martes, 12 de julio de 2016

Robert Frost: Al norte de Boston


Robert Frost nace en San Francisco en 1874. Estudió dos años en Harvard pero no se graduó. Tras desempeñar diversos oficios, se dedicará a la literatura. Al norte de Boston es el segundo libro de poemas publicado, en 1914, durante su estancia en Inglaterra. De regreso a Estados Unidos, alcanzará un notorio éxito, impartiendo durante años clases en varias universidades y obteniendo diversas distinciones, como el premio Pulitzer de poesía o la Medalla de Oro del Congreso. Entre su amplia producción cabe mencionar títulos como Intervalos en la montaña (1916), New Hampshire (1923), El arroyo que fluye al oeste (1928), Una cordillera lejana (1936), El árbol testigo (1942), La máscara de la razón (teatro, 1945) o En el calvero (1962). Morirá en Boston en 1963.
El libro está compuesto por dieciséis largos poemas (salvo los dos últimos), de carácter narrativo, donde se incluyen extensos diálogos, monólogos dramáticos y descripciones. El origen de su redacción data de su estancia en una granja que adquirió en Dewy, Nueva Inglaterra. La observación de sus vecinos le sirve de referente a la hora de crear los personajes que aparecen en estos poemas, enfrentados a una dura lucha con el clima y la tierra.
Hay diversas oposiciones en su obra, como la que enfrenta a individuos, o a individuos con la colectividad, a lo rural con lo urbano, al hombre con la naturaleza o a la tradición con el progreso. En Cerca en reparación aparecen esas barreras –tanto físicas como lingüísticas– que separan a los individuos: “Hay algo que se opone a que una cerca exista, / que hincha la tierra helada y la socava”. A pesar de esa oposición de la naturaleza, los hombres se empeñan en levantarla –“y volvemos a alzar la cerca entre nosotros” –; pues el vecino afirma que “buenas cercas hacen buenos vecinos”.
La presencia de personajes derrotados simboliza la extinción de un sistema de valores. Eso ocurre con el desempleado de La muerte del jornalero, donde el antiguo jornalero retorna a la granja de donde se fue –“sin nada en el ayer que mirar con orgullo, / sin nada en el mañana que ver con esperanza” –, para solicitar un trabajo, aunque lo que encontrará en su regreso será la muerte. En El egoísta, un accidentado aceptará resignado la escasa indemnización que le ofrece la empresa, pese al consejo en contra de un amigo.  
La incomunicación entre las personas debido, en buena medida, a las diversas formas de usar el lenguaje o a las distintas maneras de entender los mismos acontecimientos se hallan en otros poemas. En Entierro en el hogar un matrimonio contempla desde su casa el cementerio donde se encuentra enterrado su hijo muerto. Él la interpela si “no puede un hombre hablar de su hijo que ha muerto”, a lo que le responde que “no puedes porque no tienes palabras. / Si tuvieras al menos sentimientos, tú que cavaste / con tus propias manos su pequeña fosa”. En este poema Frost está también contraponiendo la visión ante un drama de mujer y hombre. Y en El código muestra como una frase dicha por un granjero –“que pusiéramos más esmero”– es interpretada por un bracero como una auténtica ofensa.
En Cien cuellos de camisa dos personajes coinciden durante una noche en la misma habitación de un hotel: un profesor y un recaudador de suscripciones. Este último, en una charla un tanto absurda (Frost no olvida el uso del humor en determinados poemas) le promete regalarle cien cuellos de camisa que no le sirven. En este poema también el autor explora la posibilidad de que se levanten de nuevo barreras entre los individuos, y de que los valores democráticos hayan degenerado en intereses partidistas. Sin embargo, en La casita negra aboga por el abolicionismo y la igualdad racial.
Las generaciones de los hombres y El ama de casa –los dos poemas más extensos del libro– representan sentidos completamente contrapuestos. En el primero presenta un encuentro esperanzado entre dos jóvenes que exploran, a lo largo de generaciones, esa cita forjada por el destino (en juego hablan de un hipotético origen común en el apellido Stark). Mientras que en el segundo lo que se plantea es un desencuentro, una relación condenada a la separación. El motivo de una mujer frustrada se halla asimismo en Servidora de servidores. Ella lo que necesita es “descansar de preparar comidas para gañanes hambrientos”. Porque su horizonte es esa ventana desde donde observa “todas las tormentas [que] se nos vienen hacia la casa”. Pero, aunque desearía escapar de ese entorno asfixiante, reconoce que “no tengo valor para exponerme a un riesgo así”, y echaría en falta en esa hipotética huida “un buen tejado que me diese cobijo”.
En poemas como Arándanos o El miedo Frost analiza la trasgresión de lo cotidiano: bien sea no aceptando que unos frutos donde “el azul es un vaho del hálito del viento” no sean de todos, bien mediante el terror que inspira lo desconocido, ruptura de la normalidad que sufre un matrimonio de granjeros al sentirse acechados por un supuesto peligro externo.  Y la disyuntiva entre retroceder o avanzar, entre “voy a volverme desde aquí”, o “seguiré adelante… y ya veremos”, en definitiva, sobre qué opción tomar en la vida se plantea en El montón de leña,  aunque ese haz esté condenado a calentar el cenagal helado “con la morosa combustión sin humo de las decadencias”.
Se ha interpretado el título del libro como una evidente ironía de su autor: la economía capitalista invasora avanza –Al norte de Boston– amenazando a una cultura agrícola. Frost reproduce el conflicto entre lo tradicional y el progreso, entre lo viejo y lo nuevo; confrontación entre la riqueza urbana y el yerto vacío que se encuentra al norte. Buena parte de los poemas contienen esa oposición entre lo rural y lo urbano, y poseen una dimensión simbólica al representar diversos aspectos del mundo agrario de Nueva Inglaterra. Los personajes muestran su subjetividad a través de sus propias reflexiones y percepciones de la realidad, y el poeta acude a la lengua de los lugareños para dar forma a una voz poética que transmita ese mundo a los habitantes de la ciudad.
En este poemario Frost explora las preguntas fundamentales de la vida, a la par que enfrenta al individuo con la soledad de esa existencia. De ese modo, Al norte de Boston plasma esa difícil y complicada lucha del hombre en un medio rural –con una naturaleza hostil para él–, si bien que éste debe tanto enfrentarse a ella como sentirse en comunión a través de ese contacto; y reaccionar, sobreponerse, en definitiva, actuar, ante los procesos de la propia naturaleza.  Y si detrás de esos procesos se esconde algún riesgo inminente, al enfrentarlos, el hombre –y Frost por medio de su creación poética– intenta descifrar el misterio de los mismos.

