Templo de las máscaras, Tikal
Sorprender los destellos en la oscuridad a través de las palabras, los sonidos y los silencios. (Blog que continúa la labor del anterior De turbio en claro)
lunes, 14 de octubre de 2019
miércoles, 25 de septiembre de 2019
lunes, 10 de junio de 2019
Edmond Jabès: El umbral La arena (y 2)
Y si el
desarraigo, la nada, el vacío, son la contraposición a los momentos vitalistas
de la pasión erótica, también el humor es un arma que utiliza para combatir esas
angustias existenciales, y del que el mismo declara: “el humor es la poesía, lo
cómico es prosa”, atestiguando así que habita en lo más hondo de la labor
poética, constituyéndola. Esa vena humorística –desde la agudeza a la
mordacidad– se encuentra sobre todo en sus libros compuestos por aforismos,
sentencias o apotegmas (y un tanto metaliterarios). Así en Las palabras trazan (1943-1951) escribe: “Por encima de la lluvia
el sol se muere de sed”; o “una amistad tal vez no sea más que un intercambio
de léxico.” Y entre la ironía y la
búsqueda del sentido de la creación literaria, están párrafos como: “La letra
gasta a la palabra que gasta a la frase
que gasta al libro que gasta al escritor que se arruina” (en De lo blanco de las palabras y de lo negro
de los signos 1953-56).
No es menor el
espacio que en sus obras le dedica al lenguaje, su significancia y función, y a
la escritura, en tanto que acto salvador, práctica que puede rescatarnos tanto
de las crueldades que la existencia impone en el acontecer cotidiano como de la
angustia consustancial con el ser humano, sometido a ese tránsito –una vez más,
el viaje– entre la vida y la muerte. La poesía se origina en la noche –de ahí
que “hacer visible la palabra” sea “ennegrecerla” para que así se identifique
con su procedencia–; al borde mismo de la frontera entre lo mudo y lo
explícito. Y la estrecha relación entre la vida y la escritura se manifiesta en
tanto que “hay seres que, durante toda su vida, han seguido siendo la mancha de
tinta al final de una frase inacabada” (de la sección Puertas de socorro, dentro del libro Las palabras trazan). Aunque también quiere recordarnos que lo
dicho es contingente frente al lenguaje que, aunque nos constituya, también
continúa más allá de nosotros, es independiente de nuestra azarosa presencia:
“Nada más compuesta, la frase muere. Las palabras le sobreviven.” Quizá la
única posibilidad de subsistencia sea esa infinita posibilidad que nos ofrece
la palabra poética, puesto que “cuando los hombres estén de acuerdo sobre el
sentido de cada palabra, la poesía no tendrá ya razón de ser” (también del
apartado Puertas de socorro).
En su libro De lo blanco de las palabras y de lo negro
de los signos incide nuevamente en el lenguaje y su naturaleza, así como en
su conflictividad con el pensamiento, y expone cómo la palabra alberga la
propia creación de la realidad y del tiempo. De tal forma que: “La palabra es
la enemiga de la idea. La idea es el pecado original” (de la sección Las palabras extranjeras). O: “La letra
desata a la palabra que desata a la imagen que desata al día” (del bloque Las ramas y la vela).
Sus poemas son
en ocasiones breves –como dichos o adagios, a veces axiomáticos–, en otras,
extensos, sinuosos, incluso torrenciales. La repetición anafórica encabeza
estrofas de variados poemas, recordando una letanía que se basase en
tradiciones religiosa judaicas. En La voz
de tinta, de 1949, en el extenso poema El
albergue del sueño, reproduce insistente los versos: “Con mis puñales /
robados al ángel / construyo mi morada”,
reiteración con tintes surrealistas, al igual que en múltiples versos de
este poemario (“monjes y escarabajos se cuelgan / al huidizo cuello de las
espadas”).
Las imágenes con
asociaciones inéditas, los sintagmas ilógicos, las figuras de cariz onírico,
alternan en su producción con otros versos más claros y precisos,
transparentes, recurriendo entonces a estribillos, paralelismos o rimas
sencillas. En ese proyecto de fusión entre
la poesía y el mundo que habita la obra jabesiana, hay lugar para el
encadenamiento de metáforas, las analogías telúricas o cósmicas, la generosa abundancia
–incluso desbordante– de tropos, o para la concentración de sentido, lo
mínimamente sustantivo del lenguaje, lo esencial que mora en la brevedad.
