miércoles, 28 de marzo de 2018

Tadeusz Różewicz: Inquietud

En 1947 publica Tadeusz Różewicz (Radomsk, Polonia, 1921) su libro de poemas, Inquietud (según otras traducciones, Ansiedad). Antes había dado a la luz su primer libro de poemas, Los ecos del bosque en 1944, Luego vendrían El guante rojo (1948), La llanura (1954), Conversación con el príncipe (1960), La voz anónima (1961), El rostro tercero (1968), Regio (1969), Una pobre alma (1976), En la superficie del poema y en su interior (1983), Deslumbramientos (1987), Siempre un fragmento (1996), etc. Dramaturgo también, escribió piezas teatrales como El fichero (1968), La vieja dama espera sentada (1969), Matrimonio blanco (1975) o En el foso (1979). Murió en Wrocław en 2014.
Inquietud, aparecido tras la Segunda Guerra Mundial, es en gran medida tanto una reflexión como una respuesta a los horrores de los que había sido testigo. Tiene la certeza de haber vivido “un fin del mundo”, y al verse salvado no puede evitar el preguntarse sobre esta experiencia límite. Así ocurre en su poema Salvado donde escribe: “Tengo veinticuatro años / me salvé / cuando me llevaban al matadero. // Estos son hombres vacíos y unívocos: / el hombre y la bestia / el amor y el odio / el enemigo y el amigo / la obscuridad y la luz”. Da igual apelar a las virtudes que a las maldades porque “las nociones son sólo palabras”. La salvación se hallaría en el encuentro con un guía ético: “Busco a un preceptor y maestro / que me devuelva la vista el oído el habla /… / que separe la luz de la obscuridad.”
Pero el poeta no se excusa y, recordando su pasado reciente, su propia vivencia,  no sólo se considera víctima sino también culpable: “tengo veinte años  / soy asesino / soy un instrumento / tan ciego como la espada / en la mano del verdugo.” (Lamento).  El sujeto poético no encuentra un receptor superior –aunque lo busca como quedó señalado–; y una negación tan absoluta le obliga a intentar acercarse al ser humano que sufre, ya que otra posibilidad no sería sino la desesperación.
El sentir religioso es otro tema que aparece en sus composiciones aunque sea con un significado negativo de refutación, como evidente consecuencia de las atrocidades observadas y padecidas: “No creo en la transformación del agua en vino / no creo en el perdón de los pecados / no creo en la resurrección del carne” (Lamento); o como constatación de las monstruosidades infligidas a la inocencia, ya que “engañaron”, “escupieron”, “condenaron”, “colgaron”… a ese “cordero blanco / que quitaba / los pecados del mundo” (Blancura, en clara referencia al Agnus Dei qui tollis peccata mundi).      
Los horrores de la guerra, las crueldades de la historia, reaparecen una y otra vez, estando presentes en diversos poemas como Trencita (“Bajo los vidrios limpios / yacen los cabellos rígidos de los asfixiados / en las cámaras de gas”), o Testigo: “Cómo es posible escribir / sobre el amor / escuchando los gritos / de los asesinados y deshonrados / cómo es posible escribir / sobre la muerte / mirando las caritas / de los niños.”
Mas entre tanta miseria también reivindica la cruda verdad de la carne humana, de la decadencia como espacio de creación poética, pues rechazando los pretéritos valores estéticos se inclina por una ética desilusionada (el pesimismo existencial se manifiesta con insistencia en este libro). Por ello considera que “el poeta del basurero está más cercano a la verdad que el poeta de las nubes”. Y en el poema El cuento de las mujeres viejas expone la vejez como contraste y confirmación del estado del mundo tras la hecatombe de la guerra. En él afirma: “Me gustan las mujeres viejas / las mujeres feas / las mujeres malas” porque “son la sal de la tierra // no aborrecen / la basura humana.” En consonancia con un tiempo en el que el mundo se ha convertido en un estercolero al haberse derrumbado toda dignidad humana.
La contraposición –o alternancia– ente la vida y la muerte también se haya presente en varios poemas. Ya desde el inicio, en Rosa, las confronta: “Rosa es una flor / o el nombre de una muchacha muerta.” O en Rehabilitación después de la muerte en donde “Los muertos se acuerdan / de nuestra indiferencia / los muertos se acuerdan / de nuestro silencio / los muertos se acuerdan / de nuestras palabras”, pero al final, “los muertos no nos rehabilitarán.” Sin embargo, la vida es antagonista de la finitud como un don salvífico y genésico: “Después del fin del mundo / después de la muerte / me encontré en medio de la vida”, y comienza a crear el mundo nombrando las cosas, bien que “la vida humana tiene gran peso / el valor de la vida / supera el valor de todas las cosas” (En medio de la vida).
Como no podía ser de otra forma, la propia práctica poética es objetivo de sus composiciones. Para censurar la actividad de ciertos colegas: “juegan // olvidan / que la poesía contemporánea / es lucha por el aliento” (Liberación de la carga); o cuestionar si tiene sentido hacer poesía en los tiempos presentes: “Los poetas muertos / se van rápidamente / los vivos / arrojan / de prisa / nuevos libros / como si quisieran tapar con papel / un hoyo” (Desde hace un tiempo).
Pero también reflexiona sobre su propia tarea creativa; dónde tiene su origen, cuál es su viabilidad, qué valor pueda tener y qué finalidad conseguir. “De la grieta / entre yo y el mundo / entre yo y el objeto / de la distancia / entre el sustantivo y el adjetivo / intenta salir / la poesía” (En el teatro de sombras). Y en el poema Mi poesía expone una especie de poética: “nada explica / nada aclara / no renuncia a nada //… // obedece a su propia necesidad / a sus posibilidades / y limitaciones //… // abierta para todos / exenta de misterio / tiene muchas tareas / que nunca podrá cumplir.” Propone, pues, una poesía humilde, cotidiana, ética, franca y consciente de sus restricciones.          
Se ha considerado a Różewicz como creador de una “antipoesía”, quizá en una interpretación demasiado libre de una afirmación suya tan contundente como que “la poesía está muerta”. Este categórico veredicto ciertamente se dirige a una poesía del pasado, la de la palabra bella y metafísica. En el nuevo quehacer, el de una poesía consustancial con la situación posbélica, debían buscarse nuevos medios  acudiendo a una palabra despojada de toda retórica y que vaya directa al tema, haciendo uso de elementos como el monólogo interno, el diálogo, la descripción o, incluso, no poéticos (las referencias, las citas de autores, etc.). En poemas austeros, sin metro, rima, casi sin metáforas; despojados de cualquier ornamento, a fin de no apartarse del objetivo de reflejar la pérdida de normas morales y de valores sufrida por el hombre tras la devastadora contienda.      