© Copyright Rafael González Serrano

jueves, 23 de junio de 2016

José Luis Zerón Huguet: De exilios y moradas


Nuevo libro de José Luis Zerón, De exilios y moradas, y nueva apuesta por una poesía iluminativa y totalizadora. Ya el título nos remite a una especie de tratado por ese “de” inicial (y no sólo con resonancia medievales, como apunta el prologuista, sino también clásicas: baste recordar, por ejemplo, el De rerum natura). El “exilio” y la “morada” como elementos contrapuestos pero necesariamente complementarios. Se enmarca así el texto entre  el alejamiento obligado o voluntario de la propia morada (sea simbólico o fáctico), y la residencia íntima y continuada en ese lugar habido por propio.
En el libro habitan resonancias místicas y teresianas (esas moradas a través de las cuales se aspira a la comunión con el Uno). Sí, puede que un misticismo laico –valga el oxímoron–  como se encarga el autor de manifestar en la apelación que es la Oración a Juan de la Cruz (elidido el San), donde, en anafórica pregunta, insta al poeta abulense para que le de las claves de lo que reside “más allá de la espesura”.
El poemario se articula en cuatro partes y un proemio. In límine, la figura terrible de Moloch, dios sediento de sangre al que los judíos y púnicos (Cartago), ofrecían en sacrificio, el tofet, a los niños recién nacidos para aplacar su ira: “Todavía su violencia / nos exige sacrificios / y nos abandona / hundidos en el vértigo / que la sangre alimenta.” Porque el dolor también nos constituye –de ahí, el referente–, y por ello nos obstinamos en permanecer en el umbral de la herida, “esclavos e insumisos / del olvido y la memoria”, doble y nueva asociación de contarios.
El tema del exilio aparece ejemplarizado en diversos poemas con obvios protagonistas: Prometeo, exiliado en el Mar Negro, sometido a la incesante tortura del “ángel-águila” devorándole las entrañas, lamentándose de ese eterno retorno, de la repetición de su condena (Prometeo encadenado); o las Danaides –hijas del exiliado Dánao en Argos– penadas a llenar un barril sin fondo: “sed de ocasos / nunca saciada.” O, incluso, en el hijo pródigo, como símbolo también del viaje y, por tanto, del exilio, aunque ese fugitivo sepa “que no hay huida posible”, y tenga que retornar habiéndolo perdido todo en los caminos.
El poeta nos confronta con el “ruido del mundo”. En La danza de Shiva (dios hindú de la destrucción y, precisamente por ello, de la transformación), son de nuevo los contarios los que se armonizan: “No hay quietud sin movimiento, / ni silencio sin alboroto.”  Esa inseguridad del ámbito externo donde nos afanamos es la que genera el abismo que amenaza con devorarnos: “No hay lugar seguro / ni centro, sólo fauces” (Aún somos). Y en una enumeración que conduce al acabamiento, se intuye lo terriblemente ineludible: “Presientes la llama, la brasa, la ceniza” (Alto voltaje).
La perdurabilidad transita los poemas de la sección Le dur désir de durer. Es el ansia de trascenderse aún a sabiendas de su inviabilidad. O de participar en la génesis de un espacio propio: “Busco un lugar donde vivir en la negación de las respuestas” (De noche), pues aunque haya una búsqueda de respuestas ante los enigmas, refutarlas es la única estrategia para no caer en la complacencia. Otra táctica sería experimentar la confluencia con todo lo que es y lo que no es: “Hoy existo en todo lo que existe / y muero en todo lo que muere” (Ubicuo). Pero la apuesta por la Vida es tan arriesgada como concluyente e inefable en su manifestación: “Cualquier nombre resulta inexacto / para definir aquello que nos acaricia / mientras nos destruye.”  
El hallazgo y la pérdida, que son en definitiva las guías sobre los que se desliza el sentimiento amoroso, hallan también su “morada” en estos versos. De ahí que el poeta explore el amor y su posibilidad, la compleja conflictividad entre la presencia y la ausencia. Muestra de ello son varios extensos poemas de tono elegiaco. Y de pérdida trata el poema sobre Orfeo, aunque la palabra cumpla aquí la misión de restituir esa pérdida: “puedo darle ser en el ser de la palabra” (El desconsuelo de Orfeo).
Porque precisamente en la palabra reside tanto la salvación como el peligro. Está la necesidad de decir, de nombrar lo que se fuga: “Déjate nombrar, /... / palabra no dicha”, y así buscar el significado –“dale un sentido a mi afán estéril”–, pues intuimos que hay un más allá del lenguaje, la condición última de la realidad más radical. El no-decir remite a lo inexplicable, no ya sólo racionalmente sino incluso metafóricamente, lo misterioso –o numinoso– que quizá sólo habite en el silencio.
Pero la exploración del lenguaje es una posibilidad, un envite en el arriesgado juego de la vida. De aquí que José Luis Zerón escoja muy a conciencia los términos que desafíen al abismo de la página en blanco mediante el uso de un lenguaje sustantivo y esencial (“vida”, “luz”, “ruina”, “llama”, “duda”, “tiempo”, “muerte”, “mundo”, sueño”, “miedo”, “anhelo”...), lejos de vencidas expresiones de un presente ruinoso, o trivialidades con la espuria vocación de vanas provocaciones. Y a la par que el decir, el mirar aliado; el mirar el mundo con el lenguaje de la intensidad (Miro el mundo). Porque el decir, el nombrar, el ponerle palabra a lo indefinible, responde a esa necesidad de “conjurar a la muerte”.

