viernes, 1 de noviembre de 2013

Agustín García Calvo: de ser y no ser

In memoriam 
(a un año de su muerte)
Conocí a García Calvo a finales de los setenta. Fue en la facultad de Filología de la Complutense, una vez repuesto en su cátedra, y gracias a unos compañeros más avisados que yo. Sin estar matriculados en sus asignaturas, asistimos a algunas de sus clases (nos seducía esa aureola de iconoclasta que le rodeaba). La de cuarto, sobre gramática, sintaxis y prosodia latina era puro sánscrito; mucho más asequible era la de primero, donde se traducía a autores latinos. Incluso en alguna ocasión –no más de tres para mí– fuimos a tomar el aperitivo al acabar la mañana, gracias a la confianza y amistad con él de compañeros como Antonio (hijo del catedrático Blanco Freijeiro) y Marta (la hija de Sánchez Ferlosio). Ni que decir tiene que la generosa invitación se debía al catedrático, y que algunos interveníamos más bien poco en la charla, que era variopinta y poco académica. (Por cierto, los mencionados compañeros fallecieron desafortunadamente a temprana edad).
García Calvo fue gramático, lingüista, traductor, poeta, ensayista, narrador, filósofo, dramaturgo, recitador y orador, sin ser ninguna de esas cosas, como él hubiera dicho y preferido (mucho más radicalmente hubiera rechazado el calificativo de intelectual), pues toda su aventura de pensamiento y creación se movía entre el ser y el no ser (como rezaba uno de sus textos emblemáticos Sermón de ser y no ser). La referencia es, obviamente para cuestionarlo, al principio de verdad de Parménides, el ser es y el no ser no es. Precisamente fue un experto en la traducción, lectura e interpretación de los textos filosóficos de los presocráticos (Lecturas presocráticas).
García Calvo rechazaba todo tipo de Fe (con mayúscula, como le gustaba escribir). Y no se refería a la religiosa (aunque quizá todo sea Religión), sino la fe en el Progreso, el Dinero, la Ciencia –uno de los nombres actuales de Dios– o la Cultura, entre otros ídolos. Su tarea era la de la negación, la de destruir cualquier ilusión –en el sentido de engaño– que se presentase a los ojos de esa razón común que hablaba por nuestra boca, ya que lo que latía por debajo de cualquiera –que es como decir de todos– era lo que podía tenerse verdaderamente como pueblo, lo común, lo que no puede ser sometido a plan o cálculo. Sin ser nombrado ni contado, porque si no ya se entra en las estadísticas (implacable instrumento del Poder). Porque nombrar una cosa ya es hablar contra ella (El amor por amor es mudo; Canción 82).
También arremetía contra lo que él llamaba el Régimen –que no hacía referencia a un pasado más o menos cercano–, sino a lo que podría entenderse como el sistema actual, que en el mundo contemporáneo no es otro que el Sistema Democrático, parlamentario y occidental (evidentemente no consideraba totalitarismos comunistas o teocracias fundamentalistas). Porque otra de las bestias negras del escritor era el Estado –ya lo analizó en uno de sus escritos, Qué es el Estado– y el subsiguiente Poder. Y el Individuo, que no era sino el reverso del Poder, de tal suerte que Individuo y Poder constituían un todo indisoluble. Ese Yo que venía a ser un correlato individualizado del Estado impositor: mi Personalidad frente a las de los otros afirmando su hegemonía. Al fin la alianza de Estado e Individuo aunados en el Todo, y, por tanto, enemigos de lo común y la vida indefinidos. (No en vano, a esa individualidad, nombre y apellidos, el escritor en los últimos años la ponía entre interrogantes).
García Calvo también libró una denodada batalla contra el Tiempo –uno de los plurales nombres de Dios–, y con su máxima representación coercitiva que es el Futuro, el auténtico reino de la Muerte. Aplazar todo en aras de un Futuro que, por definición, no ha de llegar nunca, es abandonarse al imperio de la Muerte, que es lo que nunca ocurre, porque lo que mientras tanto está pasando es vida, y al no hacerle caso, al no prestarle atención, la estamos hipotecando en aras de una Muerte siempre futura, ya que es lo por venir. Y la Realidad es precisamente el dominio de esa Muerte. De Dios y Contra el Tiempo son dos libros que analizan con rigor y profundidad estas líneas de fuerza, estos vectores fundamentales, de su pensamiento.
La Realidad se presenta como lo que hay cuando no es más que una construcción abstracta debida a las ideas que se superponen a las cosas concretas. Y la forma de producir esa Realidad no es otra que mediante el lenguaje. Este es dual; pues si, por un lado, contribuye a crear la ilusión de que todo puede ser nombrado y, por tanto, saberse, por otro, es usado por todos de manera común porque no es de nadie y, en consecuencia, es la expresión popular (de la gente, lo que quede de pueblo por debajo de los individuos) que cuestiona que la Realidad abarque todo lo que se da y lo conozca al nombrarlo. Y además padecemos, en esa Realidad, la creencia ilusoria de que todo puede ser nuestro, cuando nada ni nadie nos pertenece (Libre te quiero /... / Pero no mía; Canción 10).
