viernes, 26 de diciembre de 2014

Fragmentos de la llama (4)


Bebiéndote 

Este deseo de beberte atraviesa
mis cimas y nadires.
Pasarán ciclos y husos,
se perderán cifras en los almanaques,
bebiéndote como un río inagotable,
perdiéndome en tus aguas
mar adentro de tus labios. 

Libar de tus ocultos pistilos
el néctar más íntimo,
embocar tu secreto venero
para saciar mi sed de urgencias;
miles de gotas que surgen
de manantiales desvelados y que
inundan mi paladar palpitante,
volviéndome un cuerpo
informe desleído en tus torrentes. 

Saborear el almizcle de tu centro:
humores gratamente bebidos,
zumos golosamente gustados;
paladear los generosos caldos
de tus odres abiertos;
brindar con la copa de mis manos
rebosantes de tus jugos;
escanciar tu vino germinal
en el anhelante cáliz de mi boca. 

Beberte ya al borde del delirio,
dipsómano de tus fluidos,
ebrio de tus líquidos;
embriagado sin salvación
con tus licores; ahíto de
tus claras linfas, de tus densas savias.
Ahogado por fin en tu océano.

De Fragmentos de la llama, Celesta, 2014.

sábado, 29 de noviembre de 2014

José María Piñeiro: Ars fragminis

El aforismo y el ensayo breve son los elementos formales de los que se sirve José María Piñeiro para explorar la realidad. Dividido en tres secciones, a modo de diario de notas, blog y diario personal, la indagación sobre el mundo se va desarrollando al hilo del propio acto de escritura.
Como ya el propio título indica, Ars fragminis, se trata de un “arte del fragmento” porque es éste, y no un discurso totalizador, el que a través del proceso de narración articula el texto. De esta forma, el autor escruta y reflexiona sobre los misterios de la cotidianeidad, la literatura y la escritura misma.
La memoria y su poder asociativo (“cada memoria es anexo de otra”), el descubrimiento iluminador (“el pensamiento vislumbra paraísos que el cuerpo no termina de alcanzar”), el juicio preciso (“lo elemental no es lo simple sino lo imprescindible”), la percepción lúcida (“el absoluto es demasiado sencillo de enunciar”), son sólo algunos de los instrumentos utilizados en este recorrido por la interpretación reflexiva o intuitiva del mundo y sus enigmas.
Impresiones, sueños y lecturas constituyen la urdimbre textual; y, azuzados por el asombro y la inquietud intelectual, forjan la aventura poética ofrecida por la palabra que, como elemento catalizador, es capaz de hacer visible tanto el conocimiento de sí misma como de la realidad observada. Porque “la naturaleza de lo real es una multiplicidad de términos que sólo a través de la palabra se deja, bellamente, conjurar”.


