jueves, 15 de septiembre de 2011

René Char: Furor y misterio

Reúne René Char en Furor y misterio todos los libros escritos entre 1938 y 1947, desde Los que permanecen hasta El poema pulverizado, pasando por una de sus cumbres poéticas como es Hojas de Hipnos. Buena parte de esos libros están escritos mientras participaba en el maquis contra la ocupación alemana; por eso constituyen un impresionante testimonio de guerra, mas también muestran una firme voluntad de resistencia a la opresión y una profunda mirada a la condición humana. Furor, por cuanto eran tiempos de enfrentarse a la ignominia; misterio porque “existe más bien otro lugar, muy cerca de mí, que la poesía me revela, algo cuyo límite no puedo dejar de recorrer”. Rebelión y revelación unidos.
Por lo general, sus libros no se someten en su escritura a la división en versos; por tanto, su vehículo expresivo es la prosa poética. De este modo, la imagen paradójica, los aforismos, los apotegmas, las metáforas se van enhebrando en la sintaxis de la frase, imponiendo así un ritmo interno que confiere el sentido.
En Los que permanecen son plurales las formas y los temas. La mayoría son poemas en prosa, como Violencias :”Entreabro la puerta del jardín de los muertos. Flores serviles se recogen. Compañeras del hombre. Oídos del Creador.” Celebra a la Juventud : “La inclinación del hombre compuesta con la náusea de sus cenizas ... no basta para desencantaros.” En La oropéndola está la concisión precisa y definitiva de los versos: “La oropéndola entró en la capital del alba. / La espada de su canto cerró el lecho triste. / Todo terminó para siempre.” En No se oye está la esencialidad y la determinación: “Vine al mundo en la deformidad de las cadenas de cada ser ... Pese a la sed de desparecer, fui pródigo en la espera, con la fe animosa. Sin renunciar.” Aguarda alerta La libertad que “vino por esta línea blanca que puede significar la salida del alba o la palmatoria del crepúsculo.” Vienen luego los veros más concisos de El rostro nupcial: “El rigor de vivir se desgasta / sin cesar anhelando exilio.” En partición formal concluye el libro, encadenándose una tras otra sentencias con carácter meditativo (referencias a Heráclito, preconizador de la armonía de los contrarios), autoanalítico, y reflexiones constantes sobre la labor poética: “Mago de la inseguridad, el poeta no tiene otras satisfacciones que las adoptivas. Ceniza siempre inacabada”; “Conviene que la poesía sea inseparable  de lo previsible, pero todavía no formulado”; “El poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo”; “Rehusar la gota de imaginación que le falta a la nada supone consagrarse a la paciencia de devolver a lo eterno el daño que nos hace”; “El poeta, con la ayuda de secretos imposibles de calibrar, da tormento a la forma y la voz de sus manantiales:”
Emparentado con la forma expresiva de la última parte del libro anterior, está Hojas de Hipnos. Confiesa el autor que está escrito desde “la tensión, la cólera, el miedo, la emulación, el asco, el ardid, el furtivo recogimiento, la ilusión de futuro, la amistad, el amor.” Es un cuaderno con 237 fragmentos: máximas, aforismos, paradojas, sentencias, consejos, poemas en prosa, testimonios, donde se concentran sus experiencias y propuestas sobre la existencia y la poesía. Prontuario de una ética personal (“toda la autoridad, la táctica y el ingenio no valen lo que una partícula de convicción al servicio de la verdad”) y de una reflexión poética, desde la captación inmediata de lo real, sustentados en la estética de una voluntad lírica consciente de sí misma.
Escrito durante su actividad partisana (“el tiempo de los montes rabiosos y de la amistad fantástica”), hace referencia a lo cotidiano, a las gentes conocidas, a los camaradas, a las vivencias, a la acción concreta (“virgen el acto, incluso cuando se repite”); pero también al desencanto: “Porvenir amargo, amargo, entre los rosales”; la desconfianza: “Existe un hombre que se adelanta siempre a sus excrementos”; la disociación: “Nos hallamos desgarrados entre la avidez de conocer y el desespero de haber conocido”; la contradicción: “Por no alcanzar nunca su forma definitiva, el hombre es encubridor de su contrario”; la imposibilidad: “Las cosas más puras se siembran en un suelo que no existe”; el sentido del tiempo: “La eternidad es apenas más larga que la vida.” Aunque, sin embargo, “El ser humano es capaz de hacer lo que es incapaz de imaginar”; o que “Sólo los ojos son todavía capaces de emitir un grito”; o bien “La lucidez es la herida más cercana al sol” y “El camino del secreto baila en el calor”. Ese Hipnos, el Sueño clásico, es además la noche, donde señorea la luna que ilumina el poema.
La poesía de René Char acude a lo fragmentario como fuente de su energía creadora. Utiliza los materiales que le son útiles, desde la naturaleza a la historia, desde la lengua a la lucha. Y en esa visión globalizadora aúna contrarios, pensamiento y acción, lirismo y rudeza, intuición y pensamiento, murmullo en lo íntimo y grito frente a la opresión, la intolerancia y la muerte. Esperanzado en lo inesperado, requiriendo la presencia común (no es irrelevante que su gran antología temática se llame precisamente Común presencia), bien desde la soledad o desde la comunión con los demás. Coherente y honesto, hasta donde lo puede ser quien no reniegue de sus convicciones (y contradicciones): luchador por la libertad en la Resistencia contra la ocupación nazi, enemigo -frente a otros intelectuales- del totalitarismo soviético, opositor firme a las pruebas nucleares francesas. En fin, perseguidor sin desmayo del cuerpo y el alma del hombre.
© Copyright Rafael González Serrano

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