Pero si la mudez es una forma de oponerse a lo dado (al modo de los ascetas o los ermitaños), no puede decirse que García Calvo callase: su voz era torrencial e irrefrenable en charlas, conferencias, coloquios, tertulias (como las mantenidas en diversos cafeterías y, en los últimos tiempos, en el Ateneo de Madrid), así como en la propia profusión de sus textos de toda índole y temática (habré leído veintitantos títulos suyos, pero los libros publicados deben superar los sesenta; ya perdí la cuenta). Fue un conversador impenitente contra todo, y quizá esa permanente verbosidad fuera también una forma de oponerse y rebelarse frente al totalizador Imperio de la Muerte. Porque la actitud del pensador fue la de un constante rebelde, en una época de aceptaciones y transigencias (pues hoy ciertas “rebeldías” no son sino puro desahogo testimonial, cuando no estéril ira).
El Capital, que no es sino el otro rostro del Estado, así mismo sufrió sus embates, mas no al modo de los tartufos que despotrican de él y fundan sociedades, empresas y negocios (y es que ser crítico de salón –o columna periodística– es bastante cómodo). La aceptación generalizada del Consumo y el Despilfarro es una las formas de estar integrado, de no desertar del mundo de las prisas, y de devorar insaciables todo tipo de gadgets tecnológicos. Habría que releer el –no por escrito hace tiempo menos inactual– Comunicado urgente contra el despilfarro. Y si hay algo que se ha convertido en pasto del consumo, eso ha sido la Cultura, con todos sus mecanismos de producción y representación. De ella recelaba, en ella no creía, pero en ella –lo quisiera o no– participaba.
Porque García Calvo ha sido una personalidad arrolladora (en contradicción con su rechazo del Individuo, de ese “Agustín García” de los papeles, como él decía); ha sido una figura cultural (con sus disertaciones y sus escritos), interviniendo en la dinámica productiva de cultura, mal que le pesase; hasta incluso ha contribuido a fomentar la actividad comercial y empresarial de cultura al fundar su propia editorial, Lucina (en referencia a la diosa romana de los partos), con todo lo que eso conlleva (producción, distribución, promoción). Y ha tenido algunos discípulos, como buen maestro (el Savater, que luego le negó, Félix de Azua, Chicho Sánchez Ferlosio, Amancio Prada…). Es cierto que, en buena medida, no incluía los tics culturalistas en sus escritos: profusión de citas de autoridad, abrumadora carga erudita, etc. (sólo, a parte de los autores que estudiaba, había alguna referencia a Greimas o a algún otro gramático; o a su admirado Juan de Mairena).
Enemigo de la Administración, ha recibido algún premio institucional y, lo que es una curiosa anécdota, aceptó la elaboración de la letra del himno de la Comunidad de Madrid que le propuso Leguina (lo que realizó con acertada ironía). Sospechando de los medios, no dudó en intervenir con sus artículos en ellos (El País, Diario 16, La Razón); artículos luego recogidos en diversos volúmenes. Y si despreció la televisión (si no sales en la pantalla, no existes), sin embargo, aparece en cientos de páginas de Internet. Su gigantesca figura no quedará por ello ensombrecida; pero, quien se posiciona contra todo, tiene que pagar también su peaje de contradicciones si quiere intervenir en esa refutable Realidad. Si no, lo que tendría que hacer es optar por el silencio.
Después de leerle durante bastante tiempo, dejé de hacerlo. Puede que meramente por circunstancias. He considerado decisivas y muy fértiles en mi formación sus ideas, profundas y lúcidas; quizá despertasen en mi lo que yo ya intuía, o reforzasen ciertas convicciones. Es cierto que ahora no me identifico con algunas de sus ideas; o sí, pero con matizaciones. Uno debe despojarse hasta de la influencia de un gran maestro. La última vez que hablé con él fue bastantes años después de la Universidad. Se encontraba en una caseta de la feria del libro madrileña (estaba en el ajo, por tanto, de las firmas, las ventas, etc.). Hablamos lo que se puede en estas situaciones. Al recordarle la época pretérita, los compañeros, las actividades, acertó a decir: “¡qué tiempos aquellos!”
No obstante, a pesar de su postura (o precisamente debido a ella), García Calvo ha sido una de las mentes más relevantes del panorama contemporáneo español, un pensador con un sistema tan sugerente como difuso, un creador original y fecundo (imprescindible, en poesía, sus Canciones y soliloquios), una inteligencia penetrante y aguda a la altura de los más grandes nombres de la cultura (la sola mención de ese nombre le hubiera horrorizado). Su condición de raro, inclasificable, incluso de extravagante –alejado de los circuitos académicos, de los círculos de poder cultural y social, de cualquier oficialidad–, hará que seguramente no tenga el reconocimiento que se le debería otorgar, ni que su nombre forme parte del exquisito elíseo de las más insignes figuras creativas; ni que se le rindan homenajes oficiales o entradas extensas en manuales al uso.
(Reproducción de la entrada publicada hace un año en el anterior De turbio en claro)
© Copyright Rafael González Serrano