viernes, 24 de octubre de 2014

Dylan Thomas: Muertes y entradas

Muertes y entradas ha sido considerada la obra cumbre de Dylan Thomas (Swansea, 1914 – Nueva York, 1953). En tan sólo treinta y nueve años de vida se convirtió en uno de los poetas más populares y admirados en el mundo anglosajón de mediados del siglo XX. Fue publicada en 1946, al finalizar la Segunda Guerra Mundial (y varios poemas hacen referencia al trágico conflicto). Previamente había publicado Dieciocho poemas, Veinticinco poemas y El mapa del amor.
La poesía de Thomas es vitalista y pasional, con ciertos tintes surrealistas, a diferencia de la de su época de carácter más social. Tiene un agudo sentido de lo sagrado y lo numinoso, más fruto de su íntimo contacto con la naturaleza que derivado de unas determinadas convicciones religiosas, aunque tuviese un profundo conocimiento de la Biblia (de hecho utiliza recursos como repeticiones, letanías o fórmulas sacras en la construcción de algunos de sus poemas).
Un tema recurrente de sus versos es los recuerdos de infancia, por lo general asociados al contacto con la naturaleza. Eso ocurre en Poema en octubre: “Era mi trigésimo año hacia el paraíso /… / yo vi en el cambio claramente las olvidadas / mañanas de un chico que caminaba con su madre / atravesando las parábolas / de la luz del sol”; o en Colina del helecho –“cuando yo era joven y alegre, bajo los manzanos /…/ vivía libre y sin preocupación…”–, que es un canto a un tiempo y un espacio en armonía con la naturaleza y con otros seres humanos.
En Colina del helecho –uno de sus poemas más célebres– hay también un sentido de lo sacro, una comunión entre la voz poética y el medio natural. Es una oda de contenido casi místico a la inocencia y la infancia. No por ello deja de haber un sentimiento del inexorable paso del tiempo: “el tiempo me mantuvo verde y moribundo, / pero cantaba encadenado, como el mar.” También el paso del tiempo está recogido en Aniversario de boda: “Demasiado tarde en lluvia equivocada / a quien dividió su amor, se juntan; / las ventanas llueven en sus corazones / y las puertas arden en sus pensamientos.”
El yo está también muy presente en sus poemas, al dejarse llevar por su fuerza vital e, incluso, por una visceralidad que impregna su poesía. En Rechazo a lamentar la muerte, por fuego, de una niña en Londres, afirma rotundo: “Yo no asesinaré / la humanidad, de su ida a una verdad de tumba / ni blasfemaré las estaciones de la respiración / con una última / elegía de inocencia y juventud.” En este poema hay un sentido ambivalente porque, aunque la niña al morir, “entra en la sinagoga de maíz”, que puede tomarse como una promesa de vida eterna, concluye con un “tras la muerte inicial, ya no hay otra”, como si por el hecho de nacer ya se estuviera muerto para siempre.
La juventud, la plenitud y el amor  –en ocasiones con referencias explicitas al cuerpo y el sexo– son otros de sus temas; e, inevitablemente su opuesta: la muerte. Así en La boda de una virgen escribe: “el sol de ese día brincó desde el cielo de los muslos de ella /…/ aunque el momento de un milagro es relámpago sin fin”; y en Hubo un salvador habla de “el áspero amor que rompe toda roca”. Y la muerte hace su presencia, a parte de en el poema que da título al libro, en otros como Infortunio de una muerte: “Veo al tigre en lágrimas / en la andrógina tiniebla / su tribu en trizas y la humana luna camino del holocausto.”
El poema Muertes y entradas está constituido por tres estrofas que se inician anafóricamente: “En la casi incendiaria víspera…”, para, en los siguientes versos, exponer experiencias individuales y colectivas, y concluir con una reflexión. En la primera estrofa evoca la experiencia de la guerra, el dolor y el luto de la gente ante la pérdida de seres queridos: “inusual angustia en muchos casados de Londres.” La segunda establece un paralelismo entre los muertos propios y los del enemigo –“uno que es del todo desconocido”– ya que “él bañará su sangre de lluvia en el mar varonil / que caminó por tus propios muertos.” La guerra proporciona una ceguera que hace que unos no vean la humanidad de los otros. En la última hay una sensación apocalíptica. La “entrada” de un peligro mortal para el individuo –“extraños heridos…han buscado su sepulcro” –, la oscuridad se hará presente –“lanzarán los rayos / que anulen el sol” –, y, al final, “como el último Sansón de tu zodiaco”, se morirá con el enemigo a fin de matarlo también.
Debido a un simbolismo misterioso, a imágenes oscuras y a un surrealismo casi onírico, el asunto de algunos poemas es difícil de concretar, no se puede tener una idea clara de lo que el poeta quiere decir. Así ocurre en el poema Amor en el asilo: “Ha venido una extraña / a compartir mi espacio en la casa, /…/ corriendo el pestillo de la noche con su brazo de pluma.” O en Ceremonia tras un bombardeo donde escribe: “las masas del mar bajo / las masas del mar portadora de niños /…/ entra a parar para siempre / gloria gloria gloria / el partido reino último del trueno del génesis”; poema en el que también juega con las formas: “yomismos”, “perdonad / nos perdonad / dad / nos vuestra muerte.”
Se ha dicho que a Thomas le interesaba casi más la forma que el contenido; sin ser completamente cierto tampoco es muy inexacto. Hizo un amplio uso de la asonancia, la aliteración, las rimas internas, utilizando como principal unidad métrica el pentámetro, aunque adaptándolo a su sentido personal del ritmo. La base de sus poemas es una historia que se articula mediante una serie de imágenes visuales muy creativas e inusuales, a la par que misteriosas a veces (“casa a prueba de cielo con nubes entrantes”, “las mulas portan sus minotauros”, “cien cigüeñas se columpian en la mano derecha del sol”). En este libro, además, hay una sección al modo de caligramas, en dos partes, una con poemas en rombo y otra en forma de diábolo (Visión y oración). También se le ha tenido por excesivo y prolijo, fruto de una necesidad intrínseca nacida de su fuerza vital. Y a la búsqueda de una cierta pureza, de un paraíso perdido, al combate de Eros y Tánatos, a la manifestación del dolor humano, a la sacralización de la naturaleza, añade el conocimiento de que lo único que sobrevive a la muerte es la palabra.

