belleza poética. Mas también asistimos en sus poemas a un combate lírico entre el Ideal y la fatalidad del Destino o el choque con la Realidad (primera parte frente a las otras dos). Por medio de la escritura libera su mundo interior y así surgen tanto paraísos ideales como visiones apocalípticas, destrucción y dolor. Los encuentros y alejamientos amorosos enmarcan un espacio dinámico y conflictivo que, junto a la confrontación con una realidad hostil, impulsan al poeta anhelante a intentar descifrar y comprender el misterio de la vida y la muerte.
                                                                                                     
                                                                                               © Copyright Rafael González Serrano 

martes, 29 de noviembre de 2016

Thomas Stearns Eliot: La tierra baldía

Thomas Stearns Eliot nació en Saint Louis, Missouri, en 1888. La primera educación la recibió en Saint Louis, pero luego ingresó en la universidad de Harvard en Boston, donde estudia griego, literatura inglesa, historia medieval, arte y filosofía. Viaja a Paris, donde conocerá a Henri Bergson y a Charles Maurras. Obtiene una beca para estudiar en Alemania, pero ahí le sorprende la guerra y se traslada a Londres en 1914.
Instalado en Londres, pronto conoce a Ezra Pound que le introducirá en el mundillo literario inglés. Para mantenerse, en 1915 da clases de francés, alemán e historia. Contrae matrimonio con una incipiente bailarina, Vivien Haigh-Wood. En 1917 entra a trabajar en el banco Lloyd’s; años más tarde, en 1925, aceptará el puesto de director de una editorial, la que posteriormente sería Faber and Faber.
Colaborador habitual de la revista The Egoist, en 1917 publicó su primer poemario, Prufrock y otras observaciones. En 1920 aparece un nuevo libro de poemas, Poems, y también en este año publica el libro de ensayos críticos El bosque sagrado. El año 1922 funda la que sería una influyente revista, The Criterion. Y ese mismo año se editará, ya en libro, su gran poema La tierra baldía. En 1927 se nacionaliza británico y se convierte al anglicanismo. Continúa con su labor ensayística en Para Lancelot Andrews de 1928.
En 1943 ven la luz los poemas de Cuatro cuartetos que, junto con La tierra baldía, constituyen su cima lírica. El reconocimiento a su labor literaria le llega en 1948 con la concesión del Premio Nobel así como con la Orden del Mérito del Reino Unido. A partir de aquí irán apareciendo obras de teatro como El cóctel (1949) o El secretario particular (1953); o múltiples libros de ensayos como Sobre poesía y poetas (1957) o Criticar al crítico (1961). En 1957 se casa por segunda vez con su secretaria, Valerie Fletcher. Fallece en Londres en 1965 debido a un enfisema pulmonar. 
La tierra baldía, la tierra yerma, es el mundo inhóspito y decadente en el que Eliot sitúa su poema (no hay que olvidarse de cuándo esta escrito: periodo de entreguerras, tras el desastre de la Gran Guerra). La vida del hombre carece de sentido, se ha perdido la finalidad trascendente (él mismo dice que los dioses son ya sólo la Usura, la Lujuria y el Poder). Los seres pululan abandonados, ejecutando actos mecánicos, vagando por las calles ruinosas –ese Londres descrito tan minuciosamente– de un mundo que se derrumba.
Las referencias culturales son prolijas, no por vano culturalismo sino por reflejar cuáles son los referentes múltiples, de origen diverso, complejos, más que de una civilización casi cabría decir que de buena parte de la historia del hombre. Así lo mismo utiliza el ciclo artúrico pagano que la religiosidad cristiana, la mitología clásica que el misticismo oriental; o emplea citas de Ovidio o Dante, de Shakespeare o Baudelaire, de San Agustín o Buda; o acude a los estudios de Frazer o Weston. La complejidad existencial se traslada al texto haciendo que introduzca citas en alemán, francés, italiano en un empeño totalizador.   