La segunda parte
del volumen –bastante más breve–, La
arena, recoge los poemas escritos entre 1974 y 1988. Como ya se ha
comentado, el desierto y, es natural, su elemento constitutivo, la arena (“toda
la memoria del mundo / está en un grano de arena”), son elementos recurrentes
en la obra jabèsiana. En esta sección, el espacio en blanco, la escasa
presencia de la palabra, la síntesis, dibujan un paisaje casi desértico en el
que el signo constituye el último refugio ante la invasión de un silencio que
hace replegarse a la palabra a sus espacios más íntimos, incluso a los márgenes
de las páginas, donde confundirse con la ausencia de voz. El adelgazamiento de
la voz implica una búsqueda de las fronteras, justo al borde de un abismo ante
el que no existe retorno (“el universo recorre la mano, desemboca en / el
abismo”), porque todo se apaga, se agota: “Todas las luces fueron luces de / polvo//… todas convertidas en polvo de
luz” –poema XIII de La memoria y la mano (1974-1980).
Frente a la
nada, la mano es un símbolo que para Jabès encarna el todo, desde acariciar a
matar, desde escribir a apresar; por eso la mano es la imagen de ese todo al
que aspiraba y el signo último donde refugiarse en esa búsqueda en la
inmensidad desértica del lenguaje y el silencio. Ya que la mano es la que trata
de encontrar los caminos en el blanco de la página –sinónimo del desierto–, con
el gesto de dibujar unos trazos que visibilicen el sentido oculto bajo la
ausencia de forma. Si bien que esas manos –o su prolongación, los brazos– son
también el instrumento para alcanzar nuestro ineluctable acabamiento: “”Sólo
disponemos de nuestros brazos / para alcanzar la muerte, a nado” (del poema Siempre esta imagen).
En los poemas de
esta segunda parte, es recurrente la presencia de la mano, de la arena, del
desierto y del vacío. Con la mano nos aferramos a una posible salvación, pero
también ello es factible al desasirnos. “Abre toda tu mano. / Esta apertura es
la salvación” –fragmento VII de Mano
suave para la propia herida, del libro La
sangre no lava la sangre (1976). Y en El
agua vuelve a reconocer cuál es el territorio propio –“El desierto fue mi
tierra. / El desierto es mi viaje, / mi errar”–; afirmando más adelante a lo
que en realidad nos enfrentamos: “El vacío, el vacío siempre de este lado.” El
poeta concluye en La llamada acerca
de su propia identidad y su condición contingente, así como de la carencia de
una respuesta clarificadora: “Busca mi nombre en las antologías. / Lo
encontrarás y no lo encontrarás./ Busca mi nombre en los diccionarios. / Lo
encontrarás y no lo encontrarás /… / ¿He tenido alguna vez un nombre? /
También, cuando muera, no busques / mi nombre en los cementerios. /… / Y deja
de atormentar, hoy, a quien / no puede responder a la llamada.”
© Copyright Rafael González Serrano
© Copyright Rafael González Serrano
jueves, 30 de mayo de 2019
Edmond Jabès: El umbral La arena (1)
Del mismo modo
que otros autores como Jules Supervielle, Marguerite Duras, Albert Camus o
Michel Houellebecq, Edmond Jabès es un escritor francés nacido fuera de
Francia; aunque su lengua originaria es el francés, a diferencia de otros
autores provenientes de diferentes lugares que escogerán ese idioma como lengua
de creación literaria (como Ionesco, Cioran o la segunda etapa de Beckett, por
ejemplo). Nació en El Cairo en 1912 en el seno de una familia judía francófona.
Su ingente obra, fundamentalmente en prosa, se reúne en los volúmenes que
constituyen el ciclo de El libro de las
preguntas (1963-1973), a los que siguieron las entregas de El libro de las semejanzas (1976-1980),
y El libro de los márgenes, ente
otros libros. Fallecerá en París en 1991.
