Presentaciones

Rafael Soler: Presentación de Insistir en la noche
  

Años antes de quitarse la vida arrojándose a las aguas del Sena, Paul Celan escribió en su extraordinario poema Sueño y sustento lo siguiente: 
El aliento nocturno es tu sábana, la tiniebla
se acuesta a tu lado.
Los tobillos te roza, las sienes, te despierta
a la vida y al sueño.
 En este su tercer libro –tras Presencias figuradas publicado en 2.006 y Manual de fingimientos en 2.008- que hoy nos reúne aquí, mi tocayo Rafael González Serrano entra con el acerado filo de sus versos de forma implacable en esas tinieblas, que nos acompañan a todos, dando testimonio de su oscura verdad, si cabe así decirlo. Insistir en la noche es el título, treinta y uno el número de poemas, y dos las partes que organizan su contenido: Los caminos oscuros y El fulgor de las sombras.
Si en Presencias figuradas el poeta se centra en “la figura real de lo que pretende ser dicho, aunque explícitamente omitido”, y en Manual de fingimientos su mirada se dirige al espejo de las máscaras, en esta ocasión el poeta se adentra con honestidad de orfebre en –y cito textualmente cuanto Rafael González Serrano enuncia en su prólogo– “el territorio de lo desconocido, de lo que no se sabe y ha de ser interpretado interpelando a sus secretos, pulsando sus notas, descifrando sus claves”. Rafael es poeta de metódicas y ordenadas obsesiones, que desmenuza con parsimonia es sus poemarios: primero, las presencias eludidas que nos acompañan; después, cuanto hay de fingimiento y máscara a nuestro alrededor; ahora, la noche y su velado mundo donde todo comienza, dando sentido a nuestra existencia.
“Unos fugaces instantes, luminosos, / y no una eterna noche. / Unas palabras pronunciadas/ al borde del olvido. / Unas risas mudadas en silencio…”  escribe Rafael en el poema que abre su primer libro, y que ya anticipa cuanto vendrá luego. Y más adelante afirma: “Te espero desde el insomnio, estremecido”, consciente de que es precisamente ese duermevela el territorio que más aliento poético y vital contiene.
Con acierto dice Jaime Sabines que “el día y la noche, no el lunes ni el martes, ni agosto ni septiembre, el día y la noche son la única medida de nuestra duración. Existir es durar, abrir los ojos y cerrarlos”. Somos por tanto, querámoslo o no, ciudadanos de la noche. Y desde esa condición irrenunciable, Rafael nos ofrece en este libro todo aquello que está cifrado, que asoma en la penumbra, y que inevitablemente nos llevará hacia la luz, pues ella viene precisamente de las sombras. Y lo hace con poemas que no renuncian a su capacidad de evocación y sugerencia, pues el lenguaje poético debe indagar siempre en lo que tienen de desconocido las imágenes y las palabras, dejando a cada verso suspendido entre la insinuación y la seducción. La noche, pues, como elemento sustancial de la recreación poética que permite vislumbrar, ser consciente de lo oculto y lo revelado en un espacio infinito que continuamente se muestra y desvanece.
 Buenas noches, noche
¿De dónde vienes? Qué tarde llegas
Es el ruido del viento que quiere pasar a través
del agua
o mi alma tibia como una mano y arrullándose a
sí misma.