lunes, 23 de mayo de 2016

Rafael González Serrano: Leves alas al vuelo (Antología y 3)



                                                                    XXVI
                                                             Llegar tarde a
                                                             la cita con la muerte:
                                                             ardid inútil.

                                                                   XXXII
                                                             Fulge la brasa
                                                             del mañana soñando
                                                             llamas de ayer.

                                                                    XLIV
                                                             La hiedra abraza
                                                             estatuas buscando su
                                                             latir interno.

                                                                 LXXVIII
                                                             Pentagramas de
                                                             nieve cobijan notas
                                                             de sal helada.

                                                                    CX
                                                             La sal, el hielo,
                                                             el silencio, abrasan
                                                             mapas de venas.



                                                     Se fueron los ríos del día,
                                                     por los cauces de la sospecha.

                                                     Un almanaque de palabras
                                                     rememora nuestros errores.

                                                     El alma es un cruce de caminos:
                                                     entre la huida y el desencuentro.


                                           Planetas grávidos
                                                             de lejanía
                                                             en las entrañas,
                                                             océanos divididos
                                                             por el hemisferio
                                                             de la huida,
                                                             ciudades vertidas
                                                             en el vientre
                                                             de los dioses,
                                                             calles entregadas
                                                             a las prisas
                                                             de los rostros,
                                                             huellas olvidadas
                                                             en la espalda
                                                             de un segmento.
                                                             Ir hacia
                                                             lo minúsculo,
                                                             lo inapreciable:
                                                                                      la nada.


Cuando queremos lo que podemos, entonces nuestro deseo construye una tupida red de fantasías donde quedar atrapados.

Quien no tiene momentos de piedad está expuesto a caer en los pantanos de la conmiseración.

Importa lo que hace que uno se note solo, despojado del abrigo confortable de la identidad y de la protección segura del personaje.

No creer es inevitable consecuencia de una razón implacable; vivir es fruto de un impulso siempre desconocido. 