En El umbral La arena (1943-1988) se reúne todas sus publicaciones poéticas, desde el primer título Construyo mi morada de 1957, donde ya se agrupa toda su obra entre 1943 y 1957, hasta La llamada de 1988 (aunque no se pueda considerar cada parte como un libro –las hay muy breves– sino más bien como una sección de un todo). Es pues este vasto volumen –setecientas páginas en la meritoria edición bilingüe del desaparecido sello Ellago Ediciones– una recopilación de toda su producción poética.
En El umbral La arena (1943-1988) se reúne todas sus publicaciones poéticas, desde el primer título Construyo mi morada de 1957, donde ya se agrupa toda su obra entre 1943 y 1957, hasta La llamada de 1988 (aunque no se pueda considerar cada parte como un libro –las hay muy breves– sino más bien como una sección de un todo). Es pues este vasto volumen –setecientas páginas en la meritoria edición bilingüe del desaparecido sello Ellago Ediciones– una recopilación de toda su producción poética.
Siendo como es imposible
analizar pormenorizadamente tan extenso volumen, nos centraremos en algunos de
los temas mostrados recurrentemente a lo largo de algunas secciones de estas
Obras completas. En la parte cuyo título general es El umbral, se incluyen las composiciones escritas entre 1943 y 1957
(viene a ser una reorganización definitiva de la primera compilación Construyo mi morada).
El libro (la
escritura, la palabra, la mano que escribe) y el desierto (la arena, la
errancia, la condición extranjera), serán dos de sus principales obsesiones;
son las metáforas de un territorio vacío –las páginas no escritas aún, las
arenas sin cruzar– que sólo puede llenar la palabra poética o el viaje; que la
pisada atravesará o la mano desvelará en la frontera entre lo dicho y lo no expresado.
Y a la cuestión de dónde proviene el impulso que posibilita esa tarea –el
camino, la redacción–, responde Jabès: “Sabemos que somos nosotros quienes
fabricamos nuestros recuerdos, pero hay una memoria más antigua que los
recuerdos… Memoria de todos los tiempos que dormita en nosotros y está en el
corazón de la creación.”
Y a cómo se
realiza el paso desde el silencio, o el vacío –que están en el origen de todo,
y quizá en el fin– a lo escrito, responde Jabès que mediante la escucha: “un
temblor de la escritura lo revela a veces; ese temblor está provocado por la
escucha”; la escucha del interior, o del universo. Porque el universo se halla
presente en su escritura mediante una serie de vínculos entre lo telúrico, lo
temporal, lo lírico: “Mis días son días de raíces, / son yugo de amor celebrado
//…// La tierra flota en / vanas visiones de viaje”, poema II de La ausencia de lugar (1956). Y lo
onírico y lo natural se enlazan en los contrapuntos existentes entre las
diversas voces –a las que también se suma ‘El eco’–que aparecen en el poema Las llaves de la ciudad (“tus guantes de
piel de océano / tus zapatos azules de sueño”).
Un elemento
esencial de su poesía es el conflicto proveniente de su condición de extranjero
y, por tanto, desgajado de sus orígenes. Y de ahí la ajenidad en relación con
el mundo que le rodea, y la errante condición que le lleva a tener el viaje y
el camino como referentes fundamentales. El poeta yerra, recorre espacios
(símbolos una vez más del vacío genésico), ya sea por tierra o por mar; y en la
tierra está presente el desierto (arena, dunas), y en el mar la inmensidad del
agua. Ese vagabundeo no deja de ser un éxodo permanente; de ahí que carezca de
un lugar propio, de ahí “la ausencia de lugar”. ‘La voz extranjera’ toma presencia
en varias composiciones, y en el poema El
extranjero afirma: “El extranjero tiene dificultades para que le entiendan
/ Le reprochan gestos y lengua / Y por su paciente cortesía / cosecha insultos
y amenazas” (recogido en La corteza del
mundo, 1953-1954). O en El peregrino:
“La tierra aprendida es una prisión / Los barrotes son los caminos contados”
(de El centro de la sombra, 1955).