 Así, como hiciera Vicente Huidobro en este poema titulado Noche y día, Rafael también concede a la noche una significación de fertilidad, y se acerca con decisión a ese territorio sólo en apariencia impenetrable cuando afirma en los dos últimos versos de su poema Insomnio: “Gotas de instantes destiladas / resbalan del alambique del insomnio.” Para encabezar este poema, el autor elige esta rotunda aseveración de Jorge Luis Borges:”El universo de esta noche tiene la vastedad del olvido y la precisión de la fiebre”. Y del alambique de Insistir en la noche resbalan, en efecto,  cadenciosamente, encuentros, ensoñaciones, laberintos, crepúsculos, lagos, desvelos, brasas, sombras, silencios, pérdidas, gritos, cristales…
Títulos como Oficio de tinieblas, Física del desarraigo o Clepsidra, elegido por el editor para acompañar a la convocatoria de este acto, todos ellos pertenecientes a poemas de la primera parte, son imprescindibles para entender la voluntad del autor al insistir en su noche, que con este libro ahora publicado es ya un poco la noche de todos. Afirma Rafael que “es pertinente que lo nocturno se identifique con lo inconsciente y, en consecuencia, con el abierto e insondable universo de los sueños”; y desde esta afirmación el poeta nos ofrece su mirada, que capta con sus ojos nictálopes la respiración y el palpitar de cuanto habita más allá de la luz, y que describe bien su personal imaginario:
"Hay reptiles de luminosas escamas
que armonizan cantos en
el borde sin lindes de los bosques;
caracoles húmedos copulan
consigo mismos en hoteles de luna;
las pupilas dilatadas y febriles
asestan rayos de rencor
a la densa alma de la noche.”
para concluir diciendo que
“los cristales minerales espejean
en cansada constelación
abriendo paso al impetuoso
y fugaz fulgor de las sombras.”
Quince poemas conforman la segunda parte, y es precisamente en el poema de mayor entidad, titulado El fulgor de las sombras, donde Rafael González Serrano nos recuerda que “Lo oculto, lo misterioso y mágico / ofrece un desafío de raídas tinieblas / al conocimiento de la claridad”, para, más adelante, en En el alba del ocaso establecer que “Nacerá un reino de susurros, en el límite / de la consumación, cuando el fervor / de la rosa señale los esplendores que / sólo encontrarán su verdad en la sombra.” ¿Ensoñación? ¿Atisbo de la realidad oculta? ¿Pesadilla? Me atrevo a decir que de todo hay en estos versos, y le corresponde al lector desentrañar en cada poema el significado último pretendido por el autor, no siempre evidente.
El libro concluye con un poema redentor, Decisión de la luz, cuando afirma:
 Por esa luz viviremos el apremio
de la aurora, la agonía de las horas
cómplices del fervor, en el reloj
que decide nuestra suerte.”
Al final la luz, siempre la luz. Sólo la poesía sirve para nombrar lo desconocido, y Rafael González Serrano sale airoso del empeño en este libro. Mi felicitación y mis deseos de éxito para cuantos proyectos aborde en el futuro.                                                                

Juan Pedro Carrasco García: Introducción de la lectura en la Casa de Castilla la Mancha


Presentamos a Rafael González Serrano con la certeza de que, aunque haya publicado tardíamente, es una voz de palabra libre y analítica, y que el tiempo ya le ha concedido el lugar de la palabra poética. Él confiesa que escribe desde hace muchos años, pero hasta el año 2006 no publica su primer libro, Presencias figuradas, y en el presente año, 2008, ha aparecido su segundo poemario, Manual de fingimientos.
En ambas obras sobresale la palabra densa, el poema concentrado, a veces barroco, como en una especie de horror vacui, como si el autor huyera de los espacios vacíos, de los lugares carentes de objetos y de los cuerpos ausentes de luz.
Ofrece el autor en sus obras una incierta cronología del sentimiento. Una cronología que puede considerarse acrónica. Es decir, con el sentimiento ubicado en un pasado, se realiza un análisis desde un presente revisor que se proyecta hacia un futuro que tiene su propia geografía; aunque, como es obvio, ha de hacerse materia en sus emplazamientos y en sus rincones.
Por eso, y para ello, se sirve del recurso de la figuración o, mejor dicho, de la reconstrucción de unos cuerpos o de unos seres –sus contornos, sus formas, sus sentimientos–, y, lo más importante, la búsqueda de un soplo para dotarles de vida. Eso es lo que hace cuando nos habla de un futuro: “Inevitable es que la palabra / no pueda decir lo oscurecido / tras los ojos herméticos (implorantes, a la par, de exégesis). / La voz no brotará explicándose. / Ha de ser más que eso / pura magia haciéndose sonido o vibración histérica sin frecuencia audible”. Un futuro que ya existe, entiéndase, en la mente del autor, y diseñado a través de la palabra poética: “Aún más allá de nosotros / una vez doblado el fin, / cuando el silencio habite / el lugar de la palabra / y la memoria se encuentre sin alimentos ni frutos, / saber que permaneceremos”.