© Copyright Rafael González Serrano

viernes, 19 de septiembre de 2014

Czesław Miłosz: Tierra inalcanzable

Czesław Miłosz, poeta polaco de origen lituano (había nacido en Vilna en 1911), publica Tierra inalcanzable –según otras traducciones Tierra inabarcable– en 1984 en Estados Unidos. Llevaba ya instalado allí desde 1960, a donde llegó procedente de su exilio parisino, entre 1951 y 1960. A pesar de haber sido representante de su gobierno en el extranjero, su enfrentamiento con el régimen comunista polaco le llevó a tal determinación (esa experiencia la plasmaría en un libro de referencia, La mente cautiva, 1953). En 1980 había recibido el premio Nobel. Morirá en su patria, en la ciudad de Cracovia, en 2004.
Entre las características de su poesía están la ironía y un cierto rechazo del subjetivismo (sin que por ello el “yo” deje de estar presente). Así en el poema Miandad escribe que escucha decir a la gente “Mis padres, mi marido, mi hermana…” y, afirma irónico, que se deleita aquí en la tierra con esa “miandad”. El subjetivismo deja paso a un cierto objetivismo al hablar de la naturaleza o las ciudades. En Al amanecer recuerda París, y considera la necesidad de que las cosas perduren: “Lanzo un conjuro a la ciudad pidiéndole que perdure”; aunque en Retorno a Cracovia en 1880 comprueba cómo las cosas son iguales con el paso del tiempo, mientras que ello contrasta con la insignificancia del ser humano, ya que “el mundo nos olvidará”.
En El jardín de las delicias, inspirado en el cuadro de El Bosco, ofrece varios de sus temas, desde el erotismo hasta la religiosidad. Así en el apartado Verano, describe “¡Qué ligeros son sus pasos! Sus caderas en pantalones, no en largos vestidos, / pies descalzos en sandalias, no en coturnos.” También el tema erótico está en el poema Annalena, donde en largos versículos escribe: “Me gustaba tu yoni aterciopelado, Annalena, los largos viajes en el delta de tus piernas. // Seguir río arriba hacia tu corazón palpitante por corrientes cada vez más salvajes saciado de la luz del lúpulo y de la negra enredadera.” Aunque la duda aceche al final: “Siempre con la inseguridad de si fuimos tú y yo, Annalena, o de si fueron amantes sin nombres en cuentos de placas de esmalte.”
En El jardín de las delicias, lo religioso adquiere un tono de trascendencia, en ocasiones,  y también de concluyente, de definitivo, al que, sin embargo, enfrentarse. Así en el apartado Paraíso, reconoce que hemos comido del árbol del conocimiento y que, por ello, “desde entonces buscamos el lugar auténtico”. En La Tierra habitan todas las tentaciones: “La tentación de las aguas. La tentación de las frutas. / La tentación de los pechos y del largo pelo de una doncella.” Todo ello buscándolo, celebrándolo, “En el aire, la tierra, el mar y las cuevas subterráneas. / Para que por un breve instante no exista la muerte.” Más, al fin, aparece el Infierno. Y todo lo que observa le sirve para inferir: “Que la humanidad existe / para proveer y poblar el Infierno / cuya esencia es perdurar.” Por consiguiente: “El resto, es decir, el Cielo, / el Abismo, los mundos girando son sólo por un instante.” Concluye: “Roguemos para que un día nos salvemos / del estado permanente.” El instante salvador frente a la eternidad condenatoria.
A parte de elegiaca su poesía es también epifánica, lo que implica encontrar el sentido original de comunicación con la divinidad, con el absoluto. Como a través de la plegaría. En Sobre la plegaria dice: “Cada uno por separado / siente piedad por los otros /…/ y sabe que si incluso no existiera la otra orilla / pasaríamos igualmente por ese puente aéreo.” Pero la inquietud religiosa se presenta desde una angustia existencial, adquiriendo un tono dual nada complaciente. En ese sentido es paradigmático el poema, La conciencia, en que expresa. “A veces creyente, otras no creyente, / me uno en el rito con los que son como yo.” Aunque también eleva su plegaria. “Jesús, Hijo de Dios, ilumíname pues soy pecador.” “Yo, la conciencia, empiezo por la piel /…/ Al tocar una corporeidad en el espejo, / ¿las toco todas, conozco la conciencia ajena?” Para al final afirmar: “no he revelado lo que realmente pienso”, porque los hombres, “no necesitan para nada unas vidas futuras ni adivinar / los tormentos que conocerán sus descendientes.”