lunes, 24 de octubre de 2016

Giorgio Bassani: Epitafio

Giorgio Bassani nace en Bolonia en 1916. Aunque era más célebre como narrador debido a los relatos de Cinco historias de Ferrara (1956), o a la novela El jardín de los Finzi-Contini (1962), fue también un notable poeta. Ya había publicado poemarios como Historias de los pobres amantes (1944) o Te lucis ante (1947), cuando se editó en 1972 Epitafio. Otras obras suyas en prosa fueron Detrás de la puerta (1964), La garza (1968) o El olor del heno (1972), pertenecientes al ciclo de las novelas de Ferrara; y en verso, Con rima y sin ella (1982), donde reunió todos sus libros de poemas publicados. Además, en 1984 recopila todos sus ensayos y textos críticos en el volumen Más allá del corazón. Muere en Roma en el año 2000.
A pesar de su actividad como narrador, Bassani reclamó para sí mismo en múltiples ocasiones la condición de poeta: “¿Quién era yo después de todo?… Un poeta.” “Yo nunca podría haber escrito nada si antes no hubiera escrito Te lucis ante. En cierto sentido, este es mi libro más importante.” Epitafio está compuesto simultáneamente a los grandes títulos de de su ciclo La novela de Ferrara. Puede decirse, en consecuencia, que prosa y poesía se alimentan recíprocamente; de esta forma, la práctica poética le proporciona el dominio del vocabulario, la habilidad metafórica y la facultad imaginativa a la hora de construir sus historias.
Epitafio está compuesto por sesenta y seis poemas. Todos dispuestos gráficamente por medio de una justificación centrada, lo que ofrece una simetría, más visual que métrica o rítmica, respecto a un hipotético eje central. Representación óptica –que nada tiene que ver con el caligrama, como equívocamente se ha apuntado– sino más bien con una concepción personal de la poesía plasmada en una figura armónica y equilibrada, como de poema perfectamente esculpido, tal que si fuera la inscripción de una lápida funeraria (a fin de cuentas, su título ya es muy revelador: “epitafio”). Formalmente asemeja, pues, a una forma epigráfica.
Hay una gran variedad de temas en las composiciones de Bassani, desde los políticos a los existenciales, desde los morales a los cotidianos, pero, sobre todo, es fundamental el amoroso, tratado desde varias perspectivas. El humor no deja de estar presente en sus poemas, como cuando se burla de los críticos: “Con mucho gusto te daría / querido una patada en el / culo // Pero ¿acaso / te / dolería?” (A un crítico); o cuando plasma, con obvio sarcasmo, la transformación de los antiguos fascistas en ciudadanos respetables: “Los ex fascistones de Ferrara / envejecen / algunos / de los que en 1939 / aparentaban no reconocerme / cruzan me echan los brazos al cuello... / proponen... / el ágape casero”, para así poder “conocer de una vez por todas / al compañero de escuela... / al gran / novelista...” (Los ex fascistones de Ferrara).
Los lugares del pasado, el tiempo ido, el recuerdo de ellos, están también presentes en sus versos. En Rolls Royce rememora en un viaje en coche su antigua ciudad, reconociendo viejos lugares, reviviendo pasadas experiencias o a él mismo en su niñez, y al recordar ese pasado “me hubiera gustado gritar alto”, pero el Rolls “volaba ya por anchas calles desiertas”. También, aunque íntimamente ligado con el asunto amoroso, en Los mayores, hace un repaso –con cierta ironía, mas también con nostalgia– de buena parte de su familia, tanto de los aún vivos como de los “desaparecidos hace varios decenios”.  
La existencia ligada al transcurso del tiempo inexorable se refleja en poemas como Isla Bisentina: si una voz ajena le asegura que “para morir / en el fondo siempre hay tiempo”, él lo cuestiona: “y si de verdad lo hay / siempre / entonces ¿cuánto / hay?” En Las leyes raciales, en referencia a las promulgadas en 1939 contra los judíos –y él y su familia lo eran–, la magnolia constituye un símbolo de la superación en el tiempo de los designios políticos, mas también de la incertidumbre de su crecimiento, “como quien de improviso no sabe llegado / al término de un viaje larguísimo / qué camino seguir qué / hacer”. La vida y la muerte se hallan ciertamente presentes en poemas como Carta donde, ante la vista del cadáver de un suicida con quien ha hablado la noche anterior –cuerpo con quien se identifica– se interpela “¿no eras tú pues / alma mía  / la que ya me recordabas?”
Sobre el sentido de la escritura y su relación con la vida escribe también algunos textos. Como en el poema En broma y por juego, donde elabora una especie de irónica poética: “Yo estas poesías he empezado a escribirlas / por puro juego sólo para mí / desde el principio he juntado sílabas siempre he jugado ya distante / con mi sangre y con mi semen”. O cuando se cuestiona si la constante dedicación poética –o a la creación literaria– no dilapida, por otro lado, la existencia: “Era a la Poesía a la que aspirabas con / P mayúscula y todo y a ella / sólo //  ¿Tu vida? Esa también tú te / la has bebido” (En memoria).
Pero los poemas amorosos predominan en el conjunto del libro. Unos plasman el desencanto, el acabamiento; mientras que otros son un gozoso canto esperanzado. En el poema A una amiga expresa con crudo cinismo el total vacío, la nada más elocuente, tras el momento posterior a una relación sexual: “Me decías / tendida cuan larga eres /... / que soy un egoísta egocéntrico /... / que conmigo so se puede hablar /... / De acuerdo querida pero perdona / ¿cómo / podría ser de otro modo?” Y la consunción del amor protagoniza No no echaré: “No no echaré nueva leña / al fuego dejemos / que la leña que ya hay se consuma poco a poco / que la llama se transforme poco a poco en brasa /... / y tú y yo callados /... / mirando / apagarse al final también, esa”.
En La Porta Rosa, rememora el lugar donde se establecieron los antiguos aristócratas griegos –alejados de los plebeyos aborígenes–, y bajo ella, el poeta está en disposición de transitar hacia la fusión con la amada, pues en esa puerta es “donde soy joven y bello y puro / aún / ahí el dueño y señor exclusivo para siempre el único / Rey”. Una hoja de periódico baila en Vals hasta convertirse en “fango informe”; imagen del invierno rápido –contrario al largo que iba desde el niño al hombre–, y tras el cual seguirá la primavera donde se encuentra ella, a quien le susurraba “no temas  si tanto has / amado de nuevo y más aún en breve / amarás”. Y en el ya mencionado Los mayores. al hilo de esa especie de ajuste de cuentas familiar –a la par que recordatorio nostálgico de las etapas de su vida–, al lado del cuerpo yacente de la amada, a punto de vencerse al sueño, lo que realmente desea es “volver a tenerte a ti ante / los ojos y a ti sola que respiras en paz ahí / al lado”.
Bastantes poemas llevan por título el del primer verso; también todos carecen de signos de puntuación –puntos, comas–, marcando la separación entre estrofas por dobles espacios o inicios en mayúscula. El lenguaje es abierto, directo, franco, incluso puede resultar en ocasiones crudo u ordinario; claramente entendible sin necesidad de acudir a claves para explicitar un sentido críptico. De esta forma, sus poemas resultan un tanto duros –sin carecer por ello de persuasión lírica–. Su poesía es voluntariamente prosaica, libre de adornos barrocos al eliminar todo elemento superfluo (incluyendo, como se ha dicho, la puntuación, o empleando sólo la adjetivación precisa), originando así unos textos que, por fragmentarios que sean, no dejan de ofrecer una unicidad creativa que plasma la  concepción personal de Bassani tanto de la existencia como de su propia producción literaria.   