                                                                                                © Copyright Rafael González Serrano

lunes, 29 de enero de 2018

Raymond Queneau: El instante fatal

Raymond Queneau (El Havre, 1903), publica El instante fatal en 1948. Antes había dado a la luz poemarios como Roble y perro (1937), Los Ziaux (1943); y luego vendrán, entre otros, Pequeña cosmogonía portátil (1950), Si te imaginas (1952, donde reúne sus primeros libros, y con el título de sus más famoso poema), Cien mil millones de poemas (1961), El perro con la mandolina (1965), Batir la campaña (1968), Moral básica (1975) … Más conocido como prosista, con títulos como Zazie en el metro (1959) o Las flores azules (1965), fue cofundador del Oulipo (Taller de literatura potencial). Murió en Paris en 1976.
En este libro se recogen poemas escritos entre 1920 y 1948, por tanto, de diversa naturaleza y características: la inspiración surrealista, el juego verbal, la ironía, la angustia por el paso del tiempo y la inevitable decadencia. Consta de noventa poemas divididos en cuatro secciones: Marina, Un niño ha dicho, Para un arte poético y El instante fatal.
La primera sección se inicia con el poema que le da título, Marina, con tonos abiertamente surrealistas: “los peces tienen bonitas cabezas / que hay que desplazarlos con frecuencia / a causa de los destrozos que hacen en el corazón de las medusas”; o “Los tiburones no se aburren / con la funda de un colchón / fabrican hermosas sábanas / para los ahogados astutos”. En ocasiones acude a la enumeración torrencial de versos con asociaciones inverosímiles: “ciclámenes del amor en ropa de incidencia /… / sistros de los bailes a las lunas nefréticas” (Catálogo análogo). El juego verbal se plasma en la contracción de palabras –“mencuentro”, “desdhace”–, en la aproximación al habla coloquial –“delomás”, “quetenga”, “sesuicidó”–, incluso se extiende a las matemáticas –de las que era un apasionado–, “Cuando Uno hizo el amor con Cero” (Cisnes).
El humor es otro de los elementos empleados con profusión en sus composiciones; no es sino una historia de humor surreal El archipiélago donde se describe la relación entre un archipiélago y un volcán. Y en algún otro poema las asociaciones poéticas tienen un claro sesgo onírico; “Los carceleros rugen de gozo cuando lamen las esposas / más frías que la campana de una iglesia”, y que, con indisimulada evidencia, concluye con un “PROHIBIDO NO SOÑAR” (La torre de marfil).
En la segunda parte hay diversas composiciones a modo de canción. “Un niño ha dicho / yo sé unos poemas / un niño ha dicho / iosé unas poyeseías / … / si el poeta pudiera echar a volar / los niños querrían / partir con él” (Un niño ha dicho). Utiliza también el soneto  –Pinos, pinos y abetos–, el juego de palabras, “kualkierkosa” (En el espacio), la repetición anafórica: “al casi casi de los cisnes / cantan los cañizales / al casi casi de un pino / tañen dos campaniles” (Los casi casi).
El tercer apartado –Para un arte poética– contiene, en consonancia con el título, una especie de poética no exenta, desde luego, de un tono humorístico. Va desarrollándola a lo largo de los poemas –es esta ocasión numerados–, ya desde el inicial: “Un poema es muy poca cosa / apenas algo más que un ciclón en las Antillas / que un tifón en el mar de China / que un temblor de tierra en Formosa…”, en donde la ironía no deja de ser paradójica; o viceversa. En otro poema concibe la poesía como un acto pasional, involuntario: “las palabras basta con amarlas / para escribir un poema / nunca se sabe lo que se dice / cuando nace la poesía”. Aunque la angustia del poeta también está presente en el proceso de la escritura: “heme aquí frente a la nada / a nada en absoluto”. Incluso el escepticismo puede concitar la burla agresiva hacia un abstracto receptor: “a / la / posteridad / le digo mierda y más que mierda / y requetemierda /… / a la posteridad / que espera su poema”.
La cuarta sección, El instante fatal, es la más extensa y la más importante tanto formalmente como por el contenido. El poeta construye toda una visión de la vida desde la muerte, o su proximidad en la senectud. Unido a ello aparece también el tema del carpe diem. En El instante fatal, el poema más estremecedor, articula una serie de versos en los que en una especie de letanía al primero de cada serie de dos le responde un segundo en el que la presencia de los muertos es incesante, obsesiva, ubicua: “Cuando entramos por la boca y de través / en el imperio de los muertos //  con nuestras verrugas nuestros piojos y nuestros cánceres / como tienen todos los muertos // … // cuando el cuerpo esté molido por la fatiga medular / que revienta a los muertos // y el cerebro apolillado por tanto estilo gruyère / atributo de los muertos…” Y el poeta no olvida que “siempre el instante fatal llega para distraernos”, incluso de esa presencia insistente de los otros muertos para ofrecernos ineluctable la propia.
El paso ineludible del tiempo se muestra en el poema Envejecer (“Mi juventud ha acabado / mi juventud se ha ido”), y especialmente en su poema más famoso –que dio lugar a una canción de enorme éxito popular–, Si tú te imaginas: “Si tú te imaginas / si tú te imaginas / chiquilla chiquilla… / que va a durar siempre / la estación de los a… / la estación de los amores / cuánto te equivocas / chiquilla chiquilla / cuanto te equivocas”.
Los títulos de los poemas de esta sección son los suficientemente elocuentes, Lamentación, Los muros (“el suelo de la tristeza / está tejido de sufrimiento”), Los desgraciados, Mi pequeña vida (“que espantosos son / esos dos huecos en lugar de ojos / que los muertos tienen”). En otras composiciones la nostalgia y el recuerdo son amargos pues el poeta afirma que “estoy tan muerto ya que no puedo ni llorar de risa” (Le Havre de Gracia); o en Si la vida se va: “Si la vida se va / no hay vuelta de hoja / si la vida se va a toda marcha / más vale pensar si vale la pena / que el sol salga”.
El drama de la existencia se muestra en esa retahíla de desgracias acaecidas al hombre a lo largo de la historia: “Tanto sudor humano / tanta sangre gangrenada / tantas manos agotadas / tantas cadenas /… / tantas guerras y tantas paces…” (Tanto sudor humano). En ocasiones impreca a los demás por la rendición asumida: “porque decís sí a los miserables // porque mojáis el pan en nuestra sopa // porque os bebéis el alcohol de nuestro vino” (A los otros). Ante el destino final, vislumbrando esos cementerios que aún estando lejos no lo están demasiado, todavía puede esbozar un gesto de impotente rebeldía: “Cuando vituperados los diez mil seres de la tierra / cuando malditas las cien mil miserias / cuando detestados todos los males /  haya que ir al cementerio / meemos en un jarro” (Regreso a la tierra).
El Instante fatal es un libro donde Queneau da rienda suelta a su libertad de expresión poética, forjando así una prosodia que rompe con las estructuras convencionales al introducir el lenguaje coloquial, las bromas, el humor, el tono familiar, los juegos. El poeta trata a las palabras como seres vivos que, espera, “se conviertan en trabajadores” para así forjar un lenguaje creativo. La poesía de Queneau contiene varios niveles de lectura. Un primero sería aquel en el que el juego, el divertimento, la experimentación formal gratifican una lectura menos atenta. Mas luego, en una lectura más profunda, aparece la temática que da sentido al texto, desde el goce de la existencia al ineludible trascurrir del tiempo y el ineluctable destino. En esa escritura están contenidos los elementos simbólicos de su poética, en donde el humor –tan frecuente– no deja de ser un mecanismo protector frente a la angustia de la muerte. En la creatividad lírica de Queneau se encuentran íntimamente imbricados lo trágico y lo burlesco sin que entre ambos se genere una relación que por incompatible haga inviable su convivencia.   
Nota final (ineludible). Como ya ha ocurrido en otras ocasiones con libros de esta colección, la editorial no ha tenido a bien no ya ofrecer un estudio preliminar o unas notas explicativas –ya que no se trata de una edición crítica–, sino ni tan siquiera un breve prólogo o introducción. No parece que esa sea la mejor forma de presentar un libro.