Como no podía ser de otra manera, en sus textos también está presenta la metapoesía, la reflexión sobre la propia lengua y el hecho poético, aunque más bien cabría decir que se extiende sobre el hecho artístico en general. Así lo manifiesta en Inexpresado, donde  sí expresa su concepción del arte. Ya sea “construido con palabras, con sonidos musicales, con líneas y colores de pinturas, con bloques de esculturas y la arquitectura.” Aunque afirma que quien ingrese en ese mundo ya no necesita del otro “porque está construido contra él.” Pero “cuando nos deleitamos en él, empieza a desvanecerse como un palacio de niebla. Puesto que sólo lo mantiene en pie el afán de salir afuera, hacia el otro lado.” Y es que la escritura de Miłosz se origina en el encuentro conflictivo entre la imaginación y la realidad, en esa ardua frontera entre dentro y fuera, entre la luz y el abismo. Crear un espacio poético, sí; pero sin olvidarse de la inabarcable abundancia del mundo circundante.
Otra de las características de Miłosz es la multiplicidad de voces, lo que se ha denominado la polifonía de su obra. En Tierra inalcanzable hay esa variedad, no tanto en el sentido de que aparezcan varios protagonistas, o voces diferenciadas, sino en el de que a la irracionalidad le responde el racionalismo, hay individualidad frente a lo general, confrontación entre lo subjetivo y lo objetivo, entre la caducidad y lo inmutable, la fe y la religiosidad están puestas en duda por cierta angustia existencial. Esa multiplicidad genera la impresión de que el poeta pretende reconciliar las contradicciones, armonizar diferentes puntos de vista muy disímiles entre sí.
Precisamente esa confrontación entre fugacidad y permanencia se plasma en dos poemas como Mesa I y Mesa II.  En el primero escribe: “Sólo esta mesa es real. Pesada. De madera maciza. /…/ El resto es dudoso. También nosotros, aparecidos / por un momento o bajo la forma de hombre o de mujer / (¿Por qué o–o?) En vestidos que nos han sido destinados.” La disyunción apunta ya a un replanteamiento, a una nueva y distinta posibilidad. Y en Mesa II insiste, consciente de la fugacidad humana. De tal forma que la comunidad de “miradas, gestos tacto, ahora y desde hace siglos” no logran detener el tiempo. Lo duradero: los cuchillos, las escudillas, la porcelana azul y “esta mesa de madera maciza.”
Escribe, en otro lugar, el poeta que: “En el sueño desaparece la diferencia entre lo subjetivo y lo objetivo. / Somos a la vez objeto y sujeto, / es decir, nos miramos a nosotros mismos volar.” Conciliación de antítesis en el sueño, que viene a ser como conjurarlas mediante la escritura y así trascenderlas (“volar”). Porque está convencido de que sólo en la escritura “podría finalmente surgir la verdad definitiva.” Y para conseguir su objetivo despliega en sus poemas toda una serie de recursos, como la emoción contenida pero llena de alusiones, o la ironía que frena la pasión con la intención de elaborar un sistema de valores (ya que en nada es ajeno al dolor humano) con un profundo contenido ético. Pretende con su palabra penetrar en la realidad del misterio (religioso y de la vida). Y a pesar de contemplar el horror y la brutalidad (Segunda Guerra Mundial), intenta encontrar el bien, dar cuenta de él, y así hacer frente a la destrucción tanto física como moral.  

