miércoles, 28 de marzo de 2018

Tadeusz Różewicz: Inquietud

En 1947 publica Tadeusz Różewicz (Radomsk, Polonia, 1921) su libro de poemas, Inquietud (según otras traducciones, Ansiedad). Antes había dado a la luz su primer libro de poemas, Los ecos del bosque en 1944, Luego vendrían El guante rojo (1948), La llanura (1954), Conversación con el príncipe (1960), La voz anónima (1961), El rostro tercero (1968), Regio (1969), Una pobre alma (1976), En la superficie del poema y en su interior (1983), Deslumbramientos (1987), Siempre un fragmento (1996), etc. Dramaturgo también, escribió piezas teatrales como El fichero (1968), La vieja dama espera sentada (1969), Matrimonio blanco (1975) o En el foso (1979). Murió en Wrocław en 2014.
Inquietud, aparecido tras la Segunda Guerra Mundial, es en gran medida tanto una reflexión como una respuesta a los horrores de los que había sido testigo. Tiene la certeza de haber vivido “un fin del mundo”, y al verse salvado no puede evitar el preguntarse sobre esta experiencia límite. Así ocurre en su poema Salvado donde escribe: “Tengo veinticuatro años / me salvé / cuando me llevaban al matadero. // Estos son hombres vacíos y unívocos: / el hombre y la bestia / el amor y el odio / el enemigo y el amigo / la obscuridad y la luz”. Da igual apelar a las virtudes que a las maldades porque “las nociones son sólo palabras”. La salvación se hallaría en el encuentro con un guía ético: “Busco a un preceptor y maestro / que me devuelva la vista el oído el habla /… / que separe la luz de la obscuridad.”
Pero el poeta no se excusa y, recordando su pasado reciente, su propia vivencia,  no sólo se considera víctima sino también culpable: “tengo veinte años  / soy asesino / soy un instrumento / tan ciego como la espada / en la mano del verdugo.” (Lamento).  El sujeto poético no encuentra un receptor superior –aunque lo busca como quedó señalado–; y una negación tan absoluta le obliga a intentar acercarse al ser humano que sufre, ya que otra posibilidad no sería sino la desesperación.
El sentir religioso es otro tema que aparece en sus composiciones aunque sea con un significado negativo de refutación, como evidente consecuencia de las atrocidades observadas y padecidas: “No creo en la transformación del agua en vino / no creo en el perdón de los pecados / no creo en la resurrección del carne” (Lamento); o como constatación de las monstruosidades infligidas a la inocencia, ya que “engañaron”, “escupieron”, “condenaron”, “colgaron”… a ese “cordero blanco / que quitaba / los pecados del mundo” (Blancura, en clara referencia al Agnus Dei qui tollis peccata mundi).      
Los horrores de la guerra, las crueldades de la historia, reaparecen una y otra vez, estando presentes en diversos poemas como Trencita (“Bajo los vidrios limpios / yacen los cabellos rígidos de los asfixiados / en las cámaras de gas”), o Testigo: “Cómo es posible escribir / sobre el amor / escuchando los gritos / de los asesinados y deshonrados / cómo es posible escribir / sobre la muerte / mirando las caritas / de los niños.”
Mas entre tanta miseria también reivindica la cruda verdad de la carne humana, de la decadencia como espacio de creación poética, pues rechazando los pretéritos valores estéticos se inclina por una ética desilusionada (el pesimismo existencial se manifiesta con insistencia en este libro). Por ello considera que “el poeta del basurero está más cercano a la verdad que el poeta de las nubes”. Y en el poema El cuento de las mujeres viejas expone la vejez como contraste y confirmación del estado del mundo tras la hecatombe de la guerra. En él afirma: “Me gustan las mujeres viejas / las mujeres feas / las mujeres malas” porque “son la sal de la tierra // no aborrecen / la basura humana.” En consonancia con un tiempo en el que el mundo se ha convertido en un estercolero al haberse derrumbado toda dignidad humana.
La contraposición –o alternancia– ente la vida y la muerte también se haya presente en varios poemas. Ya desde el inicio, en Rosa, las confronta: “Rosa es una flor / o el nombre de una muchacha muerta.” O en Rehabilitación después de la muerte en donde “Los muertos se acuerdan / de nuestra indiferencia / los muertos se acuerdan / de nuestro silencio / los muertos se acuerdan / de nuestras palabras”, pero al final, “los muertos no nos rehabilitarán.” Sin embargo, la vida es antagonista de la finitud como un don salvífico y genésico: “Después del fin del mundo / después de la muerte / me encontré en medio de la vida”, y comienza a crear el mundo nombrando las cosas, bien que “la vida humana tiene gran peso / el valor de la vida / supera el valor de todas las cosas” (En medio de la vida).
Como no podía ser de otra forma, la propia práctica poética es objetivo de sus composiciones. Para censurar la actividad de ciertos colegas: “juegan // olvidan / que la poesía contemporánea / es lucha por el aliento” (Liberación de la carga); o cuestionar si tiene sentido hacer poesía en los tiempos presentes: “Los poetas muertos / se van rápidamente / los vivos / arrojan / de prisa / nuevos libros / como si quisieran tapar con papel / un hoyo” (Desde hace un tiempo).
Pero también reflexiona sobre su propia tarea creativa; dónde tiene su origen, cuál es su viabilidad, qué valor pueda tener y qué finalidad conseguir. “De la grieta / entre yo y el mundo / entre yo y el objeto / de la distancia / entre el sustantivo y el adjetivo / intenta salir / la poesía” (En el teatro de sombras). Y en el poema Mi poesía expone una especie de poética: “nada explica / nada aclara / no renuncia a nada //… // obedece a su propia necesidad / a sus posibilidades / y limitaciones //… // abierta para todos / exenta de misterio / tiene muchas tareas / que nunca podrá cumplir.” Propone, pues, una poesía humilde, cotidiana, ética, franca y consciente de sus restricciones.          
Se ha considerado a Różewicz como creador de una “antipoesía”, quizá en una interpretación demasiado libre de una afirmación suya tan contundente como que “la poesía está muerta”. Este categórico veredicto ciertamente se dirige a una poesía del pasado, la de la palabra bella y metafísica. En el nuevo quehacer, el de una poesía consustancial con la situación posbélica, debían buscarse nuevos medios  acudiendo a una palabra despojada de toda retórica y que vaya directa al tema, haciendo uso de elementos como el monólogo interno, el diálogo, la descripción o, incluso, no poéticos (las referencias, las citas de autores, etc.). En poemas austeros, sin metro, rima, casi sin metáforas; despojados de cualquier ornamento, a fin de no apartarse del objetivo de reflejar la pérdida de normas morales y de valores sufrida por el hombre tras la devastadora contienda.      