Sin duda el título de sus primer libro (Presencias figuradas), profundo en su devenir, nos sugiere la certeza de las ausencias que han de ser eliminadas a través de la imaginación (y de la palabra poética), y ésta tiene cabida en la mente del lector porque el autor convierte a la palabra poética, a la lengua, en fuente de creación y recreación de un mundo que sería inexistente si no fuera por el esfuerzo del poeta. “Estas hojas blancas de papel / van llenándose de palabras / escritas por el instrumento / que uncido a unos dedos / en la frontera de un cuerpo / va trazando estos signos…”, y continúa “y sólo así, estalla de golpe / la claridad de lo conocido al revelarse”, y añade “Y así por fin aprender a saberse”.
La palabra es la materia que da forma a la experiencia, al deseo, al amor, al tiempo. Todos sabemos que son temas universales. Lo que se nos viene a decir es que cada ser humano, con sus propias experiencias y sus propias vivencias, se dota de un conocimiento personal y único, que ha de “saberse” reconocer y poder comunicar.
Y esta capacidad la posee la palabra poética. El pasado es un tiempo en el que podemos reconocernos y, con su análisis, llegar a sabernos ("saberse"), para el momento de la identificación de uno mismo: "ser ya sin más plazos". De ahí que, en la vida, la falta de plenitud, el sentimiento de no estar, la duda sobre cómo ser verdadero y auténtico provoque un conflicto y una lucha o agonía (en el sentido etimológico).
El poeta explora el lenguaje con un léxico rico y variado, intentando encontrar la metáfora, la imagen o la matización más perfilada para llegar a lo profundo del sentimiento y del estado de ánimo. Y a pesar de que las palabras clave que aparecen pueden tener un valor de connotación negativo –ausencia, silencio, vacío, fracaso, desesperanza–, todas ellas son la manifestación del conocimiento y reconocimiento del pasado evaluado con las herramientas del pesimismo para descubrir –una vez podado el ser de todo lo accesorio–, dejarlo en el puro hueso, para ser recubierto de nuevo con la carne y la piel del deseo, del futuro “venidero”, de la felicidad.
Porque “saberse” es reconocer la falta de plenitud y el tiempo perdido. “Y un tacto de firmes ausencias / sugiere perdidos momentos”. “Saberse” es conocer el silencio “ocultador”: “Así el silencio impone su lenguaje: / es imposible recordarse ya / como vago olvido de un sueño”. “Saberse” es rememorar la existencia o la inexistencia del “tú”, y la existencia de un “tú” que ha de llegar: “Si llegaras o te inventase / en algún incierto ocaso, / será entre risas de barro e ilusiones de cristal”. “Saberse” es ocupar los huecos del vacío y ubicarse: “Situarse en el centro / del propio vacío…”; “Tal y como me fabricaste, descanso / en tu centro cual fantasma / de huidizo contorno, fugaz rostro”; “Desde aquí, mi centro, mi vacío, te espero”.Saberse”, en definitiva, para una geografía sentimental y futura: futura como lugar donde residir, sentimental de promesas, y futura y sentimental como contenido de la palabra poética.

Maximiano Revilla: Presentación de Manual de fingimientos


Rafael González Serrano en Manual de fingimientos hace que la realidad se transcienda a sí misma, y consigue hacer que, según vamos avanzando en su lectura, nos veamos reflejados en esa realidad y reflexionemos. El lirismo que alimenta y transciende en estos poemas viene de las raíces de la nostalgia. No de lo que deseamos ser sino de lo que nos obligan a ser para continuar siendo. Falsos, artificiales, vestidos de apariencias, pero sobre todo, mostrando, como dice el poeta en uno de sus versos, “la certera imagen sin fe aprendida / en la lectura de un manual de fingimientos”.