© Copyright Rafael González Serrano

martes, 1 de julio de 2014

Fragmentos de la llama (3)


Fecha

Número de vides maduras,
de pámpanos vencidos
por el peso
de un zumo goloso,
alimentado desde las raíces.

Cifra de una génesis:
única, mas plural,
por común a todos
en el rito de la carne y la tierra.

Epifanía del grito y la luz,
del gozo y el dolor,
cuando la semilla germina
en surcos feraces,
engendrando respiraciones
en limo y vientre;
desde el grano, desde la célula.

Confluencia de tiempos
al encarnarse un horóscopo
de jugos y sangre; coincidencia
de signos en el lugar
donde el júbilo talla el cristal.

De Fragmentos de la llama, Celesta, 2014.

lunes, 16 de junio de 2014

Fragmentos de la llama (2)


La luz ascética de un patio
juega con los visillos,
arrancando a la mariposa
de la mirada brillos de cristal,
como venidos del continente
hundido de los sueños.
El musgo del último crepúsculo
crepita sobre arrecifes de llamas,
cuando un mosto de espera
fermenta en vinagre de cítaras.
Ya las bocas ungidas por
los panales helados sólo saben
de copas derramadas y vidrios rotos,
de ropas vacías desnudadas
de los tactos, de paredes encaladas
por el sol de la reclusión.
Las cortinas abiertas al abismo
de una calle no ocultarán
esa huella de los ojos heridos.

De Fragmentos de la llama, Celesta, 2014.

lunes, 9 de junio de 2014

Fragmentos de la llama


Destripados vientres
                                 del adiós,
expuestos a una evidencia
   de escoria,
a una desolación de escarcha
abrasando ecos.
Un juego de errores,
una apuesta sobre tableros
   de barro,
atraviesan el azar impasible,
ciego al soborno.
Un gesto de añoranza
se emboza con la máscara
   de la fe vencida,
y se desvanece huyendo
   de pasados entusiasmos.
No habrá besos sobre las piedras,
las sombras se arrastrarán
sobre espinas de palabras,
los segundos yacerán agotados
   de recuerdos,
y ni siquiera el vacío
acudirá a la clausura final.

De Fragmentos de la llama, Celesta, 2014.

lunes, 26 de mayo de 2014

Feria del libro de Madrid 2014

El próximo 5 de junio, jueves, estaré en la caseta 50 de Terán Libros firmando mi libro   
Fragmentos de la llama, de 18,30 a 21,30 horas.



Estaría encantado de saludar a quienes pudierais pasaros ese día.