 © Copyright Rafael González Serrano

martes, 27 de septiembre de 2016

Sobre contadores, mapas y banderas

–¡Caramba! ¡Cómo me has dejado el cuerpo!
–A qué te refieres.
–Pues a que me has llenado de todo tipo de ¿gadgets, se dice?
–¡Ah! Te refieres a los contadores.
–Sí; y de todo tipo.
–¿Y te quejas ahora? Si ya llevas varios meses con ellos encima.
–Cuando tengo oportunidad de que mis reclamaciones salgan a la luz. O sea, ahora con esta entrada.
–Bueno; quise probar varios productos que ofrecían la posibilidad de informarme de las visitas que recibía; perdón, que recibimos. 
 –¿No era suficiente ya con mis propios intestinos?
–Sí, ya sé que dispones de un sistema interno para contar las visitas.
–Y, ¿entonces?
–Ya te digo que quería ver otras opciones.
–Y, ¿te ha servido de algo?
–Pues…
–¡Huy! Cuando tú mismo dudas.
–Es que, efectivamente, hay muchas y significativas diferencias de una herramienta a otra.
–Como cuáles.
–En lo cuantitativo. Mientras que el primer contador de visitas que había –el más sencillo– marca una cifra, el nuevo que incorporé da otra.
–Yo también tengo un contador interno, ¿también difieren con el mío?
–Sí, ya sé que lo tienes. Pues mientras que entre el tuyo y el más antiguo la diferencia es inapreciable, con el nuevo el décalage es mucho mayor.
–Vamos, el desfase o la diferencia, no me seas pedante.
–Como quieras. Pero, efectivamente, en la actualidad hay cerca de ochocientas visitas de desajuste. Coincidieron en los 53543, pero luego el goecontador –que así se llama– siempre ha ido marcando menos.
–Y no contento con el geocontador, encima, me metes un contador de banderas y otro de mapa de visitas.
–Sí, para que hubiera de todo. Pero también hay diferencias significativas.
–¿También hay gaps, por seguir políglotas?
–No sólo eso. Por ejemplo, ambos captan que hay una entrada nueva: algo exótica –de Benin o Singapur– pero no las que en tus tripas aparecen de China o Ucrania, bastante más normales, ¿no? Incluso, había veces que no registraban entradas de Rusia, cuantiosas en tu interior.
–No será que no registran lo que no consideran visitas reales: las que son fruto de robots, las debidas a los programas llamados bots.      
–¡Anda! ¿Y tú como sabes eso?
–Porque para algo mis tripas son informáticas.
–Pues precisamente es en tus “tripas” donde había, a lo mejor, cien visitas de China, o doscientas de Rusia, y no aparecían en los nuevos contadores. Así que es a ti a quien le cuelan un montón de visitas falsas.
–Yo no puedo hacer nada; habría que preguntarle a Blogger qué hace para defenderme; si es que hace algo.
–Lo que no comprendo es la intencionalidad de esas visitas masivas. Porque ni me van a sacar los cuartos, ni a promocionarme ningún producto; y no les voy a hacer ni caso.
–En realidad ni siquiera son visitas, porque no registran entradas: se meten en la página principal pero no para ver un post, sino que provienen de una serie de webs a las que le interesa referenciarse.
–Pues ni caso. Oye, ¿y tú cómo sabes todo esto que me estás contando?
–Porque ya te digo que estoy un poco al tanto de este mundillo, y no como tú que con tus “cultas” entradas ya tienes bastante; vives en tus “profundas lecturas” e ignoras toda esta realidad más prosaica.
–Gracias por la ironía, pero también –debido a esos denostados contadores– de algo me voy enterando.
–Aunque tanto instrumento me parece que te sirve más bien para liarte.
–No; no te creas. Al hilo de lo que hablamos voy cayendo en la cuenta de que sí hay alguna herramienta que sirve para informarme no sólo del lugar, la hora, sino también si de verdad visita una entrada concreta. Lo de las estadísticas, es lo de menos: ¡qué más da diez que cien!
–Pues, hala, a disfrutar de los gadgets; y espero que, aunque despacito, vayas aprendiendo algunas cositas de este medio.
–¡Huy! Y, con tu inestimable ayuda, sabré más; sin duda.
–Menos guasita, ¿eh?
–Hala; hasta otra, mi querido y suspicaz compañero.  