Manual de fingimientos es un poemario que, desde la curiosidad de su título, nos invita a detenernos, a llamar y pasar e imbuirnos de sus pensamientos. Es cierto que tal vez no nos descubra nada, acaso por estar todos de vuelta, acaso porque ¿quién desde la cuna no aprendió a fingir? Pero seguro que, tras su lectura, no dejará indiferente a nadie, ya que, por mucho que nos pese, alude al propio fingir de la poesía, de la vida, de la realidad de hoy, de esa realidad de uno y del conjunto, de esa realidad del mundo que, por mucho que queramos su cambio, después de idos continuará. Para el autor, una parte del mundo es etéreo, de cristal, “curvas donde fingir el calor de lo oscuro”. Y, ratificándose en esta idea de falso entendimiento, insiste: “La porcelana  es un alma / delicada para toscas pasiones, / hay que besarla  con los labios / dulces de la complacida traición”.
La poesía de Rafael no es sencilla, es una poesía para degustar, para introducirse en ella sin tapujos ni coacciones, para introducirse y saborearla tras quitarle las capas de maquillaje. Acaso el empleo del lenguaje figurada sea una de las causas de su dificultad. Ese empleo de las figuras clásicas tan olvidadas por otros, y que en él salpican como algo natural los versos. Esas antítesis, las figuras de los antónimos, de los contrarios, de las vueltas y revueltas usadas para invertir las palabras, crean en el poema nuevos mundos de significado. “Enciscaban lo vivo inmaculado” escribe en uno de sus versos; o “somos falsos como dioses”; o, concluyendo, “No sé a qué esperáis vosotros / para lanzaros al baile de disfraces / en el que la más dulce encarna / el velo del vacío, la auténtica belleza”. Como señalase Karl Krauss, “La antítesis tiene el aspecto de una simple inversión mecánica. Pero, ¡qué cúmulo de experiencias, sufrimientos y conocimientos hay que adquirir para ser capaz de dar la vuelta a una palabra!”.
En el poema XIII, si nos fijamos con detenimiento, podemos descubrir un magnífico ejemplo de hipérbaton de ideas distantes (otra figura recurrente en su poesía): “Realizar un gesto es lo que se espera / en ese mercado donde todo se subasta, / y cuando se derramen las últimas locuras / y se pronuncie un sí aceptador / poco a poco irás creyendo”. Sabido es que la enumeración en el verso carga de matices e intensifica el contenido del poema acumulando palabras pertenecientes a una misma clase gramatical (adjetivos, nombres, verbos...), o también presentando una serie de objetos, de ideas o distintas partes de un todo. Cierto que, a su vez, estos matices ralentizan el poema, pero por el contrario, muestran la realidad que se quiere destacar de una manera mucho más precisa: “Mentira las palabras, el sentimiento, / la comunión, los principios y el espíritu, / todo es roce, sensación, temperatura, / color, aroma, agua, espuma...”
Manual de fingimientos es un libro que nos muestra las dos caras del fenómeno vital, la real y la falsa, la espiritual y la biológica. Es un libro temáticamente homogéneo, circular, de ida y vuelta, donde los dos primeros versos del primer poema y los dos últimos del poema final son versos paralelos. Polos opuestos que se atraen y, en su recorrido, conforman el mundo lírico del poemario.
Podemos encontrar también, además de las figuras clásicas, figuras modernas como las imágenes visionarias que identifican emocionalmente dos elementos que no se parecen en nada. Se podría decir que son comparaciones imposibles, que inevitablemente sorprenden: “Dulce como un pretexto de labios impostores”. O la visión que se forma cuando dotamos a las cosas de atributos imposibles y que, aún así, por una serie de raros mecanismos, nos emocionan: “Vestido de encajes engañosos”, o “Asomarse al fondo de un tacto”.
Hoy, en la sociedad de la información, donde todo aparato por sencillo que sea precisa de un manual para su manejo, nos sorprende este manual  de fingimiento poético. Fingimiento, engaño, irrealidad, ilusión, dar a entender lo que no es cierto, simular, aparentar, falsear, todo lo necesario para, en épocas inquisitoriales, condenar a su autor. Y aún a pesar de todo, con irónica esperanza, porque “Cómo no amar el último refugio, / a nuestra más leal y firme compañera, / la que nos conduce de la mano / y nos sirve en el trato con los otros, / para así decirles lo que somos y valemos”. Esta es su realidad; lo otro, acaso todos los miedos.