lunes, 5 de mayo de 2014

Rafael González Serrano: Fragmentos de la llama

Podría definirse el texto, en principio, como un ero-dromos in-verso. Es ciertamente un camino por el territorio del erotismo (ya sea en su consumación, ya en su advenimiento), y es in-verso en un doble sentido: tanto en el de que la escritura circula desde una extinción a un nacimiento, como en el de que aquella se plasma en el elemento básico que vehicula el poema.
Recorrido inverso, pues, el que lleva a cabo el autor de estos Fragmentos de la llama por el territorio de la piel y la escritura, y que se inicia en un recuerdo aparentemente concluso para acabar en el asombro que produce la pulsión del descubrimiento, tras atravesar distancias y cercanías, laderas y cimas, eclipses y amaneceres.
Como todo viaje es episódico e incompleto, y como en todo itinerario interesan más los diferentes lugares recorridos que el incierto desenlace de dicho trayecto. Lo fragmentario sustenta una mirada opuesta a un discurso totalizador, aunque no por ello sea menos intensa y persistente. Y es esa percepción, sabedora de sus límites, la que indaga en la alianza cómplice entre palabra y cuerpo al transitar los pliegues de un texto buscando sus oquedades secretas, ahí donde habita el tesoro de lo innombrable, la preciosa e inasible naturaleza de lo fugaz.
Y a la par que travesía es un texto agónico, pues sirve para poner de manifiesto la lucha antagonista entre el ocaso y la aurora, la confrontación eterna entre vida y muerte. Y esa oposición dialéctica entre Eros y Tánatos es un elemento clave que conforma la génesis  del poemario, en el que a una “memoria clausurada” le dan la réplica los “ojos del asombro”, y a la “distancia sobre el eclipse” le salen al paso, desafiantes, unos “fuegos” alzados sobre el “ara”, origen de esa llama que se yergue, aunque sea de forma fragmentaria y efímera en su vulnerabilidad.