martes, 12 de julio de 2016

Robert Frost: Al norte de Boston

Robert Frost nace en San Francisco en 1874. Estudió dos años en Harvard pero no se graduó. Tras desempeñar diversos oficios, se dedicará a la literatura. Al norte de Boston es el segundo libro de poemas publicado, en 1914, durante su estancia en Inglaterra. De regreso a Estados Unidos, alcanzará un notorio éxito, impartiendo durante años clases en varias universidades y obteniendo diversas distinciones, como el premio Pulitzer de poesía o la Medalla de Oro del Congreso. Entre su amplia producción cabe mencionar títulos como Intervalos en la montaña (1916), New Hampshire (1923), El arroyo que fluye al oeste (1928), Una cordillera lejana (1936), El árbol testigo (1942), La máscara de la razón (teatro, 1945) o En el calvero (1962). Morirá en Boston en 1963.
El libro está compuesto por dieciséis largos poemas (salvo los dos últimos), de carácter narrativo, donde se incluyen extensos diálogos, monólogos dramáticos y descripciones. El origen de su redacción data de su estancia en una granja que adquirió en Dewy, Nueva Inglaterra. La observación de sus vecinos le sirve de referente a la hora de crear los personajes que aparecen en estos poemas, enfrentados a una dura lucha con el clima y la tierra.
Hay diversas oposiciones en su obra, como la que enfrenta a individuos, o a individuos con la colectividad, a lo rural con lo urbano, al hombre con la naturaleza o a la tradición con el progreso. En Cerca en reparación aparecen esas barreras –tanto físicas como lingüísticas– que separan a los individuos: “Hay algo que se opone a que una cerca exista, / que hincha la tierra helada y la socava”. A pesar de esa oposición de la naturaleza, los hombres se empeñan en levantarla –“y volvemos a alzar la cerca entre nosotros” –; pues el vecino afirma que “buenas cercas hacen buenos vecinos”.
La presencia de personajes derrotados simboliza la extinción de un sistema de valores. Eso ocurre con el desempleado de La muerte del jornalero, donde el antiguo jornalero retorna a la granja de donde se fue –“sin nada en el ayer que mirar con orgullo, / sin nada en el mañana que ver con esperanza” –, para solicitar un trabajo, aunque lo que encontrará en su regreso será la muerte. En El egoísta, un accidentado aceptará resignado la escasa indemnización que le ofrece la empresa, pese al consejo en contra de un amigo.  
La incomunicación entre las personas debido, en buena medida, a las diversas formas de usar el lenguaje o a las distintas maneras de entender los mismos acontecimientos se hallan en otros poemas. En Entierro en el hogar un matrimonio contempla desde su casa el cementerio donde se encuentra enterrado su hijo muerto. Él la interpela si “no puede un hombre hablar de su hijo que ha muerto”, a lo que le responde que “no puedes porque no tienes palabras. / Si tuvieras al menos sentimientos, tú que cavaste / con tus propias manos su pequeña fosa”. En este poema Frost está también contraponiendo la visión ante un drama de mujer y hombre. Y en El código muestra como una frase dicha por un granjero –“que pusiéramos más esmero”– es interpretada por un bracero como una auténtica ofensa.
En Cien cuellos de camisa dos personajes coinciden durante una noche en la misma habitación de un hotel: un profesor y un recaudador de suscripciones. Este último, en una charla un tanto absurda (Frost no olvida el uso del humor en determinados poemas) le promete regalarle cien cuellos de camisa que no le sirven. En este poema también el autor explora la posibilidad de que se levanten de nuevo barreras entre los individuos, y de que los valores democráticos hayan degenerado en intereses partidistas. Sin embargo, en La casita negra aboga por el abolicionismo y la igualdad racial.
Las generaciones de los hombres y El ama de casa –los dos poemas más extensos del libro– representan sentidos completamente contrapuestos. En el primero presenta un encuentro esperanzado entre dos jóvenes que exploran, a lo largo de generaciones, esa cita forjada por el destino (en juego hablan de un hipotético origen común en el apellido Stark). Mientras que en el segundo lo que se plantea es un desencuentro, una relación condenada a la separación. El motivo de una mujer frustrada se halla asimismo en Servidora de servidores. Ella lo que necesita es “descansar de preparar comidas para gañanes hambrientos”. Porque su horizonte es esa ventana desde donde observa “todas las tormentas [que] se nos vienen hacia la casa”. Pero, aunque desearía escapar de ese entorno asfixiante, reconoce que “no tengo valor para exponerme a un riesgo así”, y echaría en falta en esa hipotética huida “un buen tejado que me diese cobijo”.
En poemas como Arándanos o El miedo Frost analiza la trasgresión de lo cotidiano: bien sea no aceptando que unos frutos donde “el azul es un vaho del hálito del viento” no sean de todos, bien mediante el terror que inspira lo desconocido, ruptura de la normalidad que sufre un matrimonio de granjeros al sentirse acechados por un supuesto peligro externo.  Y la disyuntiva entre retroceder o avanzar, entre “voy a volverme desde aquí”, o “seguiré adelante… y ya veremos”, en definitiva, sobre qué opción tomar en la vida se plantea en El montón de leña,  aunque ese haz esté condenado a calentar el cenagal helado “con la morosa combustión sin humo de las decadencias”.
Se ha interpretado el título del libro como una evidente ironía de su autor: la economía capitalista invasora avanza –Al norte de Boston– amenazando a una cultura agrícola. Frost reproduce el conflicto entre lo tradicional y el progreso, entre lo viejo y lo nuevo; confrontación entre la riqueza urbana y el yerto vacío que se encuentra al norte. Buena parte de los poemas contienen esa oposición entre lo rural y lo urbano, y poseen una dimensión simbólica al representar diversos aspectos del mundo agrario de Nueva Inglaterra. Los personajes muestran su subjetividad a través de sus propias reflexiones y percepciones de la realidad, y el poeta acude a la lengua de los lugareños para dar forma a una voz poética que transmita ese mundo a los habitantes de la ciudad.
En este poemario Frost explora las preguntas fundamentales de la vida, a la par que enfrenta al individuo con la soledad de esa existencia. De ese modo, Al norte de Boston plasma esa difícil y complicada lucha del hombre en un medio rural –con una naturaleza hostil para él–, si bien que éste debe tanto enfrentarse a ella como sentirse en comunión a través de ese contacto; y reaccionar, sobreponerse, en definitiva, actuar, ante los procesos de la propia naturaleza.  Y si detrás de esos procesos se esconde algún riesgo inminente, al enfrentarlos, el hombre –y Frost por medio de su creación poética– intenta descifrar el misterio de los mismos.

