sábado, 18 de junio de 2011

William Butler Yeats: La escalera de caracol

Publicada inicialmente en 1929, La escalera de caracol es, junto con su anterior libro, La torre, el exponente máximo de la creación poética de Willian Butler Yeats. Ambas obras están escritas pasados los sesenta años (nació en 1865), en plena época de madurez; posteriores las dos, incluso, a la concesión del premio Nobel.
Se inicia el libro con un poema elegiaco, alumbrado por una luz crepuscular, “La luz de la tarde, Lissadell...” En el poema aborda el tema de la muerte –como en otras composiciones–, mas no considera a ésta como un final, sino como una forma de conocimiento: “Queridas sombras, ahora que sabéis todo ...” El paso del tiempo también está presente: “La inocencia y la belleza / no tienen más enemigos que el tiempo.” Pero con la lucha –aunque sea simbólica­­– puede alcanzarse la salvación, hay que “encender una cerilla, / y otra, hasta que el tiempo arda.”­­­ Enlazando con el anterior está el poema Muerte, preciso y crudo: “Ni el miedo ni la esperanza asisten / a un animal moribundo; / un hombre que espera su final / teme y espera todo.”
Un dialogo entre Mi Alma y Yo es un poema extenso que se estructura, precisamente, de manera dialogada entre esos dos personajes alegóricos. La visión desesperanzada la aporta El Alma, que afirma que “el hombre está enfermo, sordo, mudo y ciego”, o que “sólo los muertos pueden ser perdonados.” Sólo mediante un acto de renuncia total se puede alcanzar la liberación: “Piensa en la noche ancestral que puede, / si la imaginación desprecia la tierra / y el intelecto sus pensamientos... / liberarnos del crimen de la muerte y el nacimiento.” Es el Yo quien replica, a pesar de todo, que: “estoy contento de vivirlo todo otra vez / y aún otra vez más”; o también que: “estoy contento de seguir hasta su raíz / cada acontecimiento en pensamiento o acción.”
La referencia a otros lugares, tiempos y personas le sirve en La sangre y la luna para crear un espacio mítico donde se une el alma con la mente, donde es posible la comunión espiritual con la sabiduría de los ancestros. “Declaro que esta torre es mi símbolo, declaro / que esta monótona escalera de caracol es mi escalera ancestral.” Asunción de un pasado porque “la sabiduría es la propiedad de los muertos”, tanto como rechazo de un presente práctico, pues “el poder es una propiedad de los vivos.” Esta renuncia a lo terreno, a la vanidad de la apariencia, es una de sus constantes; por ello proclama “que este mundo pragmático, ridículo y sucio, que tan sólido parece, / puede desvanecerse al instante si la mente cambia de rumbo.” (Estas convicciones le hicieron, de hecho, repudiar el positivismo triunfante y acercarse a conocimientos mágicos y místicos –perteneció a una sociedad teosófica–, que estudiaría a lo largo de su vida).
El mundo poético de Yeats está lleno de símbolos que ilustran ese territorio explorable de la imaginación y el espíritu para conferirle un sentido, para crear un espacio poético con un significado. De ahí esas “tumbas de oro y lapislázuli”, o ese poema Símbolos, en donde no hay un solo verso que no esté cargado de referencias: “Una vieja torre golpeada por la tormenta, / un ermitaño ciego de la hora. // La espada que todo destruye / aún esgrimida por el loco errante. // Seda bordada en oro sobre el acero, / belleza y locura yacían juntas.” Torre, tormenta, ermitaño, hora, espada... todos elementos de un universo metafórico pleno de connotaciones.
En ocasiones, su visión –en sentido literal, pues a lo reflexivo o íntimo une lo visionario–  es apocalíptica, sin salida posible, como en Leche derramada: “Nosotros que hemos hecho y pensado /... debemos reflexionar y diluirnos.”  El presente es bien poco –“hay un placer entusiasta en lo que tenemos: el sonido de los guijarros en la orilla / bajo una ola fugaz”–, una simple sensación pasajera. Y en ese ocaso de la existencia, que naufraga entre la conciencia y la vaciedad, hay que elegir entre “la vanidad del día, o el remordimiento de la noche”, como escribe en La elección.