Manual de fingimientos es un libro valiente. Y digo esto porque, partiendo de la premisa de que cada pensamiento lógico se quema así mismo en espejos mudos, y de que los espejos y las máscaras siempre fueron un lugar recurrente en la poesía de todos los tiempos, Rafael, echando mano de sus mejores dotes de poeta, ha sido capaz en este libro de dar la vuelta a todos los lugares comunes y, tras de buscar, salir airoso al encontrar un nuevo enfoque sorprendente: “Las imágenes recrean en uno, / la total multiplicidad de un mundo impuesto”; ya que es desde el espejo –o lo que es lo mismo, el alma– desde el cristal del ojo del hombre o de Dios, desde donde vemos reflejada nuestra imagen y la imagen del mundo que nos rodea.
La máscara es la disculpa perfecta, como si sólo contase lo que se ve desde el exterior, lo que cubre los valores del pasado, y así los paisajes de la conciencia quedan a salvo detrás. Rafael no busca lo exacto de la belleza, sino lo intenso de nuestros días, lo que duele, lo fangoso, lo mental, lo envidiable, pero siempre desde una argumentación basada en la irónica realidad cotidiana. La realidad, su realidad, esté “en el recinto pálido de la locura”, “Pues aquí, en este lugar, donde la farsa / alumbra el teatro de los hombres, lo que cifra / y representa es al consumado falsario”.
Escribía Borges: “Pensaba que un poeta es aquel hombre que, como anciano y rey del Paraíso, impone a cada cosa su preciso y verdadero y no sabido nombre”. Hoy Rafael impone y nombra de esta manera: “He de cantar, mentira, el himno sagrado de tu existencia”. Para él, el tiempo actual es frío, impersonal, sólo comparable al pasado distante, a Cronos devorando a sus hijos. Y así habla de este nuestro tiempo y dice: “Eres de la industria un fruto; / desnudo de tu imagen, nada. / Eres lo que han hecho de ti: / un montaje de piezas de mercado”.
Manual de fingimientos se organiza en dos partes: Espejo de máscaras y Galería de representaciones. Podría considerarse la primera como el alma terrenal y la segunda como el cuerpo místico. Hoy, que la poesía parece ser algo así como ir de la luz a la luz sin dolor, sin sombras en el recorrido, sin excesivos sobresaltos, sin inventiva ni creación, como si todo su cometido consistiese en tomar de aquí y de allá pequeñas cosas sin interés, o retazos de una historia y de otra que se repiten sin sorpresa, congratula encontrarse con un poeta que se desmarca de lo trillado y destroza las estadísticas establecidas, como ocurre en este caso.
Pere Gimferrer escribió: “”La poesía es / un sistema de espejos / giratorios, que se desliza con armonía, / desplazando luces y sombras en el probador”. Rafael González Serrano ha creado con esos desplazamientos un excelente libro, que recomiendo vivamente.


José Luis Fernández Hernán: Presentación de Presencias figuradas


Tengo el gusto de presentar este libro, esta meditación hermosa y de título paradójico que se llama Presencias figuradas. Y digo de título paradójico, porque me parece que en el concepto de presencia hay algo contradictorio con lo de que esa presencia sea figurada o imaginaria. Yo creo que entre los méritos de este libro, que son varios, uno de ellos es su investigación casi filosófica en la cuestión del ser.
"Presencia" es una palabra que reclama inmediatamente su contraria, es decir, "ausencia". Son dos palabras que se necesitan la una a la otra; son dos palabras complementarias. Y "figurada" también es una palabra que reclama su contraria, que sería -si entendemos por figurada, imaginada- "real". En este oximoron que se da en el título, me parece a mí que Rafael plantea la dialéctica entre la presencia y la ausencia.