15 comentarios:

  1. Hola,

    gracias por el post, lo enlazamos en Lucina, http://editoriallucina.es/cms/index.php/agustin-garcia-calvo/fallece-agustin-garcia-calvo

    un saludo

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    1. Gracias a vosotros por el enlace; esta entrada es un modesto homenaje a tan singular voz.
      Abrazos.

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  2. No tan singular: bastante común.

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  3. Un bello homenaje digno de su grandeza

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    1. Desde luego, María Teresa (digo lo de la grandeza de García Calvo; el homenaje es sentido)

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  4. Felicidades por el artículo, Rafael. Este verano pasado terminé de leer Contra el tiempo. Admirable la lucha constante de Agustín García Calvo contra toda etiqueta, contra toda usurpación semántica de la vida.

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    1. Es cierto, José María, es una de las pocas voces no sometidas al imperio del Poder y la Cultura. Un saludo.

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  5. los grandes no necesitan de grandiosidad para permanecer eternos en nuestro recuerdo.
    cumplido homenaje este post, merecedor también de felicitaciones.

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    1. Gracias por tus felicitaciones; este post es un humilde homenaje a tan indomable e infatigable voz contra todo.

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  6. Magnífica semblanza.
    Permíteme que te enlace con la que hiceyo también con motivo de su fallecimiento:
    http://suicidasperezosos.blogspot.com.es/2012/11/ya-vive-garcia-calvo-en-su-segunda-vida.html

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    1. Muchas gracias por tu generosos calificativo y por el enlace. Seguiré tu Círculo de los suicidas perezosos.

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    2. Merecido homenaje sin duda alguna. Os dejo este enlace donde se van subiendo conferencias suyas. bauldetrompetillas.creacicle.com
      Un saludo.

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    3. Ya conocía y es estupendo ese Baúl de trompetillas.
      Un cariñoso saludo.

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  7. Magnifico post a su memoria.
    Desde este momento soy seguidora de tu cultural blog.
    Saludos y mil gracias por dar a conocer tu blog por correo.
    MA.
    El blog de MA.

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