El sufrimiento,
la violencia, la muerte, también transitan su obra. Así ocurre en Canciones para el almuerzo del ogro, poemas
escritos entre 1943 y 1945; composiciones en las que parece inspirarse en los
padecimientos sufridos por los judíos en la Shoah. “La tierra ignora a la
tierra / y el corredor agotado // se derrumba al borde del cielo” (Canción de de la serpiente con lunares);
y una vez más el motivo del forastero: “Con las piedras, un mundo se
reconcome / por ser, como yo, de ninguna
parte” (Canción del extranjero); y
abiertamente el acabamiento: “Mis dientes buscan una boca menos vacía / en la
tierra o en el agua, / en el fuego. / El mundo es rojo. //…// Los jinetes de la
muerte me llevan. / He nacido para amarles” (Canción del último niño judío).
En
contraposición a lo anterior, el amor, la emoción, el anhelo hacia esa mujer, a
la que celebra (“Hermosa… / de pies de sed por el agua calzados / Desmelenada
nunca más desnuda...”), así mismo configuran su obra. En varias composiciones
se dirige a esa mujer –a la que percibe en ocasiones con el cabello libremente
suelto– como una instancia salvadora frente a la desolación de la nada. “Basta
que un seno ruede en un pozo para que todas las aguas sean femeninas” (de los
poemas en prosa de Tres chicas de mi
barrio 1946-1947). En La sed del mar,
poema contenido en La voz de tinta (1949),
se dirige a un tú mujer, con todos sus atributos, sus identidades, sus
referentes, a quien expresa su deseo de que llegue a él: “el polvo levantado
del viento / aullando tu nombre / mi nombre”; y además, en esta ocasión, usando
un lenguaje claro y sencillo.
Con la anáfora
como recurso repetido, con el referente iterativo en la naturaleza, con el
apóstrofe apasionado hacia la mujer, construye alguno de sus poemas amorosos
más intensos, como ocurre en el extenso poema El fondo del agua de 1946. “Hablo de ti /…/ Hablo de ti / Una
multitud responde /…/ Y sin embargo / el silencio mata como la muerte.” Y
avanzando insiste: “Nada / sino la atracción del día sobre una sombra encerrada
/…/ Nada / sino la caída del fuego / sobre una semilla de cristal.” Para
concluir gozoso y contundente: “Hablo / para el viento en el mar /…/ para la
sal en las raíces /…/ para que dure el gesto /…/ Sólo / para clavarte viva / a
mi lado.”
© Copyright Rafael González Serrano
martes, 12 de marzo de 2019
Gilgamesh
Entre los días 8
de febrero y 3 de marzo se ha representado en la sala Jardiel Poncela del
Centro Cultural de la Villa (Madrid) la obra Gilgamesh, basada en el Poema de Gilgamesh, considerado como la
primera de las epopeyas literarias de la civilización. Su protagonista era el
rey sumerio histórico-legendario Gilgamesh, que pudo reinar en la ciudad de
Uruk en torno al 2750 a C.
La obra, basada
en un disperso material épico sumerio, fue fijada ya en época acadia o
paleobabilónica como tal epopeya en un largo poema de doce cantos recogidos en otras
tantas tablillas. Nos han llegado también versiones asirias posteriores de las
que incluso se conoce el nombre de sus
compiladores o adaptadores. Los poemas sumerios originarios recogen dos
ciclos poéticos, el de Enkidu (personaje fabulado) y el de Gilgamesh (personaje
legendario pero de historicidad fundada).
En el poema se
reflejan temas intemporales y de carácter universal como pueden ser la
aventura, la guerra, la religión, la amistad, el dolor, el miedo, la vida y la
muerte, la fama y la gloria, la relación del hombre con la naturaleza, la
búsqueda de la inmortalidad, la resignación ante el destino del hombre. El
poema en su proceso de fijación pasa por diversas etapas. Desde la primitiva
sumeria, donde el tono mágico y religioso se haya presente; la posterior
paleobabilónica, en la que se abordan los más altos asuntos –búsqueda de la
vida eterna– desde intereses plenamente humanos; hasta la versión asiria, más
centrada en cuestiones que afectan al hombre, ya sean tanto de índole cotidiana
o moral como trascendente.