                                                                                               © Copyright Rafael González Serrano

sábado, 23 de diciembre de 2017

Rafael González Serrano: Cruzar puertas traseras (Antología)


                                                                Retorno

                                                Estuviste en el infierno
                                                de la renuncia;
                                                de él volviste al purgatorio
                                                del mundo, el de la espera
                                                en noche de jardines
                                                y edenes peligrosos.
                                                Porque hay barcos que
                                                navegan los sueños
                                                sobre acantilados de ayeres;
                                                porque hay insomnios
                                                que son salidas
                                                de los túneles del lodo.
                                                Y a pesar de la duda
                                                que flaquea las piernas
                                                del vigía aterido,
                                                hay posibilidades de ser otro,
                                                hay opciones de rasgar
                                                el velo de lo sumergido. 


                                                           Tras la puerta

                                             Al abrir la puerta un mar de latidos
                                             inunda la estancia,
                                             y la esquina de una fotografía
                                             semeja un cónclave de estremecimientos
                                             sin origen definido.
                                             No hay llaves que clausuren
                                             esa puerta de forma definitiva,
                                             como no hay cerrojos que impidan
                                             crecer a los bosques.
                                             Sólo el lamento de las páginas de un libro
                                             hará posible que la hojarasca
                                             ensombrezca ese lugar
                                             donde vicario viviste de películas antiguas,
                                             y donde los dos erais actores
                                             de un baile de marionetas.


                                                               Realidad

                                               Conjurando el páramo se queman
                                               las pesadillas que
                                               flotan en las turbias aguas
                                               del albañal.
                                               Son como pieles de nubes
                                               que se estiran en una topografía
                                               de trébol y suburbio,
                                               cuando las canciones ahogan
                                               sus notas enfermas.
                                               No hay ya héroes, y las víctimas
                                               se inmolan a sí mismas
                                               en el holocausto
                                               de una coreografía final.

jueves, 19 de octubre de 2017

Zbigniew Herbert: Informe desde la ciudad sitiada

Zbigniew Herbert publica Informe desde la ciudad sitiada en 1984. Fue un poeta y escritor polaco nacido en Lwów en 1924 (ciudad de Polonia que pasó a ser la actual Lvov, en Ucrania, tras la Segunda Guerra Mundial). Recibe su formación de manera clandestina en la Polonia ocupada. Hasta después de la muerte de Stalin no comienza a publicar sus libros. En 1956 sale su primer poemario, Cuerda de luz. Luego vendrán Hermes, el perro y la estrella (1957), Estudio del objeto (1961), Don Cógito (1974) o, la posterior al Informe, Elegía a la partida (1990). Es también un prolífico autor dramático, así como un agudo ensayista con títulos como Un bárbaro en el jardín (1962). Murió en Varsovia en 1998.
Informe desde la ciudad sitiada y otros poemas (que así es su título original), en su versión española padece la amputación de poemas pertenecientes a su primera edición y la inclusión de otros anteriores en bastantes años, puede que al amparo de ese abarcador “…y otros poemas” (en una interpretación quizá bastante libérrima). Nos basaremos pues –no nos queda otro remedio– en esta edición en español.
El poema central del libro es una meditación sobre la opresión, la conciencia ética y la libertad personal. Consta de cincuenta y nueve largos versos libres entre los que hay versos individuales y agrupaciones de versos en estrofas irregulares. Se inicia con el hablante relatando cómo él: “Demasiado viejo para llevar las armas y luchar como los otros– / fui designado como un favor para el mediocre papel de cronista” Marca así una secuencia de hechos que van sucediéndose a lo largo de siete días. Describe con objetividad: “evito comentarios las emociones mantengo a raya escribo sobre hechos”; narra sus observaciones: “al atardecer me gusta deambular por los confines de la Ciudad /… / escucho el tronar de los tambores los alaridos bárbaros / en verdad es inconcebible que la Ciudad todavía se defienda”.
El poema tiene un cariz en buena medida pesimista, pues vaticina una futura derrota de esa Ciudad –“el asedio continúa los enemigos deben ser reemplazados / nada les une excepto el anhelo de nuestra destrucción / galos tártaros suecos huestes del César…–, abocando así la existencia humana a la soledad (“a quienes alcanzó la desdicha están siempre solos”). Aunque también la esperanza se puede encontrar en que haya un solo superviviente: “si cae la Ciudad y uno solo sobrevive / él portará consigo la Ciudad por los caminos del exilio / él será la Ciudad.” Concluye, no obstante, que cualquier anhelo de salvación frente a la opresión y la injusticia está en los sueños: “sólo nuestros sueños no fueron humillados.”
Esa Ciudad es el núcleo fundamental de los valores que todo ser humano lleva; los que renuncian a la lucha frente al asedio externo no poseen conciencia de los principios esenciales de la libertad. Aunque la Ciudad pueda ser entendida en un sentido genérico y simbólico –como ese foco primordial de las virtudes que todo hombre porta–, también subyace, y es claramente identificable, un alegato crítico contra la ley marcial impuesta por el régimen socialista en 1981 a los polacos. Esa Ciudad no sólo es Varsovia –o Polonia–; pero también lo es.       
En el poemario aparecen también otros motivos recurrentes en la obra de Herbert. Tal es la referencia a los elementos históricos –y mitológicos–, así como la presencia de esa figura mitad alter ego mitad método de distanciamiento del propio autor, que es Don Cógito. La Historia –o la Mitología–, por medio de los personajes rememorados y los acontecimientos narrados, son un instrumento para comprender el momento presente. En esa Historia el mal abunda y, por ello, desenmascararlo es una forma de enfrentarse o, al menos, resistirse a él. Mas no sólo ofreciendo una actitud que reivindique un sentido ético (lo cual implicaría cierta visión idealista), sino también mediante la aplicación de un método de contraste irónico, tal y como hace Herbert.  
Esto se observa en composiciones como El Divino Claudio o Habla Damastes apodado Procusto. En la primera, establece una semblanza del emperador que, entre el cinismo y la autoburla, reivindica su figura: “durante años representé el papel de zoquete / los idiotas viven más seguros”; se jacta de su formación, tanto la culta como la recibida en tabernas y lupanares; y duda de sus crueles decretos: “al parecer / ordené ejecutar /  a treinta y cinco senadores.” Para concluir alardeando de haber añadido al alfabeto dos nuevas letras: “amplié las fronteras del habla esto es las fronteras de la libertad.” Procusto rechaza el calificativo de asesino pues “en realidad fui un erudito reformador social / mi verdadera pasión fue la antropometría”, y añade con desfachatez que: “la meta era sublime el progreso exige víctimas.” Porque los tiranos justifican sus crueldades en nombre de los logros prácticos o los nobles ideales (o totalitarios proyectos: así Procusto lo que deseaba era “a una humanidad asquerosamente heterogénea conferir una forma única”).
Don Cógito es ese filósofo escéptico que, a pesar de ser consciente de lo imposible de su tarea, intenta darle un sentido lógico a las cosas, descubrir la verdad que subyace bajo la supuesta realidad que trata de confundir sustancia y apariencia. En El alma de Don Cógito, con tono melancólico, expresa cómo, ante el regreso de su alma: “la mira de reojo / cuando se sienta frente al espejo / y sus cabellos cepilla / enredados y grises.” Y en El monstruo de Don Cógito precisamente reta al monstruo que “destruye la construcción del pensamiento.” Y esa batalla debe darse “antes de que sobrevenga / un sucumbir por inercia / una vulgar muerte innoble.” Deseo de racionalidad frente a la mentira de la falsa realidad, de ese infierno en la tierra. Ya en un poema anterior de esta serie, pero recogido en este libro, plantea precisamente Qué piensa Don Cógito del Infierno (y los que ocupan el más bajo círculo no son sino los artistas, “llenos de espejos, instrumentos y retratos”).
Una de las finalidades del libro de Herbert es, mediante la palabra poética, presentar la crítica  de un mundo en el que reina el terror contra los hombres concretos, violentados en nombre de diversos abstractos totalizadores. En sus poemas siempre se halla presente la perspectiva reflexivo-intelectual –lejos de la impulsividad emocional, y con el frecuente uso del distanciamiento irónico–, marcando el énfasis en los seres humanos y su dignidad, aunque la gente esté atrapada en el engranaje ineluctable del destino. El anhelo de verdad es un motivo crucial de la poesía de Herbert que, en última instancia, va más allá de las preocupaciones meramente sociopolíticas para aspirar al sueño de alcanzar el conocimiento, la claridad del ser. Pretendiendo obtenerlo mediante lo que él mismo definía como la calidad de transparencia semántica: “característica de un signo que consiste en que durante el tiempo en que se usa ese signo, la atención se dirige hacia el objeto denotado y no hacia el signo en sí”.