                                                                                                © Copyright Rafael González Serrano

4 comentarios:

  1. He leído con cierta frecuencia a Paul Celan y a Nelly Sachs (incluyo la correspondencia mantenida entre ambos), y a otros poetas que han reflejado en su obra los horrores del holocausto. Recientemente, a los poetas españoles Félix Grande, como sabes, ya fallecido, y a Antonio Enrique, poeta de Granada a quien le han publicado hace poco su poemario "La palabra muda". Leeré ahora a este poeta polaco a quien desconocía.
    Un abrazo. Ada

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me alegro, Ada, de que tengas noticia de nuevo sobre un poeta que merece la pena leer por una de mis reseñas. Y también te agradezco el que sigas regularmente mis entradas. Otro abrazo para ti.

      Eliminar
  2. Me ha gustado mucho tu reseña.No he leído a este poeta pero sí a dos de sus compatriotas: Zagajewski y la Premio Nobel Szymborska y me parecen muy interesantes. Tomo nota para seguir con la poesía polaca, creo que la historia ha dejado en todos ellos un poso, una transcendencia única.
    Saludos. Mª Engracia

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Mª Engracia. Pues yo no conozco a Zagajewski, pero sí he leído -y reseñado- a Szymborska, Herbert y Milosz. Se ve que un país tan poco próximo a nosotros ofrece una buena nómina de poetas interesantes. Otro saludo para ti.

      Eliminar

Mapa de visitas mensuales

Me gustan (sin prioridad)

  • Thomas Mann, La montaña mágica
  • Louis Ferdinand Celine, Viaje al fin de la noche
  • Giuseppe Arcimboldo, Las estaciones, Los elementos
  • Arnold Schönberg, Peleas y Melisenda
  • Luis Cernuda, La realidad y el deseo
  • Chocolate Watchband, The inner mystique
  • William Faulkner, El ruido y la furia
  • Edgar Lee Masters, Antología de Spoon River
  • Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares
  • Starwberry Alarm Clock, Incense and peppermints
  • William Shakespeare, Hamlet, Macbeth
  • Vincenzo Bellini, Norma
  • Eugène Ionesco, El rinoceronte
  • Samuel Beckett, Esperando a Godot
  • Friedrich Nietzsche, El origen de la tragedia
  • Franz Kafka, El castillo, El proceso
  • Laurence Sterne, Tristram Sandy
  • Arthur Honegger, Pacific 231, Sinfoná litúrgica
  • Erick Satie, Gymnopédies
  • Sylvia Plath, Ariel
  • Odisseas Elytis, Es digno
  • Rainer Maria Rilke, Elegías de Duino
  • San Juan de la Cruz, Cántico espiritual
  • Love, Forever changes
  • James Joyce, Ulises
  • John Dos Passos, Manhattan transfer
  • Alban Berg, Lulú
  • Francisco de Quevedo, Poesía, Los sueños
  • Jorge Luis Borges, Ficciones, El otro, el mismo
  • Béla Bartok, Música para cuerda, percusión y celesta
  • Left Banke, Walk away Renee
  • Maurits Cornelis Escher, Relatividad, Reptiles, Mano con esfera
  • Harpers Bizarre, Feeling groovy
  • Hieronymus Boch, El jardín de las delicias
  • Ezra Pound, Cantos pisanos
  • Paul Celan, Amapola y memoria
  • Flamin' Groovies, Teenage head
  • Carl Off, Carmina burana
  • Nelly Shacs, Viaje a la transparencia
  • Beau Brummels, Triangle
  • Claude Debussy, Preludio a la siesta de un fauno
  • Paul Valéry, El cementerio marino
  • Thomas Stearn Eliot, La tierra baldía
  • Janis Joplin, Pearl
  • Anna Ajmátova, Requiem
  • Fernando Pessoa, Libro del desasosiego,
  • Doors, L.A. woman
  • Agustín García Calvo, Sermon de ser y no ser
  • Igor Stravinsky, La consagración de la primavera
  • Eduardo Mallea, El vínculo
  • Rafael Sánchez Ferlosio, Alfanhui
  • Pedro Salinas, La voz a tí debida