La acción –aparte
de en los espacios externos donde se llevan
a cabo las aventuras, como el Bosque de los Cedros, donde se combate y
vence a Humbaba– se centra en la ciudad de Uruk (en la que –salvo futuros
descubrimientos arqueológicos que lo refuten– se origina la primera escritura, la
cuneiforme). Ha de destacarse también el viaje al país de Dilmun, a la búsqueda
de la inmortalidad, y la visita que Gilgamesh hace al Mundo Inferior en las
tablillas X y XI, ello no siglos sino milenios antes de que Dante paseara de la
mano de Virgilio por el Infierno.
Existen diversos
planos: el divino, con toda la cohorte
de dioses: Anu, Enlil, Ea, Inanna, Nergal, Ninsun (la madre divina de
Gilgamesh), los anunnaki; el heroico-mítico con Gilgamesh, Enkidu, Utnapishtim
(el Ziusudra sumerio), Humbaba, el Toro Celeste; o el humano, con la hieródula (prostituta
sagrada que inicia a Enkidu en el amor), o algunas vagas referencias a personajes populares. Los ámbitos eidéticos se articulan en torno a lo
civilizatorio (Gilgamesh), lo natural (Enkidu), y los condicionantes humanos. Las
fases del poema siguen las secuencias: tiranía del déspota; civilización de lo
salvaje mediante el amor humano; la amistad y su valoración; el espíritu de
aventura; el desafío a los dioses, combatiendo –y dando muerte– a sus criaturas;
la muerte como castigo; la búsqueda de la inmortalidad y su imposibilidad; la
resignación ante el destino.
Ciertamente en
la puesta en escena se pierden ideas, concepciones o matices de un texto tan
complejo como el original, si bien se debe reconocer que la representación
dramática del poema sigue bastante fidedignamente el desarrollo del mismo. Y puede
que no sea esencial entrar en consideraciones del tipo de si se debería
haber depurado la versión escénica a fin de homogeneizar la
terminología usada, dada la profusión de nombres sumerios empleados: Anu, Enlil, etc.; y así, en lugar de mencionar al acadio Shamash (dios
del sol) nombrar al sumerio Utu; o en
vez de la constante presencia de la diosa asirio-babilónica Isthar, citar a su
predecesora, la sumeria Inanna; (las alusiones al akitu, festividad del año nuevo, tienen sus referentes tanto en la
época sumeria como en la celebración en honor del dios babilónico Marduk).
Mas si la
temática sigue en buena medida la contenida en el original en esta
escenificación, es evidente que algún asunto se desliza de una manera un tanto
espuria. Resulta bastante inverosímil que en un texto del tercer milenio antes
de Cristo –al menos los primeros poemas lo son– se presente de una manera
abiertamente explícita el tema de la homosexualidad, como se nos pretende
mostrar en la pieza dramática al proponer sin ambages la relación erótica entre
Gilgamesh y Enkidu. Hay cuestiones que no deberían plantearse –por muy tentado
que se esté a dejarse arrastrar por lo que sólo el interés personal vislumbre como
una ocasión propicia–, al menos si se quiere mantener una cierta coherencia y
una mínima honestidad intelectual.
No obstante, a
pesar de esta objeción, es elogiable que en estos tiempos se haya llevado a
cabo la teatralización de una obra tan esencial de la cultura universal. Obra
en la que ya se recogen todos los motivos que a lo largo de la historia se han
ido planteando en las más elevadas manifestaciones de la creación literaria. Es
una apuesta arriesgada en un panorama cultural en el que se deambula entre la
banalización consumista y la castradora corrección política, censora de
cualquier manifestación incómoda para las ideas dominantes.
Los
condicionantes escenográficos –pequeño espacio, carencia de decorado– hacen que
la imaginación haya tenido que agudizarse en la dirección escénica: así la luz,
la música, la danza, el vestuario, la utilería, etc. han contribuido a llenar
ese espacio desnudo de la más mínima tramoya. Es de reconocer el esfuerzo –vocal,
físico, gestual– con que se han empleado los actores –algunos representando a varios
personajes–, en especial el trabajo más que solvente del que encarna a
Gilgamesh; aunque también habría que señalar las limitaciones tímbricas del que
da vida a Enkidu, el más flojo sin duda del elenco.