                                                                                               © Copyright Rafael González Serrano 

miércoles, 7 de junio de 2017

Rafael González Serrano: Cruzar puertas traseras

Al cruzar unas puertas tan físicas como metafóricas aguarda lo desconocido, lo ignorado, si bien que pueda ser lo íntimamente anhelado. De ahí que el autor de este poemario, Cruzar puertas traseras, haya concebido todo un edificio simbólico donde las ventanas, las alcobas, los pasillos, las escaleras, las puertas, etc. no son sino parte de una escenografía. Aquella que presenta al alma aislada y en permanente deseo de comunicación con el otro (una voz, un latido, un tacto, una mirada…), para así alumbrar todo un continente de encuentros, posiblemente irrealizables.
Porque la aproximación y el desencuentro se dan cita en nuestra cotidiana aventura de la vida, pues las expectativas, los deseos, las intuiciones, los proyectos o, incluso, las ilusiones (en el sentido de vanas esperanzas), nos constituyen. Sin embargo, en ocasiones, no nos va a quedar otra solución que la fuga; no una huida fruto de la derrota, sino una partida o viaje a la búsqueda de territorios desconocidos, donde se pueda descubrir un lugar en el que asistir al ansiado encuentro.
La nocturnidad es consustancial a la esencia del libro, pues es dentro de esa noche donde se enmarcan diversos referentes; tanto físicos –como como pueden ser los reflejos en un charco de agua, la mirada a través de un cristal, el sonido de unos pasos–, cuanto espirituales: los íntimos anhelos de un alma tan alerta en la detección de cualquier signo de identidad con lo ajeno, como presta a iniciar la empresa que se le ofrece al cruzar unas puertas, reales y simbólicas, abiertas al hallazgo de lo diferente.     
De esta forma, a lo largo de las distintas secciones del libro de Rafael González SerranoVentanas entornadas, Alcobas paralelas, Escaleras furtivas y Callejones traseros–, la voz del poeta, materializada en los versos, ejercerá de guía para la  singladura por ese edificio que representa tanto lo físico como lo mental y sensitivo del ser en su trato y proximidad o lejanía con lo otro; o para atreverse a una empresa que suponga la búsqueda de ese otro; del que también se podría quizá sospechar que estuviera habitando en uno mismo.

martes, 14 de marzo de 2017

Cesare Pavese: Trabajar cansa (Lavorare stanca)