© Copyright Rafael González Serrano

jueves, 23 de junio de 2016

José Luis Zerón Huguet: De exilios y moradas

Nuevo libro de José Luis Zerón, De exilios y moradas, y nueva apuesta por una poesía iluminativa y totalizadora. Ya el título nos remite a una especie de tratado por ese “de” inicial (y no sólo con resonancia medievales, como apunta el prologuista, sino también clásicas: baste recordar, por ejemplo, el De rerum natura). El “exilio” y la “morada” como elementos contrapuestos pero necesariamente complementarios. Se enmarca así el texto entre  el alejamiento obligado o voluntario de la propia morada (sea simbólico o fáctico), y la residencia íntima y continuada en ese lugar habido por propio.
En el libro habitan resonancias místicas y teresianas (esas moradas a través de las cuales se aspira a la comunión con el Uno). Sí, puede que un misticismo laico –valga el oxímoron–  como se encarga el autor de manifestar en la apelación que es la Oración a Juan de la Cruz (elidido el San), donde, en anafórica pregunta, insta al poeta abulense para que le de las claves de lo que reside “más allá de la espesura”.
El poemario se articula en cuatro partes y un proemio. In límine, la figura terrible de Moloch, dios sediento de sangre al que los judíos y púnicos (Cartago), ofrecían en sacrificio, el tofet, a los niños recién nacidos para aplacar su ira: “Todavía su violencia / nos exige sacrificios / y nos abandona / hundidos en el vértigo / que la sangre alimenta.” Porque el dolor también nos constituye –de ahí, el referente–, y por ello nos obstinamos en permanecer en el umbral de la herida, “esclavos e insumisos / del olvido y la memoria”, doble y nueva asociación de contarios.
El tema del exilio aparece ejemplarizado en diversos poemas con obvios protagonistas: Prometeo, exiliado en el Mar Negro, sometido a la incesante tortura del “ángel-águila” devorándole las entrañas, lamentándose de ese eterno retorno, de la repetición de su condena (Prometeo encadenado); o las Danaides –hijas del exiliado Dánao en Argos– penadas a llenar un barril sin fondo: “sed de ocasos / nunca saciada.” O, incluso, en el hijo pródigo, como símbolo también del viaje y, por tanto, del exilio, aunque ese fugitivo sepa “que no hay huida posible”, y tenga que retornar habiéndolo perdido todo en los caminos.
El poeta nos confronta con el “ruido del mundo”. En La danza de Shiva (dios hindú de la destrucción y, precisamente por ello, de la transformación), son de nuevo los contarios los que se armonizan: “No hay quietud sin movimiento, / ni silencio sin alboroto.”  Esa inseguridad del ámbito externo donde nos afanamos es la que genera el abismo que amenaza con devorarnos: “No hay lugar seguro / ni centro, sólo fauces” (Aún somos). Y en una enumeración que conduce al acabamiento, se intuye lo terriblemente ineludible: “Presientes la llama, la brasa, la ceniza” (Alto voltaje).
La perdurabilidad transita los poemas de la sección Le dur désir de durer. Es el ansia de trascenderse aún a sabiendas de su inviabilidad. O de participar en la génesis de un espacio propio: “Busco un lugar donde vivir en la negación de las respuestas” (De noche), pues aunque haya una búsqueda de respuestas ante los enigmas, refutarlas es la única estrategia para no caer en la complacencia. Otra táctica sería experimentar la confluencia con todo lo que es y lo que no es: “Hoy existo en todo lo que existe / y muero en todo lo que muere” (Ubicuo). Pero la apuesta por la Vida es tan arriesgada como concluyente e inefable en su manifestación: “Cualquier nombre resulta inexacto / para definir aquello que nos acaricia / mientras nos destruye.”  
El hallazgo y la pérdida, que son en definitiva las guías sobre los que se desliza el sentimiento amoroso, hallan también su “morada” en estos versos. De ahí que el poeta explore el amor y su posibilidad, la compleja conflictividad entre la presencia y la ausencia. Muestra de ello son varios extensos poemas de tono elegiaco. Y de pérdida trata el poema sobre Orfeo, aunque la palabra cumpla aquí la misión de restituir esa pérdida: “puedo darle ser en el ser de la palabra” (El desconsuelo de Orfeo).
Porque precisamente en la palabra reside tanto la salvación como el peligro. Está la necesidad de decir, de nombrar lo que se fuga: “Déjate nombrar, /... / palabra no dicha”, y así buscar el significado –“dale un sentido a mi afán estéril”–, pues intuimos que hay un más allá del lenguaje, la condición última de la realidad más radical. El no-decir remite a lo inexplicable, no ya sólo racionalmente sino incluso metafóricamente, lo misterioso –o numinoso– que quizá sólo habite en el silencio.
Pero la exploración del lenguaje es una posibilidad, un envite en el arriesgado juego de la vida. De aquí que José Luis Zerón escoja muy a conciencia los términos que desafíen al abismo de la página en blanco mediante el uso de un lenguaje sustantivo y esencial (“vida”, “luz”, “ruina”, “llama”, “duda”, “tiempo”, “muerte”, “mundo”, sueño”, “miedo”, “anhelo”...), lejos de vencidas expresiones de un presente ruinoso, o trivialidades con la espuria vocación de vanas provocaciones. Y a la par que el decir, el mirar aliado; el mirar el mundo con el lenguaje de la intensidad (Miro el mundo). Porque el decir, el nombrar, el ponerle palabra a lo indefinible, responde a esa necesidad de “conjurar a la muerte”.

lunes, 23 de mayo de 2016

Rafael González Serrano: Leves alas al vuelo (Antología y 3)


                                                                    XXVI
                                                             Llegar tarde a
                                                             la cita con la muerte:
                                                             ardid inútil.

                                                                   XXXII
                                                             Fulge la brasa
                                                             del mañana soñando
                                                             llamas de ayer.

                                                                    XLIV
                                                             La hiedra abraza
                                                             estatuas buscando su
                                                             latir interno.

                                                                 LXXVIII
                                                             Pentagramas de
                                                             nieve cobijan notas
                                                             de sal helada.

                                                                    CX
                                                             La sal, el hielo,
                                                             el silencio, abrasan
                                                             mapas de venas.



                                                     Se fueron los ríos del día,
                                                     por los cauces de la sospecha.

                                                     Un almanaque de palabras
                                                     rememora nuestros errores.

                                                     El alma es un cruce de caminos:
                                                     entre la huida y el desencuentro.


                                           Planetas grávidos
                                                             de lejanía
                                                             en las entrañas,
                                                             océanos divididos
                                                             por el hemisferio
                                                             de la huida,
                                                             ciudades vertidas
                                                             en el vientre
                                                             de los dioses,
                                                             calles entregadas
                                                             a las prisas
                                                             de los rostros,
                                                             huellas olvidadas
                                                             en la espalda
                                                             de un segmento.
                                                             Ir hacia
                                                             lo minúsculo,
                                                             lo inapreciable:
                                                                                      la nada.


