domingo, 14 de julio de 2013

Francis Ponge: Cuaderno del bosque de pìnos

Escrito a modo de diario entre los meses de agosto y septiembre de 1940, el Cuaderno del bosque de pinos es una indagación en profundidad sobre la propia actividad de escritura y su posibilidad. Su redacción se efectúa al inicio de la guerra y, confiesa Ponge en el apéndice, que escribió de aquello sobre lo que tenía ganas de leer. En la correspondencia acerca del libro añadida al final de la edición, un interlocutor del poeta escribe: “Cada cosa en sí, rigurosamente específica y lograda, es excelente. La totalidad llega a ser una marquetería.” Habla de perfección casi científica, y del nacimiento de un poema y su explicación. Mas Ponge responde que más bien se trataría del “asesinato de un poema por su objeto”, afirmando que su poema no es sino “un esfuerzo en contra de la poesía”.
Este cuestionamiento de la propia posibilidad de escribir, es la que le lleva a una constante propuesta de escritura donde ésta es discutida, se descompone y recompone, se destruye y se genera. Debido a esta certeza, Ponge se posiciona del lado de las cosas, como lo postula en su gran obra de 1942, Le partie pris des choses (que puede traducirse como De parte de las cosas); el poeta se adhiere a las cosas, toma partido por ellas. De ahí que los objetos y la naturaleza, que son mudos, le atraigan, precisamente porque su expresión es aquella que deriva de las propias mutaciones naturales de los elementos que los constituyen.
El libro está dividido en tres partes. La primera, en prosa poética, Su reunión, describe El placer de los bosques de pinos; bosque que está compuesto por “grandes mástiles negros o a lo menos criollos”. En ese “tapiz de jade”, el pino se desprende del mayor número de sus miembros para que la savia sirva de provecho a la cima. El pino es un árbol bien definido que sirve de refugio frente a los elementos; de ahí que sea un sanatorio natural, un salón de música, una catedral de meditación (todo está dispuesto para dejar al hombre a solas con su meditación, sin nada que distraiga la mirada). Las hojas, semejan pelos duros, como dientes de peine (los que peinarían la cabellera de una pelirroja). Aparte de las piñas, de las horquillas vegetales, los musgos, los hongos... “aquí se fabrica madera”. Y el tallo de ese árbol es “un impulso sin arrepentimiento”. Identifica el placer de penetrar en un bosque de pinos con el de hacerlo en los aposentos privados de la naturaleza, en el tocador de una Venus pelirroja.
La segunda parte lleva por título Formación de un abceso poético. Hay una repetición abundante de motivos. El bosque es una brucería (por la abundancia de cepillos). Insiste en que el bosque es “una lenta fábrica de madera”, idea base o, como dice el autor, expresión exacta. Un cobertizo caldeado en el que viene a secarse la noble y salvaje pelirroja que sale de la bañera. Esta parte contiene varias composiciones en verso. El motivo de estos poemas es la descripción del bosque como brucería, rodeada de espejos, pelos verdes con mangos dorados, suelo bermejo, donde vino a peinarse Venus tras salir de la bañera humeante. Estos poemas contienen pequeñas variantes, se modifica alguna calificación, el orden de los versos, etc. En las vueltas y revueltas en torno al bosque (variantes, otras), van apareciendo en los versos finales, “cimas negligentes”, “la penumbra de sol manchada”, “albornoz de penumbra”, “surcado por moscas”, “cintas tejidas de átomos sin sueño”... Hay un juego combinatorio de los versos –incluso propone una posible secuencia matemática sin fin–, lo que hace que se llegue a expresiones como: “ya no queda en provecho de las moscas sin sueño / ... / sino un albornoz de penumbra de sol manchada”.
Vuelve Ponge a la prosa en la tercera parte, Todo esto no es nada serio. Realiza un recuento de lo añadido en la parte anterior por medio de los poemas, analizando algunos términos. Se cuestiona lo realizado afirmando que “debe progresar en el conocimiento y la expresión del bosque de pinos”. No se trata de “emplear las palabras más exactas para describir el sujeto” (lo que sería mero expresionismo), sino “de conocer el bosque de pinos”. Diferencia entre el pino social (en el interior del bosque) y el de la linde, que oculta los arcanos de su sociedad: esconden del exterior las miradas al interior. Un bosque es un monumento y una sociedad. El pino es un árbol social por naturaleza. Los pinos tienen la facultad de abolir sus expresiones primeras; en palabras de Ponge, “licencia de olvido”. Acopia y analiza una serie de términos propios del mundo vegetal –era un entusiasta de las precisas definiciones de los diccionarios–, como ramoso, maleza, vástagos, fronda, bosque, floresta, lindero, oquedal… Define, al final, los diversos tipos de bosque en función de su edad: de 40 años, oquedal sobre arbusto, de 40 a 60 años, medio oquedal … de más de 200 años, oquedal alto en regresión. Concluye que este pequeño opúsculo es (apenas) un “oquedal sobre arbusto”.
Muy alejado de la tradición romántica-simbolista e, incluso, de los excesos surrealistas –aunque se adhiriese al primer manifiesto–, su método consiste en dejar hablar a los objetos, no involucrarse en la enunciación (abandonando para ello el yo), para que el texto no se halle contaminado por taras sentimentales y surja exacto al escrutar minuciosamente cada detalle del objeto contemplado. Por eso, los escritos de Ponge se encuentran a mitad de camino entre la composición poética y la especulación teórica, una especie –con todo lo que conlleva de equívoco e inexacto– de poema-ensayo. Para él, el desafío del poeta es reencontrar el nombre verdadero de las cosas: de ahí su obsesión por los diccionarios (sobre todo por el Littré), y las definiciones precisas, tan habituales en el Cuaderno del bosque de pinos.
Su propuesta era “desembocar en fórmulas claras e impersonales”, para lo cual hay que sacar del objeto más elemental (la lluvia, el prado, un vaso, una naranja), un discurso completo. “El objeto es siempre más importante, más interesante, más capaz: no tiene ningún deber conmigo, soy yo quien tiene todos los deberes respecto a él”. En cada palabra escogida todo es significativo: la etimología, el sonido, la grafía. Constata lo real no sólo en la presencia de los objetos sino también en la forma de las palabras. De este modo, todo poema no es una invención súbita sino una producción, no existiendo diferencia entre el proceso y la obra. Toda metáfora utilizada no señala la analogía entre los objetos sino que desvela sus diferencias, afirmando que “la variedad de las cosas es en realidad lo que me constituye”. Las cosas, mudas, lanzan el reto al lenguaje de ser nombradas. Ponge, al hablar del objet (objeto) del poema, crea unos neologismos: objeu (objuego), y objoie (obgozo). Ciertamente, la alegría y lo lúdico se hallan bien presentes en este Cuaderno del bosque de pinos.