Nosotros somos seres -en la terminología heideggeriana, que ya saben que es un poco abstrusa- arrojados ahí, arrojados en la vida. Para Heidegger era importante el tema de la existencia, de lo que existe y, por tanto, el tema de la presencia. Decía que somos seres atados al tiempo y al espacio. No puede ser de otra manera; no nos  podemos entender si no es en el tiempo y en el espacio.
Precisamente de los tiempos verbales, de los tres tiempos verbales, naturalmente el presente es el que se refiere a la presencia; los de la ausencia serían el futuro y el pasado. En la medida que el futuro es lo presente que adviene, que devendrá, pero que todavía no es; y el pasado es aquello que fue, que estuvo presente pero que ya dejó de estar. Así mismo la presencia se refiere al espacio. Entendemos que lo presente es lo que está aquí, junto a nosotros o en nosotros. Y lo ausente es lo que no está.
En esta coincidencia del tiempo y el espacio, en este aquí y ahora, es donde se produce la presencia. Sin duda la ausencia más definitiva, la más radical, la más contundente, es la muerte. Aquella en la que lo existente, lo presente, dejó de estar presente para siempre.
Hay una denominación muy hermosa de José Ángel Valente, que llama a esa ausencia la transparencia. La transparencia es el hueco que dejó la presencia. Allí donde había un cuerpo querido, compacto, opaco, ahora se muestra la transparencia. Esa transparencia revela la ausencia.
En este libro no aparece la palabra amputación, pero está implícita; yo diría que está casi a punto de aparecer. Utilizo la palabra amputación, porque creo que en la amputación se juntan, es ahí donde limitan, la presencia y la ausencia. Un miembro amputado, o semiamputado -como un brazo amputado por una parte-, tiene presencia puesto que todavía hay brazo, y tiene ausencia: aquella parte del brazo que ya no está. Yo creo que esa amputación es la presencia figurada, esa parte que no está. Ese hueco es la presencia figurada.
La presencia figurada se puede referir a lo nostálgico, a lo elegiaco, a lo perdido; o también a lo deseado. En el libro están las dos cosas. Ahora bien, la presencia sólo puede estar en el presente, pero,  ¿qué es el presente? El presente es donde estamos siempre, nunca dejamos de estar en el presente y, sin embargo, el presente está siempre en fuga. Nunca podemos decir "ahora", porque ese ahora es un ya ha sido. Por tanto el presente se nos escapa.
Le comenté a Rafael que me parecía que había escrito un libro desolado; a él no le parecía que así fuera. A mí, sin embargo, me parece que es un libro implacable en cierto sentido, quizá no desde la tristeza, pero sí es implacable porque él dirá que el presente es: "Unos fugaces instantes, luminosos,/ y no una eterna noche./ Unas palabras pronunciadas/ al borde del olvido". Quiero resaltar la expresión " al borde", que indica inestabilidad, a punto de caer. Y termina: "Y se reviven pasadas imágenes,/ y se vive sin rebozo ni vergüenza/ en lo tangible de una ausencia". Lo tangible de una ausencia sería lo amputado, lo perdido.
Ahora bien, si el presente siempre está amenazado por la ausencia (en última instancia por la muerte), por la desaparición, y si el presente siempre está en fuga, al "borde de", a qué nos podemos aferrar, qué asidero nos puede proporcionar la vida para no percibir esta angustia heideggariana. La respuesta es el otro. La respuesta es el amor. Es una respuesta clásica, está en este libro que es, entre otras cosas, un libro de amor.
Es el otro quien nos hace reales; nos queda, por tanto, el amor, su posibilidad. En el poema diecinueve, Rafael dice: "Te espero desde el insomnio, estremecido/ por este mar de dudas acechantes". Es el otro el que nos proporcionaría realidad; y acaba: "Sabernos unidos por el aire/ respirado a un compás,/ resumidos en un instante/ sin retorno posible./ Ser, por fin, eternos". El amor sería el gran combatiente y, al menos en este poema, el vencedor de la muerte.
Ahora bien, a nadie se le oculta que el amor también está acechado. El amor está condenado al olvido. a veces, en vida de los amantes; o a veces, en muerte de los amantes.