Los elementos de la naturaleza –cisnes, agua, luna, lago, bosque...– son usados como instrumentos de revelación de lo trascendente en lo cotidiano. Alguno de ellos es objeto de personificación, de tal modo que “enloquecida por mujeres fecundas / la luna titubea en el cielo”, invirtiendo con el juego de significantes la interpretación más convencional (La luna enloquecida). Un parque deviene espacio mítico, escenario “en el que los fundadores vivieron y murieron”, símbolo renacido de un pasado germinal, como ocurre en El parque de Coole (hay que recordar que ya anteriormente había tomado este lugar como referente en el título de su libro Los cisnes salvajes de Coole).
Bizancio es uno de sus poemas mayores. Se inicia con una descripción rotunda: “Las impuras imágenes del día se retiran, / la ebria soldadesca del Emperador está dormida, / el eco de la noche retrocede, canción de prostitutas / después de la campanada de la catedral”, para continuar, en la siguiente estrofa, en primera persona: “ante mí flota una imagen, hombre o sombra”, introduciendo el yo poético en la estructura del poema para darle otra perspectiva al contenido general. En esa medianoche de consumación sólo brilla “la agonía de la llama que no quema”, aunque entre los mármoles del salón pueden darse “esas imágenes que aún /  engendran otras nuevas”, como la de un “mar atormentado”. Llama, limo, sangre, delfín, mar... símbolos que iluminan y dan significado, todo lo alegórico que se quiera, a ese territorio metafórico de la noche.
Otro extenso poema es Vacilación. Está dividido en ocho partes que acogen desde máximas –“jamás ha vivido hombre alguno que tuviera bastante / gratitud de los hijos o amor de una mujer”–, hasta diálogos, como el que se produce entre El Alma y El Corazón. Reconoce su talante vehemente cuando afirma que “llevo, desde el seno materno, / un fanático corazón”, en Remordimiento por un discurso inmoderado. La ironía asoma, a la par que su rechazo de la pura racionalidad, en Los resultados del pensamiento: “El conocimiento, compañero, / una mujer querida y brillante”; añadiendo: “todo, todo por esa gloria / inhumana, amarga y arruinada.”
En esta obra, Yeats utiliza todos los recursos a su alcance: ya sea la elegía, el epigrama, el aforismo, como la forma dialogada, el poema breve, la composición extensa, la pluralidad estrófica; o va de la intuición lírica al implacable análisis, pasando por la sugerencia emotiva o la iluminación religiosa. Experimenta con todas las formas, creando imágenes que, como él mismo afirma, engendren otras nuevas. Partiendo de las raíces, de lo originario –encarnado en lo ancestral de su tierra irlandesa–, remonta hacia una espiritualidad universal, en la senda de los arquetipos colectivos yunguianos.  Su poesía, de este modo, es críptica en ocasiones, inclinada hacía lo misterioso y mágico, lo nocturno, la memoria y el tiempo, fusionando elementos míticos y locales (como ese parque de Coole). Emoción, lucidez y melancolía expresados con contención, aunque esto  no excluye un registro más expansivo en ocasiones, como cuando usa el tono oracular del visionario.
La edición española se basa en la publicación de 1933, a la que se añadían otras dos obras: Tal vez palabras para música y Una mujer joven y anciana. La primera son veinticinco poemas breves, al modo de canciones –sin ser compuestos para ser cantados–, donde se plasman los sentimientos del amor, la soledad, la vejez (su autor dijo que eran “todo emoción”). La segunda, es una breve pieza teatral, donde la voz protagonista experimenta, en forma de monólogo,  sobre la base de diferentes géneros dramáticos tradicionales. 
© Copyright Rafael González Serrano

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