© Copyright Rafael González Serrano

9 comentarios:

  1. De turbio..." Cuaderno del bosque....."

    Atrapan tus letras dando brillo
    a un hermoso árbol,
    detallando su ramaje en poesía.

    ¡¡¡ precioso !!!

    un beso desde Argentina

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    1. Muchas gracias por tu comentario que tan bien ilustra el sutil lirismo pongiano.
      Otro beso para ti.

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  2. Rafael, un placer leerte.

    De vez en cuando intento lidiar con al naturaleza y el resultado queda bastante bien. Las metáforas, bien utilizadas, son un artilugio Davinciano muy manejable...

    M eha gustado. Saludos, Anna

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  3. Muchas gracias a ti, Anna, por valorar mi entrada. Sigamos con las metáforas creadoras de significados ocultos.
    Saludos, Rafael

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  4. Precisamente hoy he leído un poema de Ponge traducido, en su momento, por Borges.
    Felicidades por el artículo, Rafael. Un saludo.

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    1. Gracias a ti, José María; ya te he respondido a lo del libro. Seguimos en contacto. Un saludo.

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  5. No lo conocía
    ni el texto ni el autor
    y me gusta aprender
    de cuanto no sé,
    que es muchísimo,
    soy un pozo sin fondo
    absorbiendo literatura.

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    Respuestas
    1. Me alegro de que mis entradas te sirvan, Teresa. Un afectuoso saludo.

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