jueves, 10 de abril de 2014

Salvatore Quasimodo: Oboe sumergido

Oboe sumergido de 1932 es el segundo poemario publicado por Salvatore Quasimodo (Módica, 1901- Amalfi, 1968), tras su primer título dado a la imprenta Aguas y Tierras (1930), si bien que, con posterioridad, han sido publicados dos títulos inéditos anteriores: Besa el umbral de tu casa y Nocturnos del rey silencioso.
Junto con Montale y Ungaretti, Quasimodo es uno de los máximos representantes del hermetismo, movimiento poético italiano nacido en los años veinte del siglo pasado. Este movimiento surgió como reacción al convencionalismo temático de Pascale y al tono retórico de la poesía d’anunnciana. Fueron continuadores del simbolismo de Mallarmé y de la poesía pura de Valéry, que buscaban en la poesía la palabra pura que alejase al lenguaje poético de su aspecto meramente comunicativo y le otorgase un valor expresivo absoluto. Los herméticos propugnaban la literatura como modelo completo de vida para alcanzar el sentido total de la existencia, al margen de las limitaciones de la temporalidad.
Se inicia el libro con el poema que precisamente la da título, Oboe sumergido. “Avanza pena, tarda tu don / en esta hora mía / de suspirar abandonos /… / Un gélido oboe vuelve a silabear / alegría de hojas perennes, / no mías”, para concluir “yo me siento yermo, / y escombros son los días”. Ya de inicio plantea una constante en su poesía: el enfrentamiento entre la temporalidad y la eternidad, la permanente confrontación finitud/inmensidad, a la que el hombre asiste, desde su soledad, y reflexivo se interroga por su vulnerabilidad frente al mundo.
Ese antagonismo entre el la fugacidad del tiempo humano y la perennidad del tiempo universal, puede ser superada desde el decir poético, que puede instaurar una persistencia  por medio de la memoria. Y ello se puede conseguir mediante la recuperación de la infancia como edad mítica. “Me acongojas, doliente reverdecer, / olor de infancia / que triste goce tuvo” (El eucaliptus). O en el poema Isla, donde duda si la dulce voz del canto es “infancia o amor”, o se pregunta si “me oculto en las cosas perdidas”.
Vuelve a plasmarse la dolorosa dicotomía de la tensión temporal en Reposo de la hierba: “hace siglos que la hierba reposa / su corazón conmigo. // Me despierta la muerte: / más uno, más solo”;  donde la perennidad –“reposo de la hierba”– entra en conflicto con la muerte concreta del ser, que le deja despojado en su unicidad y soledad irremediables –“más uno, más solo” –. El tiempo histórico colisiona con la intuición metafísica originada en el sentir. “De tu matriz / emerjo desmemoriado / y lloro. // Ángeles mudos caminan / conmigo; no respiran las cosas; / en piedra se ha mudado toda voz, / silencio de cielos sepultados. // Tu primer hombre / no sabe, pero sufre.” (A la noche). Esos “cielos sepultados” definen el más absoluto silencio, ante él, el hombre constata su radical soledad y, a pesar de que puedan acompañarle “ángeles mudos”, de lo que es consciente es de su dolor, no conocerá su destino pero sí que deberá sufrir.
Una religiosidad conflictiva está también presente en el libro. Así en Curva menor –“la leve curva del / del vivir sólo me queda” –, se dirige al Señor para amarle aunque sea “en la llaga que perfora la carne”; mas siente que “solo estoy / en la sombra que en noche se expande, / ni un hueco se abre al dulce / brotar de la sangre.”  La lamentación, mas también el implorar, están en otros versos: “Me arrepiento / de haberte entregado mi sangre, / Señor, mi refugio: // ¡misericordia!”. En otra ocasión, hay una entrega absoluta: “Tuya es mi sangre, / Señor: muramos” (Primer día). O, a veces, se contempla la presencia, no siempre salvadora, del ángel: “El ángel es mío; / soy su dueño: gélido” (El ángel).
Es también permanente la identificación que hace Quasimodo entre naturaleza y búsqueda interior. Así la presencia de lluvia, río, otoño, agua, cielo, bosque, etc. como elementos cargados de significado. La lluvia es: “Piedad del tiempo celeste, / de su luz / de aguas suspendidas” (Plegaria a la lluvia). Y en medio de la naturaleza y el tiempo, se enseñorea la noche. Al ya comentado A la noche, se pueden añadir otros poemas. En alguno, como Móvil de astros y quietud, “la noche nos arroja en engaño fugaz”. En otro, camina sobre el corazón de esa noche que es “un encuentro de astros / en archipiélagos insomnes”, pero solicita que se le conceda su día –“concédeme mi día”– para llorar “de amor por mí mismo” (Concédeme mi día). La identificación entre naturaleza y sentir profundo en una clave para descubrir la luminosidad inefable:“El corazón me descubrió subterráneo, / que tiene rosas y lunas que fluctúan, / y alas de animales de rapiña / y catedrales, desde las que persigue / el alba alturas planetarias” (Sufridas formas de árboles).
Sólo la labor poética puede enfrentarse al implacable tiempo mortal; las posibilidades de libertad del ser humano se manifiestan únicamente en la creación. De ahí que se salude el Nacimiento del canto: “Yazgo sobre ríos colmados / donde las islas son / espejos de sombras y de astros”. Y, a través del verso,  desentenderse de la muerte y anunciar la vida: “Sin memoria de la muerte, / unidos en la carne, / el rumor del último día / nos despierta adolescentes” (Sin memoria de la muerte). La “carne” como símbolo de la juventud, que es tanto como decir de la vida. Aunque no pueda tampoco desentenderse del sufrimiento. “En mí alimento un mal / de vivo que al cambiar /sufre incluso la carne”, y de que la palabra, en tanto que conocimiento, lo es también de lo irremediable: “En ti, completamente extraviada, / alza sus senos la belleza, /…/ Mas he aquí que si te tomo, / para mí te conviertes en palabra, en tristeza” (Palabra).
En Oboe sumergido Quasimodo usa con frecuencia sustantivos absolutos, sin artículo, también plurales indeterminados, imágenes oníricas, figuras como personificaciones (”duermen bosques”), hipérboles (“beber el cielo”), o metáforas que atribuyen elementos de la naturaleza a cualidades humanas (“corazón de huracán”, “amor de peñascales”), contribuyendo todo ello a un deseo por alcanzar lo eterno. El lenguaje se construye a partir de asociaciones de ideas por yuxtaposición, y mediante relaciones de  analogía, concibiendo así una poesía intuitiva que  persigue una revelación integral del ser humano.
© Copyright Rafael González Serrano

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