Al igual que Giorgio Bassani, Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908) es más conocido como narrador que como poeta. Así son célebres sus obras De tu tierra (1941), La playa (1942), Feria de agosto (1944), El camarada (1947), La casa en la colina (1948), El bello verano (1949) o La luna y las fogatas (1950), entre otras obras narrativas, aparte de su diario, póstumo, El oficio de vivir (1952). Mas su obra precisamente comienza con la publicación en 1936 del poemario Trabajar cansa. Luego seguirán otros como La tierra y la muerte (1946) y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, también publicado póstumamente en 1951. Pavese se suicidará en 1950 en Turín.
La primera edición de Trabajar cansa (Lavorare stanca) data de 1936; se publica en Florencia con un total de cuarenta poemas. En 1943 Pavese vuelve a dar a la imprenta el libro ampliado sustancialmente. Serán ahora setenta los poemas y estará dividido en seis secciones conforme al título de un poema de cada una: Antepasados, Después, Ciudad en el campo, Maternidad, Madera verde y Paternidad. Los temas que se plasman en estas partes son la soledad como una condena vital, la falta de comunicación, el campo como espacio mítico, el deseo y  nostalgia de la mujer, la figura del exiliado, etc.
La primera sección consta de once poemas. Desde el primer poema, Los mares del sur, aparece el tema del parentesco: “Caminamos una tarde por la ladera de un cerro, / en silencio. En la sombra del tardío crepúsculo / mi primo es un gigante vestido de blanco, que se mueve pausado, con faz bronceada, / taciturno.” Refleja la admiración por su primo, marinero y, por tanto, viajero. En Antepasados describe la figura de algunos de ellos, cuyo ideal no era sino “vagar por las colinas, / sin mujeres, llevando las manos cruzadas a la espalda.” La amistad también está presente, como en el poema Gentes sin arraigo, en donde tras afirmar “hemos visto demasiado mar”, se representa a sí y a su amigo bebiendo y soñando con escenas alegres –y no exentas de erotismo–, “podremos encontrar entre viñas / alguna moza morena y /… / comer algo de su uva.” El drama está presente en Luna de agosto donde una mujer se halla impotente ante el cadáver de su marido, mientras “la tierra, oscura, se baña en sangre.” La noche, que cierra la sección, es un poema donde recuerda la calma y serenidad de una noche estival de su infancia.
La segunda parte agrupa quince poemas. El tema fundamental es el de la mujer y cómo concibe Pavese su relación con ella. En el poema Encuentro imagina una mujer ideal –“nunca pude aprehenderla: su realidad / se me escapa”–, para concluir: “La he creado desde el fondo de todas las cosas / que me son más queridas y no alcanzo a entenderla.” En Tierras quemadas recuerda, desde su confinamiento, con nostalgia a las mujeres de Turín. Varios poemas, como Dos cigarrillos o Pensamientos de Deola, las figuras que evoca son las de diversas prostitutas, cada una con sus pensamientos y sus historias, mas con la indiferencia ajena y la soledad, fruto quizá de la independencia: “Estar sola, si le place, /  por la mañana y sentarse en el café. Sin buscar a nadie” (Pensamientos de Deola). En Después recuerda a su amante –“mi compañera estaba tendida junto a mí /... estábamos desnudos”–, entre la alegría por la grata y sensual experiencia y la esperanza de la próxima cita: “Si queremos, podremos encontrarnos.”
Diecinueve poemas constituyen Ciudad en el campo. Los motivos de estos poemas son el trabajo, los trabajadores, los artesanos, mas también algunos personajes marginales (borrachos, mendigos), o niños campesinos desorientados en la ciudad. Presenta con sobriedad y sin implicación emocional a estos seres, mostrando la indiferencia de cada uno hacia los demás, y haciendo hincapié en la soledad esencial de cada cual. Los borrachos protagonizan los poemas El tiempo pasa o Indisciplina, donde el personaje avanza pos la ciudad ante el rechazo de los otros y la indiferencia de la naturaleza. El desinterés hacia los demás de las personas que transitan por la calle está presente en Atavismo. En Trabajar cansa, describe a un hombre que atraviesa una plaza y que toma conciencia de estar solo preguntándose “¿Vale la pena estar solo para seguir siempre aún más solo?” Siente dentro de sí que debería formar pareja con una mujer pues, aunque callejease, “estaría la casa / donde está esa mujer y valdría la pena.” Frente al tono general de la sección –triste e, incluso, amargo– en Retrato de autor el poeta se identifica con un vagabundo y adopta una postura más cínica: su compañero ha conseguido cena y fuma la colilla que le da un mozuelo al que “pongo la zancadilla.”
En Maternidad –del poema cuarenta y seis al cincuenta y cinco– cuenta historias de mujeres y madres que se han sacrificado por sus hijos. El tema general de esta sección es el amor que une a mujeres y hombres en diferentes circunstancias y con visiones que, en ocasiones, difieren. En Una temporada, Pavese relata la historia de una madre que ha parido varios niños y que se ha consumido: “con los años, hasta ella, / que nutrió otros cuerpos, se ha encorvado y quebrado”; y en  Maternidad, un hombre recuerda a la mujer “que esparció sangre suya  / dentro de cada hijo y murió del tercero.” En Un recuerdo no hay hombre que “logre dejar huella / en esa mujer” que sonríe sola con “su más ambigua sonrisa al andar por la calle.” Y en Placeres nocturnos, más optimista, expresa el amor –“un calor nos revolverá la sangre”– que le entrega su mujer al hombre que llega a casa,  y que le infundirá fuerza y valor.
Los siete poemas que constituyen Madera verde versan sobre temas políticos y sociales. Tratan, en general, sobre las injusticias y desigualdades que sufren los trabajadores. En Exterior ofrece la historia de un muchacho que, frustrado por el trabajo en la fábrica, decide abandonar ese trabajo. También la huida aparece en Fumadores de papel, donde un joven llega a la ciudad “para labrarse un porvenir”, mas sólo encontrará “injusticias por doquier.” En Disturbios, tras el levantamiento de algunos obreros, acontece el drama: “El muerto está retorcido y no mira a las estrellas.” En algún poema recuerda su confinamiento en un pueblo calabrés; así en Palabras del político, aunque el tono es de alegría por todo lo que va descubriendo: los peces, las hermosas mujeres, las viñas…
Por último, ocho poemas constituyen el apartado de Paternidad. Están escritos durante su confinamiento (a pesar de no ser un militante político activo, fue desterrado por actividades antifascistas). El tema es la distancia –y la añoranza– de su Piamonte natal. La angustia y el dolor por su exilio se ejemplifican en poemas como Paternidad o Estrella de la mañana (“nada hay más amargo que el amanecer de un día / en que nada ocurrirá.”). Además, en el primero plasma la dualidad del mar: generador de trabajo y sustento para los pescadores mas –frente a la genésica y femenina tierra– símbolo de la infertilidad y, por tanto, de la soledad: “hombre solo ante el inútil mar”; o “el hombre que conoce todo el tedio del mar.”
Interesado más por la situación humana de dolor, desamparo, incomunicación, o la angustia existencial –sin olvidar la injusticia– de los personajes que pueblan sus composiciones –elementos que transitan igualmente la voz del propio poeta– queda confirmado que los motivos del aislamiento y la soledad, la nostalgia de un tiempo pasado y un lugar, el sexo y la vida, son esenciales en la poética de Pavese. Con un tono sencillo, un verso generalmente largo y un estilo directo, sus poemas están fuertemente ligados a la vida cotidiana, a todas las incertidumbres y complejidades de la misma, sin renunciar a los instantes que la misma pueda ofrecer de transitorio goce y plenitud.
Comentario final: La edición efectuada por Visor de las Poesías completas de Pavese presenta relevantes deficiencias. Primero, no ofrece una versión bilingüe (el original no es un texto de complicada tipografía); en segundo lugar, el libro Trabajar cansa se presenta como una mera lista continua y descontextualizada de poemas mezclados sin atender a la clasificación original por secciones; y, por último, el libro carece de prólogo o presentación, notas explicativas, etc., donde aclarar, por ejemplo, por qué se ha escogido una edición –por muy hecha que esté por Italo Calvino– sin secciones y con más de cien poemas (cuando la de 1943 contaba con setenta). 