Cuando queremos lo que podemos, entonces nuestro deseo construye una tupida red de fantasías donde quedar atrapados.

Quien no tiene momentos de piedad está expuesto a caer en los pantanos de la conmiseración.

Importa lo que hace que uno se note solo, despojado del abrigo confortable de la identidad y de la protección segura del personaje.

No creer es inevitable consecuencia de una razón implacable; vivir es fruto de un impulso siempre desconocido. 

jueves, 14 de abril de 2016

Valery Larbaud: Poesía de A.O. Barnabooth

Nace Valery Larbaud en Vichy en 1881. Hijo de una acomodada familia, se licenció en Letras. Viajó por Europa, y en 1908 publica su primera obra Poèmes d’un riche amateur, atribuyéndosela a A. O. Barnabooth. Archibald Olson Barnabooth sería un poeta nacido en Campamento, provincia de Arequipa, pero apátrida, inmensamente rico y viajero empedernido. Este personaje fue uno de los heterónimos utilizados por Larbaud. En 1913 publica A. O. Barnabooth. Otras obras publicadas fueron la novela Fermina Márquez (1911), los relatos de Amantes, felices amantes (1921) o Este vicio impune, la lectura (1925). Tradujo del inglés y del español. Aquejado en 1935 de una hemiplejia, que le impide incluso hablar, queda recluido en su casa de Vichy, donde fallecerá en 1957.
La Obra completa de A. O. Barnabooth consta del cuento El pobre camisero, de las Poesías y del Diario íntimo. Las tres secciones están íntimamente relacionadas pero, por razones obvias, nos centraremos en los Poemas. También en ellos, Larbaud realiza un doble juego de ficción. No sólo ha creado al personaje de Barnabooth sino que también el editor del libro es ficticio, Xavier Maxence Tournier de Zamble, y a él dedica y envía la segunda parte de sus composiciones Barnabboth (aparecido ya en 1908, es decir, con varios años de adelanto al Álvaro de Campos de Pessoa). Los Poemas están divididos en dos partes: la primera consta de varios poemas, Los borborigmos, y la segunda es una extensa composición dividida en once poemas, titulada Europa.
Los borborigmos es el título irónico que utiliza Larbaud para la primera sección del libro, y ya en el poema Prólogo los define: “¡Borborigmos!, ¡borborigmos!... / Gruñidos sordos del estómago y de las entrañas, / lamentos de la carne modificada sin descanso, / voces, cuchicheos orgánicos irreprimibles, / voz, la única voz humana que no miente, / e incluso persiste algún tiempo después de la muerte fisiológica / … / ¿Existirá también en los órganos del pensamiento, / inaudibles por el grosor de la cavidad craneana? / Al menos, he aquí unos poemas a su imagen…”
A pasar de su singularidad, el protagonista de los versos siente una identificación, no exenta de cierto distanciamiento, con respecto a los otros: “He andado ente la masa con delicia, / pues yo mismo y mis deseos somos masa. / … / Y si en algo, ¡ay!, me distingo de vosotros / es porque veo, / … / infamada, ignorada, proscrita, / diez veces misteriosa, / la Belleza Invisible” (Lo innombrable). Plasma así esa antítesis entre pertenecer a la élite pero también sentirse pueblo. Y en El don de sí mismo, quiere ofrecerse a los demás, aunque es consciente de estar abocado a la absoluta soledad: “Tomad cuanto soy: el sentido de estos poemas, / no la letra, sino lo que aparece a mi pesar a su través”, aunque “adonde quiera que yo vaya /… / me encontraré siempre /… / el incolmable Vacío, / la inconquistable Nada.”
Existe una constante reivindicación de la cultura y de la ciudad, siendo está el culmen de esa cultura occidental, permitiéndose incluso despreciar lo natural: “Desprecio los países coloniales, dueños sólo / de la maravilla de su naturaleza, que no han sabido / ni tan siquiera procurarse un Teócrito. / Me asquean los días pasados en hamacas, / con ropa de lino, en ciudades sin tiendas; / me asquean la caza de fieras salvajes, los regios / palacios de la India y las ciudadelas de Australasia, / donde no hacía más que pensar en ti, en ti, Europa. / ¡Porque en ti, ente la niebla, viven las bibliotecas!”