jueves, 14 de abril de 2016

Valery Larbaud: Poesía de A.O. Barnabooth


Nace Valery Larbaud en Vichy en 1881. Hijo de una acomodada familia, se licenció en Letras. Viajó por Europa, y en 1908 publica su primera obra Poèmes d’un riche amateur, atribuyéndosela a A. O. Barnabooth. Archibald Olson Barnabooth sería un poeta nacido en Campamento, provincia de Arequipa, pero apátrida, inmensamente rico y viajero empedernido. Este personaje fue uno de los heterónimos utilizados por Larbaud. En 1913 publica A. O. Barnabooth. Otras obras publicadas fueron la novela Fermina Márquez (1911), los relatos de Amantes, felices amantes (1921) o Este vicio impune, la lectura (1925). Tradujo del inglés y del español. Aquejado en 1935 de una hemiplejia, que le impide incluso hablar, queda recluido en su casa de Vichy, donde fallecerá en 1957.
La Obra completa de A. O. Barnabooth consta del cuento El pobre camisero, de las Poesías y del Diario íntimo. Las tres secciones están íntimamente relacionadas pero, por razones obvias, nos centraremos en los Poemas. También en ellos, Larbaud realiza un doble juego de ficción. No sólo ha creado al personaje de Barnabooth sino que también el editor del libro es ficticio, Xavier Maxence Tournier de Zamble, y a él dedica y envía la segunda parte de sus composiciones Barnabboth (aparecido ya en 1908, es decir, con varios años de adelanto al Álvaro de Campos de Pessoa). Los Poemas están divididos en dos partes: la primera consta de varios poemas, Los borborigmos, y la segunda es una extensa composición dividida en once poemas, titulada Europa.
Los borborigmos es el título irónico que utiliza Larbaud para la primera sección del libro, y ya en el poema Prólogo los define: “¡Borborigmos!, ¡borborigmos!... / Gruñidos sordos del estómago y de las entrañas, / lamentos de la carne modificada sin descanso, / voces, cuchicheos orgánicos irreprimibles, / voz, la única voz humana que no miente, / e incluso persiste algún tiempo después de la muerte fisiológica / … / ¿Existirá también en los órganos del pensamiento, / inaudibles por el grosor de la cavidad craneana? / Al menos, he aquí unos poemas a su imagen…”
A pasar de su singularidad, el protagonista de los versos siente una identificación, no exenta de cierto distanciamiento, con respecto a los otros: “He andado ente la masa con delicia, / pues yo mismo y mis deseos somos masa. / … / Y si en algo, ¡ay!, me distingo de vosotros / es porque veo, / … / infamada, ignorada, proscrita, / diez veces misteriosa, / la Belleza Invisible” (Lo innombrable). Plasma así esa antítesis entre pertenecer a la élite pero también sentirse pueblo. Y en El don de sí mismo, quiere ofrecerse a los demás, aunque es consciente de estar abocado a la absoluta soledad: “Tomad cuanto soy: el sentido de estos poemas, / no la letra, sino lo que aparece a mi pesar a su través”, aunque “adonde quiera que yo vaya /… / me encontraré siempre /… / el incolmable Vacío, / la inconquistable Nada.”
Existe una constante reivindicación de la cultura y de la ciudad, siendo está el culmen de esa cultura occidental, permitiéndose incluso despreciar lo natural: “Desprecio los países coloniales, dueños sólo / de la maravilla de su naturaleza, que no han sabido / ni tan siquiera procurarse un Teócrito. / Me asquean los días pasados en hamacas, / con ropa de lino, en ciudades sin tiendas; / me asquean la caza de fieras salvajes, los regios / palacios de la India y las ciudadelas de Australasia, / donde no hacía más que pensar en ti, en ti, Europa. / ¡Porque en ti, ente la niebla, viven las bibliotecas!”