                                                                                              © Copyright Rafael González Serrano 

miércoles, 25 de enero de 2017

Alexander Blok: Versos de la bella dama

Alexander Blok nació en San Petersburgo en 1880 en el seno de una familia noble y culta. Inicia los estudios de Derecho, que luego abandonará para estudiar Filosofía e Historia. Se enamora de Liubov Mendeléyeva hija del célebre químico Mendeléyev (que investigó en la ley periódica de los elementos), y con ella se casa en 1903. Precisamente su poemario  Versos de la bella dama, de 1904, está dedicado a ella. Es autor de otros poemarios como La máscara nívea (1907), La ciudad (1908), Tierra en la nieve (1909) o Las horas nocturnas (1911). También es autor de obras teatrales como La desconocida (1906), La canción del destino (1908) o La rosa y la cruz (1913). Blok influirá en poetas como Ajmátova, Tsvetáieva, Mandelstam o Pasternak. Inicialmente apoyó la revolución –con su controvertido poema Los doce (1918) originó una gran polémica– para posteriormente renegar de ella. Muere en su ciudad natal en 1921.
Versos de la bella dama ha tenido varias ediciones. En la primera de 1904 constaba de noventa y tres poemas numerados y, sólo algunos, titulados, divididos en tres partes: Inmovilidad, Encrucijadas –en ocasiones, publicada como libro independiente– y Cuarto menguante. Tras su poemario Ante lucem y la colección poética Desde las dedicatorias, este libro culmina lo que sería su primer ciclo poético (otros posteriores serían el de Versos italianos o el de Carmen). En esta obra plasma varios temas fundamentales: el aspecto amoroso y la propia imagen del poeta en tanto que caballero servidor de su dama, el apocalipsis urbano, la desolación o el ocaso del ideal.
En la primera parte predomina la claridad, la blancura: “el horizonte está en llamas. La claridad es insoportable. / Espero en silencio, lleno de amor y angustia” (poema 2); “tú eres blanca, imperturbable en las profundidades” (poema 4). Porque, desde “los templos sombríos”, “espero a la Bella Dama”, la “solemne Esposa Eterna”; pues con su espera anhelante busca dar sentido a su existencia.  En el poema 7, Historia, declara: “Entre sueños de niebla, paso la noche / y la tímida juventud de incontables quimeras. / La aurora se acerca. Huyen las sombras. / Y Tú, Clara, brillante con el sol.” Presiente que ella llegará, transfigurándose.
Mas la espera se prolonga, se demora, mientras permanece en el mundo ideal e intemporal del caballero-poeta: “Espero una llamada, busco una respuesta, / mas el silencio de la tierra extrañamente se alarga” (poema 10). Y mientras tanto “la llama roja se apaga. / Inesperadamente llegan los sueños” (poema 21). En su abstracción renuncia al mundo, a los otros: “No iré al encuentro de la gente, / temo sus injurias y sus elogios”, afirmando que “iré a la fiesta del silencio”. Y en su poesía con voluntad de trascendencia –“espero la luz del universo” –, en su deseo de unión con el todo, rechaza lo mendaz: “Todo lo que respiraba mentira / retrocedió asustado” (poema 28). Al fin, escucha la voz iluminadora de esa mística esposa que le responde: “Te espero, amado mío, / soy tu prometida y será tu esposa eterna” (poema 48).
En la segunda parte aparece la ciudad de San Petersburgo. Es el lugar de los encuentros y distanciamientos amorosos; y también el símbolo de la sociedad real, con toda su modernidad, su carga de crudeza e, incluso, miserias. En el poema 50, Engaño, describe con repeticiones semánticas y paralelismos el espacio que va descubriendo: “Risa, chapoteos. Salpicaduras. Humo de fábricas”; o “La mañana. Nubecillas. Humo. Cubos tirados.” Son entonces las fábricas, las calles, las tabernas o, incluso, los prostíbulos los escenarios de sus versos: “Muros de fábricas, cristales de ventanas”; “en cada muchacha hay una pecadora; / en cada idea, una alcoba”; “las prostitutas contonean en la plaza / sus ardientes caderas” (poema 51).
La urbe va tomando un aspecto apocalíptico: “La eternidad derramó en la metrópolis / un crepúsculo de estaño. / El borde del cielo está deshilachado.”  Y en ese medio el poeta se ve como un “monje negro”, mas también como una figura burlesca, un arlequín (cita expresamente el nombre en el poema 61): “Yo llevaba un traje viejo, / blanco y rojo, y una máscara. / Reía y hacía muecas en las esquinas” (poema 59). Parece que el miedo acecha la cita y el desencuentro: “Me aterra verme contigo, / pero más me aterra no verte. / Todo me asombra, / en todo veo una señal” (poema 64), puesto que su tarea puede que no sea sino una imposición inalcanzable del destino: “Toda mi vida es un Mandato: / el Mandato de servir a la Inaccesible” (poema 72). Aunque también alienta la esperanza de la llegada salvadora: “Pero en el último día /… / Él, profeta sin ley, se levantará /…/ Entonces, entrará con forma de rostro  / en la casa vacía, / y en el espejo sin sombra / aparecerá la imagen del Llegado” (poema 69).
La tercera parte plasma el choque con la cruda realidad de la urbe: “Contemplé la ciega obra de los hombres”; “por doquier despertaban, gritaban, esperando a los mensajeros” [del apocalipsis]; y alguien “comprendió que oscurecía” (poema 76). Incluso se hace presente el derrumbe del ideal amoroso: “Iba corriendo y me caí, / cubierto de sangre rodé /…/ me pareció verte agonizante, / cubierta de sangre, como yo /…/ ¿Es que me he quedado solo?” (poema 77).
El poeta ofrece una visión oscura, nocturna, incluso macabra (abundan términos como “tumba”, “noche larga”, “palidez de nieve”, “monje triste y oscuro”). Predomina la presencia del sufrimiento: “De día nadie se apiada de mí; / de noche, me compadezco de mi dolor” (poema 86). O del mal que habita en su interior: “Sé que tú, Iluminada, no recuerdas el mal / que luchaba en mi / cuando… / te acercaste a mi abismo” (poema 90). ¿Quién le asistirá en ese tiempo del declive y el ocaso? “En la hora en que se embriagan los narcisos /…/ alguien se acerca y suspira junto a mí.” ¿Será Arlequín, o el tú de la amada, o una brisa? “Yo, payaso en la fulgurante rampa, / surjo por la escotilla abierta”; y se retuerce, gira, retumba, mientras su “dulce amiga” duerme “en el columpio de los sueños” (poema 92). Mas declara, al final, que “encontraremos un nuevo torbellino de visiones, / encontraremos la vida y la muerte” (poema 93).
Blok escribe este libro en su periodo simbolista. Por ello, construye el texto como una red de símbolos interconectados. Partiendo del fenómeno trata de acercarse a lo esencial, llegar a lo sublime mediante la belleza poética. Mas también asistimos en sus poemas a un combate lírico entre el Ideal y la fatalidad del Destino o el choque con la Realidad (primera parte frente a las otras dos). Por medio de la escritura libera su mundo interior y así surgen tanto paraísos ideales como visiones apocalípticas, destrucción y dolor. Los encuentros y alejamientos amorosos enmarcan un espacio dinámico y conflictivo que, junto a la confrontación con una realidad hostil, impulsan al poeta anhelante a intentar descifrar y comprender el misterio de la vida y la muerte.
                                                                                                     
                                                                                               © Copyright Rafael González Serrano 

martes, 29 de noviembre de 2016

Thomas Stearns Eliot: La tierra baldía

Thomas Stearns Eliot nació en Saint Louis, Missouri, en 1888. La primera educación la recibió en Saint Louis, pero luego ingresó en la universidad de Harvard en Boston, donde estudia griego, literatura inglesa, historia medieval, arte y filosofía. Viaja a Paris, donde conocerá a Henri Bergson y a Charles Maurras. Obtiene una beca para estudiar en Alemania, pero ahí le sorprende la guerra y se traslada a Londres en 1914.
Instalado en Londres, pronto conoce a Ezra Pound que le introducirá en el mundillo literario inglés. Para mantenerse, en 1915 da clases de francés, alemán e historia. Contrae matrimonio con una incipiente bailarina, Vivien Haigh-Wood. En 1917 entra a trabajar en el banco Lloyd’s; años más tarde, en 1925, aceptará el puesto de director de una editorial, la que posteriormente sería Faber and Faber.
Colaborador habitual de la revista The Egoist, en 1917 publicó su primer poemario, Prufrock y otras observaciones. En 1920 aparece un nuevo libro de poemas, Poems, y también en este año publica el libro de ensayos críticos El bosque sagrado. El año 1922 funda la que sería una influyente revista, The Criterion. Y ese mismo año se editará, ya en libro, su gran poema La tierra baldía. En 1927 se nacionaliza británico y se convierte al anglicanismo. Continúa con su labor ensayística en Para Lancelot Andrews de 1928.
En 1943 ven la luz los poemas de Cuatro cuartetos que, junto con La tierra baldía, constituyen su cima lírica. El reconocimiento a su labor literaria le llega en 1948 con la concesión del Premio Nobel así como con la Orden del Mérito del Reino Unido. A partir de aquí irán apareciendo obras de teatro como El cóctel (1949) o El secretario particular (1953); o múltiples libros de ensayos como Sobre poesía y poetas (1957) o Criticar al crítico (1961). En 1957 se casa por segunda vez con su secretaria, Valerie Fletcher. Fallece en Londres en 1965 debido a un enfisema pulmonar. 
La tierra baldía, la tierra yerma, es el mundo inhóspito y decadente en el que Eliot sitúa su poema (no hay que olvidarse de cuándo esta escrito: periodo de entreguerras, tras el desastre de la Gran Guerra). La vida del hombre carece de sentido, se ha perdido la finalidad trascendente (él mismo dice que los dioses son ya sólo la Usura, la Lujuria y el Poder). Los seres pululan abandonados, ejecutando actos mecánicos, vagando por las calles ruinosas –ese Londres descrito tan minuciosamente– de un mundo que se derrumba.
Las referencias culturales son prolijas, no por vano culturalismo sino por reflejar cuáles son los referentes múltiples, de origen diverso, complejos, más que de una civilización casi cabría decir que de buena parte de la historia del hombre. Así lo mismo utiliza el ciclo artúrico pagano que la religiosidad cristiana, la mitología clásica que el misticismo oriental; o emplea citas de Ovidio o Dante, de Shakespeare o Baudelaire, de San Agustín o Buda; o acude a los estudios de Frazer o Weston. La complejidad existencial se traslada al texto haciendo que introduzca citas en alemán, francés, italiano en un empeño totalizador.   