Todos los elementos de la civilización se hallan presentes: ciudades, puertos, transatlánticos, trenes, los objetos exquisitos y los refinamientos culturales. Ya, desde el inicio dedica una oda –precisamente su poema Oda– al tren (de lujo que recorre Europa): “¡Préstame tu ruido inmenso, tu inmensa marcha tan dulce, / tu deslizar nocturno por Europa iluminada, / oh tren de lujo! / … / prestadme , oh Orient Express, Sud-Brenner-Bahn, prestadme / vuestros milagrosos ruidos sordos, / y vuestras vibrantes voces de reclamo.” También dedica, en el poema I de la sección Europa,  un canto al faro que ve en la aproximación del transatlántico a la costa: “Gira su cabeza de fuego en la noche, gigante derviche, / y con su vértigo luminoso / alumbra los senderos del campo, los setos en flor, las chozas…” Y en el III, es Europa en todos sus aspectos la protagonista: “¡Europa!, satisfaces los apetitos ilimitados / del saber, y los apetitos de la carne, / y los del estómago, y los apetitos / indecibles y más que imperiosos de los Poetas, / y todo el orgullo del Infierno.”
El libro es una nostálgica evocación de Europa, la de el rico heredero Barnabooth, que mira a Europa como un extranjero que la ha hecho suya, lo mismo que ha hecho propios a esos objetos, por lo general lujosos, que se presentan como los asideros de la memoria, si bien que a la par son un testigo del paso ineludible del tiempo. Mas ese personaje ficticio, como americano que es, conoce las grandes extensiones: “En Colombo o en Nagasaki yo leo los Baedekers / de Austria-Hungría o de España y Portugal; / … / ¡Y vosotros, puertos de Istria y de Croacia, / orillas dálmatas, verde y gris y blanco puro!”
Porque en los versos de Larbaud hay una clara manifestación de su búsqueda de lo absoluto, espacial y temporal. Aunque en el citado poema III de Europa insista en que: “para mí, Europa es igual a una sola ciudad inmensa / llena de provisiones y de placeres urbanos, / y el resto del mundo / me parece campo abierto por el que corro, / sin sombrero, contra el aire, lanzando gritos salvajes”; y, aunque en Mi musa afirme que “canto lo que es Europa, sus teatros, sus ferrocarriles, sus constelaciones de ciudades”, también confiesa: “¡Versos míos, dorados versos, poseéis la fuerza / y el ímpetu del paisaje y del bestiario tropicales, / la absoluta majestad de las montañas nativas, / los cuernos del bisonte, las alas del cóndor!” Reconoce también que sólo los grandes espacios puedes saciar esa sed de absoluto.
El hombre rico que era el autor, culto y exquisito, recluido en sus posesiones, da vida a un alter ego (si cabe, muchísimo más rico). Confiesa que por su abundancia de medios le está vedado el Mal –tanto como el ser considerado por los demás como provisto de espíritu y talento–. Por ello, reivindica también la experiencia del dolor y la abyección: “Dadme la visión de todos los sufrimientos, / dadme el espectáculo de la belleza ultrajada, / de todos los actos deshonestos y todas las ideas viles / ... / Quiero ir más lejos que nadie en la ignominia y la reprobación.” (L’ eterna volutta).     
El escritor, en esta obra y por medio de su personaje, muestra su deseo de saber todo (“¿No será que tengo hambre de lo desconocido?”, Nevermore), de leer todos los libros, de conocer todas las lenguas (de hecho, él dominaba, además de su idioma, el alemán, el inglés, el español, el italiano), de ser, en definitiva, un cosmopolita del espíritu. Y ese ansia de conocimiento total está tan espoleado como acechado por la certeza de que todo proyecto que pretenda perpetuarse en el tiempo está precisamente condicionado por él y condenado al olvido. Esa consciencia de estar sometido a lo apodíctico de la esencia del hombre paradójicamente es su impulso motriz, y no, como alguno ha propuesto –Alvaro Mutis– que es un sentimiento de exilio, de estar fuera de su mundo, lo que le aboca a la angustia, que alejará volviendo a su tierra y su gente. Olvida el colombiano que, tras el personaje “americano”, está el francés y muy europeo Larbaud.