Todos los elementos de la civilización se hallan presentes: ciudades, puertos, transatlánticos, trenes, los objetos exquisitos y los refinamientos culturales. Ya, desde el inicio dedica una oda –precisamente su poema Oda– al tren (de lujo que recorre Europa): “¡Préstame tu ruido inmenso, tu inmensa marcha tan dulce, / tu deslizar nocturno por Europa iluminada, / oh tren de lujo! / … / prestadme , oh Orient Express, Sud-Brenner-Bahn, prestadme / vuestros milagrosos ruidos sordos, / y vuestras vibrantes voces de reclamo.” También dedica, en el poema I de la sección Europa,  un canto al faro que ve en la aproximación del transatlántico a la costa: “Gira su cabeza de fuego en la noche, gigante derviche, / y con su vértigo luminoso / alumbra los senderos del campo, los setos en flor, las chozas…” Y en el III, es Europa en todos sus aspectos la protagonista: “¡Europa!, satisfaces los apetitos ilimitados / del saber, y los apetitos de la carne, / y los del estómago, y los apetitos / indecibles y más que imperiosos de los Poetas, / y todo el orgullo del Infierno.”
El libro es una nostálgica evocación de Europa, la de el rico heredero Barnabooth, que mira a Europa como un extranjero que la ha hecho suya, lo mismo que ha hecho propios a esos objetos, por lo general lujosos, que se presentan como los asideros de la memoria, si bien que a la par son un testigo del paso ineludible del tiempo. Mas ese personaje ficticio, como americano que es, conoce las grandes extensiones: “En Colombo o en Nagasaki yo leo los Baedekers / de Austria-Hungría o de España y Portugal; / … / ¡Y vosotros, puertos de Istria y de Croacia, / orillas dálmatas, verde y gris y blanco puro!”
Porque en los versos de Larbaud hay una clara manifestación de su búsqueda de lo absoluto, espacial y temporal. Aunque en el citado poema III de Europa insista en que: “para mí, Europa es igual a una sola ciudad inmensa / llena de provisiones y de placeres urbanos, / y el resto del mundo / me parece campo abierto por el que corro, / sin sombrero, contra el aire, lanzando gritos salvajes”; y, aunque en Mi musa afirme que “canto lo que es Europa, sus teatros, sus ferrocarriles, sus constelaciones de ciudades”, también confiesa: “¡Versos míos, dorados versos, poseéis la fuerza / y el ímpetu del paisaje y del bestiario tropicales, / la absoluta majestad de las montañas nativas, / los cuernos del bisonte, las alas del cóndor!” Reconoce también que sólo los grandes espacios puedes saciar esa sed de absoluto.
El hombre rico que era el autor, culto y exquisito, recluido en sus posesiones, da vida a un alter ego (si cabe, muchísimo más rico). Confiesa que por su abundancia de medios le está vedado el Mal –tanto como el ser considerado por los demás como provisto de espíritu y talento–. Por ello, reivindica también la experiencia del dolor y la abyección: “Dadme la visión de todos los sufrimientos, / dadme el espectáculo de la belleza ultrajada, / de todos los actos deshonestos y todas las ideas viles / ... / Quiero ir más lejos que nadie en la ignominia y la reprobación.” (L’ eterna volutta).     
El escritor, en esta obra y por medio de su personaje, muestra su deseo de saber todo (“¿No será que tengo hambre de lo desconocido?”, Nevermore), de leer todos los libros, de conocer todas las lenguas (de hecho, él dominaba, además de su idioma, el alemán, el inglés, el español, el italiano), de ser, en definitiva, un cosmopolita del espíritu. Y ese ansia de conocimiento total está tan espoleado como acechado por la certeza de que todo proyecto que pretenda perpetuarse en el tiempo está precisamente condicionado por él y condenado al olvido. Esa consciencia de estar sometido a lo apodíctico de la esencia del hombre paradójicamente es su impulso motriz, y no, como alguno ha propuesto –Alvaro Mutis– que es un sentimiento de exilio, de estar fuera de su mundo, lo que le aboca a la angustia, que alejará volviendo a su tierra y su gente. Olvida el colombiano que, tras el personaje “americano”, está el francés y muy europeo Larbaud.