lunes, 24 de octubre de 2016

Giorgio Bassani: Epitafio

Giorgio Bassani nace en Bolonia en 1916. Aunque era más célebre como narrador debido a los relatos de Cinco historias de Ferrara (1956), o a la novela El jardín de los Finzi-Contini (1962), fue también un notable poeta. Ya había publicado poemarios como Historias de los pobres amantes (1944) o Te lucis ante (1947), cuando se editó en 1972 Epitafio. Otras obras suyas en prosa fueron Detrás de la puerta (1964), La garza (1968) o El olor del heno (1972), pertenecientes al ciclo de las novelas de Ferrara; y en verso, Con rima y sin ella (1982), donde reunió todos sus libros de poemas publicados. Además, en 1984 recopila todos sus ensayos y textos críticos en el volumen Más allá del corazón. Muere en Roma en el año 2000.
A pesar de su actividad como narrador, Bassani reclamó para sí mismo en múltiples ocasiones la condición de poeta: “¿Quién era yo después de todo?… Un poeta.” “Yo nunca podría haber escrito nada si antes no hubiera escrito Te lucis ante. En cierto sentido, este es mi libro más importante.” Epitafio está compuesto simultáneamente a los grandes títulos de de su ciclo La novela de Ferrara. Puede decirse, en consecuencia, que prosa y poesía se alimentan recíprocamente; de esta forma, la práctica poética le proporciona el dominio del vocabulario, la habilidad metafórica y la facultad imaginativa a la hora de construir sus historias.
Epitafio está compuesto por sesenta y seis poemas. Todos dispuestos gráficamente por medio de una justificación centrada, lo que ofrece una simetría, más visual que métrica o rítmica, respecto a un hipotético eje central. Representación óptica –que nada tiene que ver con el caligrama, como equívocamente se ha apuntado– sino más bien con una concepción personal de la poesía plasmada en una figura armónica y equilibrada, como de poema perfectamente esculpido, tal que si fuera la inscripción de una lápida funeraria (a fin de cuentas, su título ya es muy revelador: “epitafio”). Formalmente asemeja, pues, a una forma epigráfica.
Hay una gran variedad de temas en las composiciones de Bassani, desde los políticos a los existenciales, desde los morales a los cotidianos, pero, sobre todo, es fundamental el amoroso, tratado desde varias perspectivas. El humor no deja de estar presente en sus poemas, como cuando se burla de los críticos: “Con mucho gusto te daría / querido una patada en el / culo // Pero ¿acaso / te / dolería?” (A un crítico); o cuando plasma, con obvio sarcasmo, la transformación de los antiguos fascistas en ciudadanos respetables: “Los ex fascistones de Ferrara / envejecen / algunos / de los que en 1939 / aparentaban no reconocerme / cruzan me echan los brazos al cuello... / proponen... / el ágape casero”, para así poder “conocer de una vez por todas / al compañero de escuela... / al gran / novelista...” (Los ex fascistones de Ferrara).
Los lugares del pasado, el tiempo ido, el recuerdo de ellos, están también presentes en sus versos. En Rolls Royce rememora en un viaje en coche su antigua ciudad, reconociendo viejos lugares, reviviendo pasadas experiencias o a él mismo en su niñez, y al recordar ese pasado “me hubiera gustado gritar alto”, pero el Rolls “volaba ya por anchas calles desiertas”. También, aunque íntimamente ligado con el asunto amoroso, en Los mayores, hace un repaso –con cierta ironía, mas también con nostalgia– de buena parte de su familia, tanto de los aún vivos como de los “desaparecidos hace varios decenios”.  
La existencia ligada al transcurso del tiempo inexorable se refleja en poemas como Isla Bisentina: si una voz ajena le asegura que “para morir / en el fondo siempre hay tiempo”, él lo cuestiona: “y si de verdad lo hay / siempre / entonces ¿cuánto / hay?” En Las leyes raciales, en referencia a las promulgadas en 1939 contra los judíos –y él y su familia lo eran–, la magnolia constituye un símbolo de la superación en el tiempo de los designios políticos, mas también de la incertidumbre de su crecimiento, “como quien de improviso no sabe llegado / al término de un viaje larguísimo / qué camino seguir qué / hacer”. La vida y la muerte se hallan ciertamente presentes en poemas como Carta donde, ante la vista del cadáver de un suicida con quien ha hablado la noche anterior –cuerpo con quien se identifica– se interpela “¿no eras tú pues / alma mía  / la que ya me recordabas?”
Sobre el sentido de la escritura y su relación con la vida escribe también algunos textos. Como en el poema En broma y por juego, donde elabora una especie de irónica poética: “Yo estas poesías he empezado a escribirlas / por puro juego sólo para mí / desde el principio he juntado sílabas siempre he jugado ya distante / con mi sangre y con mi semen”. O cuando se cuestiona si la constante dedicación poética –o a la creación literaria– no dilapida, por otro lado, la existencia: “Era a la Poesía a la que aspirabas con / P mayúscula y todo y a ella / sólo //  ¿Tu vida? Esa también tú te / la has bebido” (En memoria).
Pero los poemas amorosos predominan en el conjunto del libro. Unos plasman el desencanto, el acabamiento; mientras que otros son un gozoso canto esperanzado. En el poema A una amiga expresa con crudo cinismo el total vacío, la nada más elocuente, tras el momento posterior a una relación sexual: “Me decías / tendida cuan larga eres /... / que soy un egoísta egocéntrico /... / que conmigo so se puede hablar /... / De acuerdo querida pero perdona / ¿cómo / podría ser de otro modo?” Y la consunción del amor protagoniza No no echaré: “No no echaré nueva leña / al fuego dejemos / que la leña que ya hay se consuma poco a poco / que la llama se transforme poco a poco en brasa /... / y tú y yo callados /... / mirando / apagarse al final también, esa”.
En La Porta Rosa, rememora el lugar donde se establecieron los antiguos aristócratas griegos –alejados de los plebeyos aborígenes–, y bajo ella, el poeta está en disposición de transitar hacia la fusión con la amada, pues en esa puerta es “donde soy joven y bello y puro / aún / ahí el dueño y señor exclusivo para siempre el único / Rey”. Una hoja de periódico baila en Vals hasta convertirse en “fango informe”; imagen del invierno rápido –contrario al largo que iba desde el niño al hombre–, y tras el cual seguirá la primavera donde se encuentra ella, a quien le susurraba “no temas  si tanto has / amado de nuevo y más aún en breve / amarás”. Y en el ya mencionado Los mayores. al hilo de esa especie de ajuste de cuentas familiar –a la par que recordatorio nostálgico de las etapas de su vida–, al lado del cuerpo yacente de la amada, a punto de vencerse al sueño, lo que realmente desea es “volver a tenerte a ti ante / los ojos y a ti sola que respiras en paz ahí / al lado”.
Bastantes poemas llevan por título el del primer verso; también todos carecen de signos de puntuación –puntos, comas–, marcando la separación entre estrofas por dobles espacios o inicios en mayúscula. El lenguaje es abierto, directo, franco, incluso puede resultar en ocasiones crudo u ordinario; claramente entendible sin necesidad de acudir a claves para explicitar un sentido críptico. De esta forma, sus poemas resultan un tanto duros –sin carecer por ello de persuasión lírica–. Su poesía es voluntariamente prosaica, libre de adornos barrocos al eliminar todo elemento superfluo (incluyendo, como se ha dicho, la puntuación, o empleando sólo la adjetivación precisa), originando así unos textos que, por fragmentarios que sean, no dejan de ofrecer una unicidad creativa que plasma la  concepción personal de Bassani tanto de la existencia como de su propia producción literaria.   