© Copyright Rafael González Serrano

jueves, 17 de marzo de 2016

Rafael González Serrano: Leves alas al vuelo (Antología 2)


                                                         Deseo de ser piel
                                           que respire
                                           por los poros palpitantes
                                           de una herida
                                           abierta en la fuga
                                           de las palabras.
                                           Anhelo de los días
                                           donde se
                                           iluminaban los vacíos,
                                           y las dudas
                                           se resolvían en
                                           tactos de voluntad.
                                           Sentido,
                                           el de la rabia
                                           desafiando agravios,
                                           y espadas como
                                           besos de traición,
                                           avanzando
                                           ansias y apremios.
                                           Todo fugaz
                                           y vencido pacto.


Existimos porque los demás nos reconocen; por eso la soledad absoluta nos conduce a la irrealidad.

El deseo y el horror se esconden en las cesuras de la memoria, aunque el recuerdo nos los presente como páginas escritas del inconsciente.

El dolor es una sensación que la conciencia ha asumido como sufrimiento para así esclarecer que, en lo profundo, es donde se puede asistir al nacimiento del cuerpo.

En el fanatismo habita la cruel locura que, al domesticarse, deviene satisfecha creencia.

En el yo se asiste a la aventura de la incoherencia, el extremo desatino que sólo el farsante espíritu trata de presentar como un paisaje de posibilidades múltiples.

Entre el cero de la bestia y el infinito del dios, una cantidad innumerable de cifras representa a los hombres.

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