jueves, 19 de marzo de 2015

Seamus Heaney: Muerte de un naturalista

El poeta irlandés Seamus Heaney (1939-2013) publica Muerte de un naturalista en 1966. Aunque ha sido considerado su primer poemario, lo cierto es que anteriormente había publicado un breve libro en 1965, Eleven poems; pero éste se ha tenido más como una recopilación que como un libro unitario. Luego vendrían títulos como Norte (uno de sus más representativos), Trabajo de campo, El nivel del alcohol o Luz eléctrica. En 1995 recibió el premio Nobel.
El libro se inicia con el poema Cavando, en el que recobra la memoria de sus ancestros, concretamente su padre y su oficio de labrador. Plasma una escena que la memoria no quiere olvidar, estableciendo un paralelismo con su padre, pues si él cava la tierra el poeta cava la página con su pluma. “Y bajo mi ventana, el limpio y áspero sonido / cuando la pala se hunde en el suelo arenisco: mi padre está cavando /…/ Entre el pulgar y el índice / la regordeta pluma se acomoda. Yo cavaré con ella.” La figura de su padre vuelve a aparecer en un poema como Aprendiz:” Mi padre trabajaba con arado tirado por caballos, / sus hombros abombados como una tersa, henchida vela /…/ Los caballos tiraban ante el chasquido de su lengua.”
El poema que da título al libro, Muerte de un naturalista, es una recuperación de la infancia mas también una representación simbólica. El chico, curioso, se relaciona con los elementos de la naturaleza, fundamentalmente animales: “lo mejor era la baba cálida y espesa / de las huevas de rana que crecían como agua coagulada / a la sombra de las orillas.” Y recuerda como “un día caluroso, cuando los campos apestaban  / por las boñigas en la hierba, las ranas enfadadas / invadieron las charcas de lino…” Siente a esos seres también como una amenaza, como las fuerzas oscuras de la naturaleza, acechantes, y temía que “se habían reunido allí para vengarse”, y sabía “que si yo hundía mi mano, la atraparían las huevas.” Decide, por tanto, escaparse de ese lugar –que representa a la naturaleza–, y esa huida simboliza la muerte alegórica de ese naturalista.
Dentro del carácter autobiográfico y memorístico esta también el poema Interrupción a mitad del trimestre. En él evoca la muerte de un hermano más pequeño. Recuerda como, estando en el colegio, van a recogerle unos vecinos para llevarle a casa, en donde verá a su padre llorando y recibirá el pésame. Y describe la escena: “Tenía la amapola de un moratón en la sien izquierda. / Yacía en la caja de cuatro pies como en su cuna. / No había heridas llamativas, el topetazo había sido limpio.” Concluye anafóricamente:  “ Una caja de cuatro pies de largo, una por cada año.”
Entre los recuerdos de infancia están las personas, los lugares o, incluso, los animales. Así en El granero plasma su reencuentro con sus orígenes: “El maíz triturado yacía apilado como migas de marfil / o sólido como el cemento en sacos de dos asas.” Finaliza: “Los sacos de dos asas se acercaban como grandes ratas ciegas.” De nuevo, lo natural también en su aspecto más inquietante. La figura amenazadora de la rata estará presente en algún otro poema como Un progreso en el aprendizaje: “Me volví a contemplar / al roedor que acababa de desdeñar. // Ella giró sin rumbo durante un rato /… / Ella me aleccionaba. Yo la observaba.” Esa rata es también un símbolo que representa lo extraño al hombre y el peligro, y la define como “este terror frío, de piel húmeda, de pequeñas garras.”
Las faenas rurales se encuentran en poemas como El día de batir la mantequilla, en donde emplea la imagen de “coagulada luz del sol” para referirse a apetitoso producto. Mas también, entre esas prácticas rurales se encuentran otras de una gran crueldad, como la de matar a los cachorros de gato para evitar su proliferación; le estremecía ver cómo se les ahogaba y escuchar “sus suaves pezuñas arañando como locas.” Sin embargo, reconoce que el mundo campesino no tiene nada que ver con el urbano. “Hablar de ‘prevención de la crueldad’ tiene efecto en la ciudad, / donde consideran la muerte algo antinatural, / pero en las granjas bien organizadas, hay que atajar las pestes.” En la naturaleza, la muerte es algo consustancial, fuera de las convenciones sociales del medio urbano.
Pero esa tierra, cuyo poder el poeta trata de explorar y desentrañar, es la misma que ofrece dos tipos de crueldades: exige el esfuerzo de los agricultores para extraerle sus frutos, y a la par es quien acoge los cadáveres de los muertos en la 2ª Guerra Mundial. Ambas cuestiones aparecen En una recogida de patata. “Las cabezas se inclinan y los troncos se doblan, las manos buscan con torpeza / la negra madre /…/ Siglos / de miedo y de homenaje al dios del hambre.” En la sección III del poema escribe: “Calaveras vivientes, cegadas, balanceadas / sobre esqueletos enloquecidos / que arrasaron el país en el cuarenta y cinco, / devoraron la raíz enferma y murieron.” Con lo que enlaza en el poema los dos horrores: el miedo al hambre y la muerte por la propia guerra.
Los animales domésticos confieren a la cotidianidad de la vida agrícola un sentido, y explican ese paisaje recreado desde un presente distanciado, bien sea transformando a esos animales metafóricamente, bien describiéndolos con un naturalismo exagerado en el proceso creador. Lo primero se encuentra en Observando pavos: “Varados y desnudos sobre la frías losas de mármol / con la impúdica ropa interior de volantes de plumas /…/ Un pavo se empequeñece con la muerte /…/  El fuselaje está desnudo, las orgullosas alas rotas / el abanico de la cola convertido en vergonzoso timón.” Respecto a lo segundo, se lee en Vaca preñada: “Parece que se ha tragado un tonel. / Desde los cuartos delanteros a sus ancas / su vientre cuelga como una hamaca.”
Seamus Heaney nos está hablando del ciclo eterno de la vida y de la muerte. Tanto de lo que retorna al polvo como de lo que se nutre de la muerte para generar vida; de cómo de la destrucción se puede llegar al renacer. Para concretar esto, el poeta se vale de las cosas del mundo, pudiendo decirse que realiza un inventario de todas ellas, tanto de los seres animados, de los acontecimientos y estaciones, como de los objetos; por eso desfilan por sus poemas familia y animales, hábitos y costumbres, sucesos y personajes, alimentos y cosas, paisajes y clima. Su intención es tanto recrear y conocer ese mundo rural cuanto contrastarlo con la vida ciudadana.
Si el libro es un testimonio de fraternidad con la naturaleza, de reivindicación de ese entorno por medio de su recreación literaria (no hay que olvidarse de que también es literatura) y, en consecuencia, de búsqueda y aproximación a su conocimiento, no es descartable, por otro lado, una actitud pedagógica, en cuanto enseñanza al mundo citadino de las cosas que pueblan el mundo pero que son ignoradas por ese espacio urbano. Y, si se quiere, también confrontación, o una suerte de relación dialéctica entre dos mundos: el de la naturaleza, el campo, con el urbano, especialmente el académico y cultural, en el que el mismo tanto estaba integrado. Nostalgia, y homenaje, a un pasado y un mundo perdidos, tan dferentes y contrapuestos al mundo que era el espacio en que habitualmente ejercía sus actividades.

© Copyright Rafael González Serrano

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