 © Copyright Rafael González Serrano

martes, 27 de septiembre de 2016

Sobre contadores, mapas y banderas

–¡Caramba! ¡Cómo me has dejado el cuerpo!
–A qué te refieres.
–Pues a que me has llenado de todo tipo de ¿gadgets, se dice?
–¡Ah! Te refieres a los contadores.
–Sí; y de todo tipo.
–¿Y te quejas ahora? Si ya llevas varios meses con ellos encima.
–Cuando tengo oportunidad de que mis reclamaciones salgan a la luz. O sea, ahora con esta entrada.
–Bueno; quise probar varios productos que ofrecían la posibilidad de informarme de las visitas que recibía; perdón, que recibimos. 
 –¿No era suficiente ya con mis propios intestinos?
–Sí, ya sé que dispones de un sistema interno para contar las visitas.
–Y, ¿entonces?
–Ya te digo que quería ver otras opciones.
–Y, ¿te ha servido de algo?
–Pues…
–¡Huy! Cuando tú mismo dudas.
–Es que, efectivamente, hay muchas y significativas diferencias de una herramienta a otra.
–Como cuáles.
–En lo cuantitativo. Mientras que el primer contador de visitas que había –el más sencillo– marca una cifra, el nuevo que incorporé da otra.
–Yo también tengo un contador interno, ¿también difieren con el mío?
–Sí, ya sé que lo tienes. Pues mientras que entre el tuyo y el más antiguo la diferencia es inapreciable, con el nuevo el décalage es mucho mayor.
–Vamos, el desfase o la diferencia, no me seas pedante.
–Como quieras. Pero, efectivamente, en la actualidad hay cerca de ochocientas visitas de desajuste. Coincidieron en los 53543, pero luego el goecontador –que así se llama– siempre ha ido marcando menos.
–Y no contento con el geocontador, encima, me metes un contador de banderas y otro de mapa de visitas.
–Sí, para que hubiera de todo. Pero también hay diferencias significativas.
–¿También hay gaps, por seguir políglotas?
–No sólo eso. Por ejemplo, ambos captan que hay una entrada nueva: algo exótica –de Benin o Singapur– pero no las que en tus tripas aparecen de China o Ucrania, bastante más normales, ¿no? Incluso, había veces que no registraban entradas de Rusia, cuantiosas en tu interior.
–No será que no registran lo que no consideran visitas reales: las que son fruto de robots, las debidas a los programas llamados bots.      
–¡Anda! ¿Y tú como sabes eso?
–Porque para algo mis tripas son informáticas.
–Pues precisamente es en tus “tripas” donde había, a lo mejor, cien visitas de China, o doscientas de Rusia, y no aparecían en los nuevos contadores. Así que es a ti a quien le cuelan un montón de visitas falsas.
–Yo no puedo hacer nada; habría que preguntarle a Blogger qué hace para defenderme; si es que hace algo.
–Lo que no comprendo es la intencionalidad de esas visitas masivas. Porque ni me van a sacar los cuartos, ni a promocionarme ningún producto; y no les voy a hacer ni caso.
–En realidad ni siquiera son visitas, porque no registran entradas: se meten en la página principal pero no para ver un post, sino que provienen de una serie de webs a las que le interesa referenciarse.
–Pues ni caso. Oye, ¿y tú cómo sabes todo esto que me estás contando?
–Porque ya te digo que estoy un poco al tanto de este mundillo, y no como tú que con tus “cultas” entradas ya tienes bastante; vives en tus “profundas lecturas” e ignoras toda esta realidad más prosaica.
–Gracias por la ironía, pero también –debido a esos denostados contadores– de algo me voy enterando.
–Aunque tanto instrumento me parece que te sirve más bien para liarte.
–No; no te creas. Al hilo de lo que hablamos voy cayendo en la cuenta de que sí hay alguna herramienta que sirve para informarme no sólo del lugar, la hora, sino también si de verdad visita una entrada concreta. Lo de las estadísticas, es lo de menos: ¡qué más da diez que cien!
–Pues, hala, a disfrutar de los gadgets; y espero que, aunque despacito, vayas aprendiendo algunas cositas de este medio.
–¡Huy! Y, con tu inestimable ayuda, sabré más; sin duda.
–Menos guasita, ¿eh?
–Hala; hasta otra, mi querido y suspicaz compañero.  

Mapa de visitas mensuales

Me gustan (sin prioridad)

  • Thomas Mann, La montaña mágica
  • Louis Ferdinand Celine, Viaje al fin de la noche
  • Giuseppe Arcimboldo, Las estaciones, Los elementos
  • Arnold Schönberg, Peleas y Melisenda
  • Luis Cernuda, La realidad y el deseo
  • Chocolate Watchband, The inner mystique
  • William Faulkner, El ruido y la furia
  • Edgar Lee Masters, Antología de Spoon River
  • Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares
  • Starwberry Alarm Clock, Incense and peppermints
  • William Shakespeare, Hamlet, Macbeth
  • Vincenzo Bellini, Norma
  • Eugène Ionesco, El rinoceronte
  • Samuel Beckett, Esperando a Godot
  • Friedrich Nietzsche, El origen de la tragedia
  • Franz Kafka, El castillo, El proceso
  • Laurence Sterne, Tristram Sandy
  • Arthur Honegger, Pacific 231, Sinfoná litúrgica
  • Erick Satie, Gymnopédies
  • Sylvia Plath, Ariel
  • Odisseas Elytis, Es digno
  • Rainer Maria Rilke, Elegías de Duino
  • San Juan de la Cruz, Cántico espiritual
  • Love, Forever changes
  • James Joyce, Ulises
  • John Dos Passos, Manhattan transfer
  • Alban Berg, Lulú
  • Francisco de Quevedo, Poesía, Los sueños
  • Jorge Luis Borges, Ficciones, El otro, el mismo
  • Béla Bartok, Música para cuerda, percusión y celesta
  • Left Banke, Walk away Renee
  • Maurits Cornelis Escher, Relatividad, Reptiles, Mano con esfera
  • Harpers Bizarre, Feeling groovy
  • Hieronymus Boch, El jardín de las delicias
  • Ezra Pound, Cantos pisanos
  • Paul Celan, Amapola y memoria
  • Flamin' Groovies, Teenage head
  • Carl Off, Carmina burana
  • Nelly Shacs, Viaje a la transparencia
  • Beau Brummels, Triangle
  • Claude Debussy, Preludio a la siesta de un fauno
  • Paul Valéry, El cementerio marino
  • Thomas Stearn Eliot, La tierra baldía
  • Janis Joplin, Pearl
  • Anna Ajmátova, Requiem
  • Fernando Pessoa, Libro del desasosiego,
  • Doors, L.A. woman
  • Agustín García Calvo, Sermon de ser y no ser
  • Igor Stravinsky, La consagración de la primavera
  • Eduardo Mallea, El vínculo
  • Rafael Sánchez Ferlosio, Alfanhui
  • Pedro Salinas, La voz a tí debida