© Copyright Rafael González Serrano

jueves, 17 de marzo de 2016

Rafael González Serrano: Leves alas al vuelo (Antología 2)


                                                         Deseo de ser piel
                                           que respire
                                           por los poros palpitantes
                                           de una herida
                                           abierta en la fuga
                                           de las palabras.
                                           Anhelo de los días
                                           donde se
                                           iluminaban los vacíos,
                                           y las dudas
                                           se resolvían en
                                           tactos de voluntad.
                                           Sentido,
                                           el de la rabia
                                           desafiando agravios,
                                           y espadas como
                                           besos de traición,
                                           avanzando
                                           ansias y apremios.
                                           Todo fugaz
                                           y vencido pacto.


Existimos porque los demás nos reconocen; por eso la soledad absoluta nos conduce a la irrealidad.

El deseo y el horror se esconden en las cesuras de la memoria, aunque el recuerdo nos los presente como páginas escritas del inconsciente.

El dolor es una sensación que la conciencia ha asumido como sufrimiento para así esclarecer que, en lo profundo, es donde se puede asistir al nacimiento del cuerpo.

En el fanatismo habita la cruel locura que, al domesticarse, deviene satisfecha creencia.

En el yo se asiste a la aventura de la incoherencia, el extremo desatino que sólo el farsante espíritu trata de presentar como un paisaje de posibilidades múltiples.

Entre el cero de la bestia y el infinito del dios, una cantidad innumerable de cifras representa a los hombres.

lunes, 8 de febrero de 2016

Borís Pasternak: Mi hermana la vida



Borís Pasternak nace en Moscú en 1890 en el seno de una acomodada familia de artistas, pues su padre era pintor post-impresionista y profesor de la Escuela de Bellas Artes de Moscú, y su madre era pianista y concertista. A pesar de ser mundialmente conocido como autor de la novela Doctor Zhivago, fue también un gran poeta (mantuvo una estrecha amistad con Ajmátova, Tsvietáieva o Mandelstam). Mi hermana la vida se publica en 1922. Otros libros de poesía suyos son Sobre las barreras (1917), Segundo nacimiento (1932), En los trenes del alba (1943), La inmensidad (1945), o su último poemario Cuando amanece (1959). En 1958 se le concedió el Premio Nobel, que el gobierno soviético le impedirá recibir. Muere en Peredelkino en 1960.
Mi hermana la vida había sido escrita en 1917, pero la publica cinco años después. Es fruto del viaje que efectuó a la región de Saratov para encontrase con Elena Vinograd de quien se había enamorado. Los nombres geográficos –Romanovka y Balachov– son los lugares donde tuvo lugar dicho encuentro. El libro está dividido en once secciones cada una de las cuales –salvo la primera, que consta de un solo poema– está formada por varias composiciones.
Pasternak, a quien se le designó como “el todopoderoso dios del detalle”, se rebeló contra la idea de ser un mero transmisor de estados personales en sus versos. Para él la poesía debía ser tan compacta que tenía que crujir como el hielo –y eso ya lo reivindica en este libro: “es un crujido de apretados hielos”, en Definición de la poesía–, o una destilación de granos germinados de la verdad, o un hechizo forjado a partir del simple detalle realista.
El libro, de claro contenido amoroso, se vale de la naturaleza como fuerza que procura la energía vital que origine el surgimiento de la poesía. Ya ocurre precisamente desde el poema Mi hermana la vida: “Mi hermana es la vida y hoy desbordante / todo destroza en lluvias de primavera, / aunque se queje la gente enjoyada, y muerda / cortésmente como serpiente en la avena.” Es la naturaleza quien le inspira, invadiendo incluso la casa al mostrarse como reflejo en el Espejo: “El jardín gigantesco se zarandea en la sala   /… –¡y no rompe el cristal!–”; “se diría que todo, espejeado, fluyera / de hielo sin empaño vidriado.” Esa naturaleza que, en su inmensidad, también representa el infinito del impulso vital y, en consecuencia, del amoroso. “Como una marina la estepa pintada de infinito /…/ La niebla como el mar nos rodea por doquier.” (La estepa).   
Y el libro debe también reflejar su génesis: impelido por el amor, el poeta emprende un viaje –que describe– hacia ella (la amada/la vida). “Dulce se duerme aunque se guiña y pestañea, /… / el corazón por las planchas chapalea, / por las puertas del vagón se derrama estepa adelante.” (Mi hermana la vida). Y los lugares que visitará se transformarán gracias a su propósito. Así, si como enuncia un poema, Antes de todo esto era el invierno, en Balachov concluye: “Amigo, tú preguntas –¿Quién ordena las cosas / cuando arde la palabra del insensato? / En la naturaleza de los tilos, en la naturaleza de las losas, / está ese arder, en la naturaleza del verano.”
Los fenómenos naturales –como la lluvia, la tormenta– son considerados vivencias inmediatas donde el instante clausura el tiempo. Del mismo modo, el yo se debe diluir en la percepción. La conciencia ha de disolverse en la alegría que genera la contemplación –y fusión– con ese mundo que observa extasiado. “Es la tarde esculpida en polvo”, “es el estío circular”, “son vuestras pestañas prietas de resplandores”, “es el poniente, carbunclo en vuestros cabellos”. “No, no yo, sois vos, HERMANA, es vuestra belleza.” (Epílogo).
Viaje hacia la amada, viaje anhelante hacia el otro ser, que no deja de ser en esas ansias de plena identificación, sino un viaje hacia el interior de uno mismo. “Oh miserable homo sapiens, / la existencia es opresión. / Los años idos a nada saben / junto es este en comparación.” “Aunque a la vida se le estropean los lazos, / aunque el orgullo daña la razón, / nosotros sin embargo morimos agobiados / por lo que buscamos en el corazón.” (Modelo).   
Mas el paso inexorable del tiempo y el recuerdo de lo vivido están también presentes. “Así que había un henil / y olía a corchos del vino / cuando agostó llegó al fin” (Había). Si se interroga, “¿cómo cesar esta melancolía / indolente del verano abandonado?”, también su recuerdo gozoso aparece “en las trompas y en las mariposas, /…/ la memoria envolviéndose airosa / en mayo, en la miel, en la menta” (Verano). Si cuestiona si “¿puede romperse la melancolía / contra el puente y sus pilares?”, acabará aceptando que “A nosotros nos traiciona el recordar / y nos persigue por los rieles el guardagujas” (Retorno). O incluso en La suplente deberá reconocer que “Vivo con tu imagen, con quien ríe a carcajadas, /…/ junto a la que uno es huésped en la tristeza.”
Además de Epílogo, añade un último poema como concluyente despedida, el precisamente titulado El Fin. Porque acecha el otoño y “la puerta arranca sus bisagras, besando / el hielo de sus codos.” Reclama que se le presente una de esas criaturas “nutridas… por las cosechas de los campos del sur.” (La región a donde viaja está en el sureste de Rusia). Mas también el viaje, la experiencia vital, el encuentro con la naturaleza y su descubrimiento, acaba agotando: “¡tener amistad cansa!”
Y es que el poeta es un ser que padece el desasosiego (“se enamora un dios desasosegado”). Porque reconoce que la naturaleza es una fuerza renovadora, sí, pero también destructora, razón última de la vida y la muerte. Y sólo a través de la poesía puede dar testimonio de esa energía, pues un alma en estado de creación es quien puede reconocer esa potencia genésica y devastadora que habita el mundo. La naturaleza y el amor aparecen ligados en el libro como los guías que permiten alcanzar el más hondo sentido de lo humano en comunión con la vida y el mundo.