Hay un poema muy hermoso en este libro que, con música que a mí me evoca la de Pedro Salinas en La voz a ti debida, dice: "Si llegaras o te inventase/ en algún incierto ocaso,/ será entre risas de barro e ilusiones de cristal./ Avanzando por mi cuerpo/ te adueñarás de mis pulsos y razones". El amor que se espera, y acaba: "Y aunque huyas a cada intento de caricia/ y recompense al tacto el vacío/ y se borren tus labios/ en cada beso provisional,/ sabré descifrar tu plena realidad,/ conoceré que siempre has estado en mi olvido". El amor se espera, pero esa espera anhelante, si embargo, no oculta que en el amor desde antes de suceder está agazapado el olvido; por eso "siempre has estado en mi olvido".
Además el otro es un enigma. No solamente es que el amor en su condición temporal esté amenazado, esté acechado, es que el otro que nos confronta es una presencia que interroga a nuestra capacidad de transmitir o de transfundir, pues hay mucho en la relación amorosa de transfusión, de necesidad de transfusión. El otro es un enigma.
A veces ocurre que es en el desencuentro amoroso precisamente cuando el otro está presente, cuando más le echamos en falta, allí donde no nos encontramos. En el poema dieciséis dice: "Hoy se abre de nuevo incontenible/ la llaga del desencuentro", y en una hermosa imagen: "Desde la nube sin remedio inviolable/ observar lo ya por siempre paralelo". Recuerdo la definición escolar de paralelas: es la de aquellas rectas que se encuentran en el infinito.
Por tanto, en ese enigma, la palabra se revela insuficiente. En el poema treinta y dos dice: "Inevitable es que la palabra/ no pueda decir lo oscurecido". La palabra se encuentra con sus propios límites. Se comprende entonces el porqué del silencio. El silencio aparece en este libro varias veces. El silencio es necesario, es el borde de la palabra; ese borde por el que está amenazada la palabra.
Pero no solamente el otro es un enigma, es que yo mismo soy un enigma, yo mismo soy un desconocido. En el poema dieciocho Rafael, en uno de los momentos expresivos que más me gustan, dirá así. "Y si hablé, no estoy seguro/ de haberlo hecho pidiéndote/ que creas en mi existencia/ (de mi no tienes más certeza que/ tu risa: ¡qué enorme poca cosa!)".Quizá no somos más que un eco en los otros. Los otros, en realidad, qué saben de nosotros; y qué sabemos nosotros de los otros. Por eso, quizá en una interpretación parcial y un tanto sesgada, a mí me parece un libro que contiene un cierto rasgo de desolación y de verdad.
Si esto es así, entonces cómo podemos salvarnos de la ausencia, de la desaparición, de la muerte y del tiempo que corre. Solamente hay una solución: a pesar de las limitaciones de la palabra, la salvación es la palabra, la poesía, la playa blanca de la página. En el poema diez se dice de manera explícita: "Aún más allá de nosotros,/ una vez doblado el fin,/ cuando el silencio habite/ el lugar de la palabra/ y la memoria se encuentre/ sin alimentos ni frutos,/ saber que permaneceremos./ Grabados en la página blanca/ donde el tiempo no existe,/ fuera de espacios tangibles/ e instalados en el ser,/ poseeremos la total lucidez/ sobre nosotros mismos./ Entonces seremos inmortales".
En este libro se reúnen la presencia, la ausencia, el amor y su olvido, la muerte y la escritura que son epifanías del tiempo, en palabras de Rafael, "el voluptuoso ojo del tiempo seductor", el tiempo que nos hace y nos deshace.
Hay unas hermosas palabras de Elías Canetti que quiero que sirvan de final. Es un elogio de la poesía, de toda poesía y, más ampliamente, de todo texto, es decir, de todo tejido. Decía Canetti: "En los juegos verbales desaparece la muerte". Yo creo que ese es el máximo elogio que se puede hacer de este libro. En estos poemas, Rafael pone a salvo esa parte de su ser que debe ser perdurable, y con él nos pone a salvo a todos nosotros.

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