   © Copyright Rafael González Serrano

martes, 12 de enero de 2016

Rafael González Serrano: Leves alas al vuelo (Antología)


                                               X                                                                  
                                 Las alas breves;
                                 el vuelo permanece
                                 en nuestros ojos.

                                            XVIII
                                 Duerme la yerba,
                                 soñando de nuevo con
                                 lentas pisadas.

                                            X LI
                                 La incógnita de
                                 tu ecuación se resuelve
                                 en tus caderas.

                                           XLIV
                                 La hiedra abraza
                                 estatuas buscando su
                                 latir interno.

                                          LXVII
                                 La brevedad
                                 intenta rescatar
                                 lo inevitable.


                                      Hay elegías que no soportan
                                      el peso de los largos poemas.

                                      Despertar en los brazos ajenos,
                                      como en una pesadilla triste.

                                      Las violetas de los atardeceres
                                      tienen olor de suicida indeciso.

                                      El amor, contenido de un paréntesis,
                                      entre la indiferencia y el hastío.

                                     Caernos desde el acantilado de la cama
                                     (en una lujuria de tactos sin epidermis).

sábado, 19 de diciembre de 2015

Diálogo ¿ficticio? con mi especular imagen


-¿Has mirado el contador?
-Sí; ¿por qué?
-Pues porque no te veo eufórico celebrando las más de cincuenta mil visitas, como hiciste con las veinticinco mil anteriores.
-Tampoco es que estuviera entonces, como dices, “eufórico”, pero sí moderadamente satisfecho.
-Y ahora ¿no?
-Ya te encargaste tú la otra vez de bajarme la moral, diciéndome aquello de que cualquier famosete o estrellita reciben miles y miles de visitas en sus páginas en muy poco tiempo.
-Y es verdad. Y no veas en las redes sociales; eso a lo que tú no te quieres ni asomar. En facebook o twiter pueden ser decenas de miles en unas horas. Y seguidores, no veas: a cientos.
-De amigos, ¿no?
-De lo que sea; el caso es darse a conocer cuanto más mejor.
-Pues muy bien; yo con esto que tú –querido blog– y yo realizamos me doy por contento. Creo que hago –perdón, hacemos– una labor bastante digna.
-¡Vale! Te paso la guasita del “querido blog”; pero no me hace mucha gracia que no me tengas en cuenta para tomar depende de qué decisiones. Por ejemplo, lo de promocionarnos más.
-¿No habíamos quedado en que yo era el jefe? Pues yo decido.
-¿Dónde está eso acordado?
-Tácitamente sí, pues al ser yo el que curraba –redactaba entradas, hacía las reseñas, seleccionaba imágenes, etc.– me compete la responsabilidad de tomar decisiones. Tu labor era la de ser la imagen, aunque se te subiese a la cabeza, puesto que decías aquello de que te conocían en internet más que a mí.
-Ya me estás vacilando. Pues no es poca cosa ser la marca de algo. Y estoy seguro de que es más conocido De turbio en claro que Rafael González.
-Sí, aunque se te olvida un pequeño detalle.
-A ver agudo bloguero.
-Pues que tu nombre me pertenece, pues soy el que lo ha inventado: sin Rafael González no existiría De turbio en claro.
-Vamos, que tú eres mi dios.
-Por mucho que quieras devolverme el vacile, sabes que no puedes refutarme lo que te he dicho. A no ser que…
-…que quiera independizarme de ti.
-Efectivamente, aunque no sé cómo obtendrías tu propia autonomía.
-¡Anda!, como si no hubiera habido personajes que se emancipan de su autor; o, al menos, lo intentan.
-¡Caramba! Leído me ha salido el mozo. Pero sabes de sobra que eso no deja de ser literatura. La verdad es que yo soy tu único sustento y hacedor.
-Cosa que cada vez llevo peor, y que no deja de molestarme –y casi humillarme– profundamente. Aunque podría también tomar una decisión drástica.
-¿A qué te refieres?
-No te acuerdas ya de que debido a tu impericia…
-…dale la burra al trigo; un fallo, ciertamente grave, pero que se subsanó, no me lo vas a estar reprochando una y otra vez.
-Bueno, pues ese fallito, me pudo costar la vida.
-No te me pongas melodramático.
-No, si lo que me puedo poner es hasta trágico.
-A ver; explícate.
-Pues que de la misma forma que tú a punto estuviste del homicidio –por muy involuntario que fuese–, yo puedo poner en práctica el suicidio.
-¿Y desaparecer? No te lo crees ni tú. Pues no tienes tú un ego la mar de subidito. Y que ya nadie se pasease por tus páginas, por tu diseño informático, por tus secciones y enlaces. ¡Vamos anda! Y que ningún navegante deslizase su mirada por tu piel digital al desaparecer del inmenso océano de la Red. Se ve a la legua que vas de farol.
-Siempre me coges por el lado de mi irrefrenable vanidad. No sé por qué siempre caigo en tus tretas.
-Porque te conozco como si te hubiera parido.
-Vaya; y además, sigues con la chufla.
-Es que me lo pones como las carambolas a Fernando VII. Mira, lo mejor es seguir como ya convenimos en nuestro anterior diálogo (o supuesta cháchara), pues es beneficioso para ambos.
-¡Si no queda más remedio!
-¡Que así sea!  

viernes, 6 de noviembre de 2015

Paul Claudel: Cinco grandes odas (y 2)


Magnificat se sitúa en el centro del libro y es una gran celebración de Dios, elevando el poeta hacia Él un cántico de reconocimiento, a la par que un rechazo de todos los falsos ídolos: “Bendito seáis, Dios mío, que me habéis libertado de los Ídolos, / Y que hacéis que no adore más que a Vos sólo, y no a Isis y a Osiris, / O la Justicia, o el Progreso, o la Verdad, o la Divinidad, o la Humanidad, o las Leyes de la Naturaleza, o el Arte, o la Belleza.” El deber poético consiste en hallar a Dios en todas las obras y hacerlas asimilables al Amor, que es vida: “¡No está muerto quien vence la vida, sino que vive quien destruye la muerte!... Pues la imagen de la muerte produce la muerte, y la imitación de la vida / La vida, y la visión de Dios engendra la vida eterna.”
También en esta oda celebra Claudel el nacimiento de su hija María. A través de la conversión Dios le ha librado de sus enemigos –“¡Permanece conmigo, Señor, porque la noche se aproxima! /…/ ¡No me relegues con los Voltaire, y los Renan, y los Michelet, y los Hugo, y los demás infames!” –; le ha dado un sentido católico –y, por tanto, universal– de la existencia; y ese don él lo renueva a su vez con el nacimiento de su hija: “Como ningún hombre es de sí mismo, no es tampoco para el mismo” /… / El hombre [crea] al niño que no es para él, y el espíritu / La palabra dirigida a otros espíritus.” El poeta acaba por entregarse de manera jubilosa a la tierra nutricia: “Así como yo he recibido alimento de la tierra, que ella reciba a su vez el mío tal como una madre de su hijo.”
La cuarta oda, La musa que es la Gracia, tras una presentación, se organiza como una alternancia de estrofas y antiestrofas correspondientes a la voz del poeta y a la de la Gracia. Ante el requerimiento de la Musa, él le pide que le deje, le recuerda la alegría divina y su deber de santificación. El poeta se vuelve hacia la tierra; hay una evocación del amor carnal: “¡Aléjate un poco de mí! ¡déjame hacer un poco lo que quiero!” La Musa le insiste: “¡No quiero que ames a otra mujer más que a mí /… / Y jamás serás viejo para mí, sino que siempre serás joven y bello, hasta que seas conmigo un inmortal.” Y sigue, con intención de covencerlo: “Para transformar el mundo no necesitas ni el azadón ni el hacha, ni la paleta de albañil ni la espada. / Sino que te basta mirarlo solamente, con estos dos ojos del espíritu que ve y que oye.” Mas él se resiste, y declara que su misión no es la de vencer –“Ni vencer, sino no ser vencido” –, o sea, “resistir”. Pero la contestación de la Musa es amenazante: “Si no quieres aprender de mí la alegría, aprenderás de mí el dolor.”
La tensión dialógica va en aumento, y el poeta exclama al ser requerido con tanta insistencia: “¡Oh idea de mi mismo que eras antes que yo!... ¿Qué exiges de mí? ¿Acaso debo crear el mundo para comprenderlo?” Pero su interlocutora se revela: “Me llamas la Musa y mi otro nombre es la Gracia.” Y continúa: “No eres tú quien me ha escogido, soy yo quien te escogió antes de que nacieras. /… / No intentes darme el mundo en tu lugar, / Pues eres tú mismo lo que yo pido.” Para concluir: “Como la palabra ha sacado todas las cosas de la nada, a fin de que mueran, / Así tú has nacido para que puedas morir en mí.” Mas, en el epodo, el poeta va a descartar la tentación mística, y devuelve, con consternación, al “hijo de la tierra” a su condición: “¡Desesperadamente me vuelvo hacia la tierra! /… / Quien ha amado el alma humana, quien una vez estuvo compacto con otra alma viviente, ha quedado preso para siempre.”
La quinta oda, La mansión cerrada, es un canto a la comunión en la fe católica con todos los seres vivientes. Inicialmente, hay un reproche hacia el poeta: “Vives completamente solo como un varón en tu gran mansión cuadrada.” La guardiana del poeta responde: “Tu interés ya no está fuera, sino en ti mismo;… ya no tienes que buscar fuera tu deber, sino en ti mismo llevas tu necesidad”; y añade: “El corazón de ellos está vuelto hacia fuera, pero el vuestro está vuelto para dentro hacia Dios.” La clausura le es necesaria, debe ordenar su vida hacia el interior. La luz está en el interior y las tinieblas fuera. Su deber es la contemplación de La Mansión Cerrada, donde todo se vuelve hacia el interior y cada cosa hacia las otras siguiendo el orden de Dios.
El poeta le contesta a su guardiana (que simboliza la fe religiosa): “Ahora ya no tengo más [pasión] que la de la paciencia y la del deseo / De conocer a Dios en su fijeza”; reconociendo que “Quien hace mucho ruido se hace oír, pero el espíritu que piensa no tiene testigos.” La palabra es fruto de la revelación: “El Verbo de Dios es Aquel en el cual Dios se ha hecho al hombre dable.” Y le pide al Señor ser entre los hombres: “Como un sembrador de silencio, como un sembrador de tinieblas, como un sembrador de iglesias.”
Cantará a las grandes Musas cuadradas, las Virtudes Cardinales (en oposición a las nueve musas paganas). Describe cada una y la ubicación en su alma: Prudencia en el norte, Fortaleza al mediodía, Templanza en el oriente y Justicia que mira a Occidente. A la luz de estas virtudes, afirmará: “Veo ante mí la Iglesia Católica que es de todo el Universo”; “Todo es mío, católico, y no estoy privado de ninguno de vosotros.” Así se siente el poeta en comunión con las almas, el firmamento, la naturaleza. Por eso alerta  –“¡Escuchad el grito lastimoso de los muertos!”–, pero sabe que para ellos existe el consuelo: “El ángel de las mejillas besadas se dirige ya hacia el pueblo difunto con el vaso de oro que ha tomado del altar, / Lleno de las primicias de la cosecha terrestre.”
Como poeta posterior al simbolismo, pero fiel a su influencia, su poesía está dominada por la analogía, de tal forma que diferentes planos se relacionan entre sí, en una comunión universal de trascendencia y naturaleza (lo espiritual y la existencia). Lo mismo ocurre con los símbolos, que se significan en las metáforas frecuentes empleadas por Caudel; baste señalar: el Espíritu, el Agua, más también, el hombre, el poeta, etc. La pluralidad de significados enriquece el sentido de una poesía que se va generando a la par que busca descifrar el misterio del existir y su trascendencia ulterior. Y todo ello con la musicalidad de quien conoce bien no sólo a los clásicos sino también la liturgia religiosa (lo enfático, el versículo, los cantos, etc.); o consiguiendo que, mediante el lirismo y la expresividad, la embriaguez pagana adquiere un sentido católico (la Musa que deviene la Gracia).  
En estas composiciones, Claudel retoma temas de su producción anterior –sobre todo la dramática– como el amor, la esposa, el niño (alabará el sacramento del matrimonio que sublima el deseo de una relación verdadera con Dios), la oración y la comunión, el agua en tanto que símbolo universal y principio de disolución. El poeta encarnará desde el mero hombre hasta el esposo y padre –incluyendo una función sacerdotal– para conseguir que todo lo que le debe al Espíritu (la mujer, la hija, la vida…) tenga un sentido católico, de comunión universal en Dios, como muestra la referencia a la misa en La mansión cerrada. Las odas son pues un canto de celebración ofrecido a Dios, que también supondría un canto de amor a la vida. 

© Copyright Rafael González Serrano