© Copyright Rafael González Serrano
lunes, 21 de enero de 2019
John Ashbery: Autorretrato en espejo convexo
Nacido en Nueva
York en 1927 publica Autorretrato en espejo convexo en
1975. Anteriormente habían aparecido poemarios como El juramento de la pista de
frontón (1962), Ríos y montañas (1966) o El doble sueño de la primavera
(1970); posteriormente verán la luz Una ola (1984), La tormenta de hielo (1987), ¿Oyes, pájaro? (1995), Susurros
chinos (2002) o Un país mundano (2007). Autor
también de libros en prosa y traducciones morirá en Nueva York en 2017.
La obra Autorretrato
en espejo convexo, en su edición original, consta de varios poemas,
incluido el que da título al libro. Hay una edición española que se ajusta a
esta versión, pero, dado que la composición central es lo suficientemente
extensa –casi seiscientos versos– y compleja, utilizaremos la publicación en
español que sólo recoge dicho poema ciñéndonos a la lectura de ese único poema.
El cuadro
homónimo del Parmigianino (Francesco
Mazzola), le sirve de referente para plasmar toda una serie de temas y
registros. Así inicia el largo poema con un tono descriptivo: “Como hizo el Parmigianino, la mano derecha / más
grande que la cabeza, adelantada hacia el espectador / y, replegándose
suavemente, como para proteger / lo que anuncia.” Y pasa a analizar la mirada y
lo que existe detrás de ella: “el alma es un cautivo… // mantenido en suspenso,
incapaz de avanzar hasta mucho más allá
/ de tu mirada.” Nos muestra el alma encerrada en la imagen: “Ahí
seguirás, intranquilo, sereno en / tu gesto que no es abrazo ni aviso / pero
que encierra algo de ambos en pura / afirmación que no afirma nada.”
Mas en la
observación también se percibe la futilidad de lo reflejado, la inanidad que
habita tras una mirada aparentemente escrutadora: “Veo tan sólo el caos / de tu
espejo redondo que lo organiza todo / en torno a la estrella polar de tus ojos
que está vacíos, / no saben nada, sueñan paro nada revelan.” Si bien que el
sueño es uno de los vectores que conforman la existencia y gracias a él podemos
encontrar la belleza de las formas: “Las formas conservan / una fuerte dosis de
belleza ideal, porque / las nutren nuestros sueños.”
Lo meditativo
convive con la introducción de diversas voces y perspectivas: así utiliza
referencias y citas de Vasari, Freedberg, Berg, que le sirven e de excusa para
reflexionar sobre el arte en sus distintos periodos, así como para desvelar
cuáles puedan ser las confluencias y contrastes con el presente. Todo ello
constituye un mosaico de diálogos que trata de reproducir las propias
interioridades de la mente humana.
Entre el pintor
autorretratado y el espectador se llega a producir un juego de miradas donde no
se sabe muy bien quién es realmente el observado: “Lo hemos sorprendido /
trabajando, pero no, él nos ha sorprendido / mientras trabaja.” Se puede pensar
que el Parmigianino nos está mirando pero,
en una nueva consideración sobre nuestras diferentes perspectivas, se podría
también afirmar que se estuviera mirando a sí mismo, por eso uno se sentiría
“confundido por un momento / antes de darte cuenta de que el reflejo / no es el
tuyo.”
El tiempo es
inaprensible en un presente que se escapa a todo intento por controlarlo
racionalmente: “El mañana es fácil, pero el hoy está inexplorado, / desolado,
reacio como cualquier paisaje / a rendir lo que son las leyes de la
perspectiva.” Sin embargo, ese presente sí que nos atrapa en sus redes –en
tanto que avistamos un futuro siempre postergado y que no llega nunca–; y por
eso “del presente estamos escapando siempre / y volvemos a caer en él”. Se
presenta la vida como un ineluctable presente continuo al que estar sometidos.
La contradicción
y conflicto entre las cosas existentes de la realidad (sobre todo en su
esencialidad) se constata porque “el principio de cada cosa individual es /
hostil a todas las demás y existe a costa de ellas”; e, incluso, el amor carece
de finalidad y de él sólo podemos afirmar su desconocimiento, puesto que del
amor “sabemos que no puede intercalarse entre dos momentos adyacentes, que sus
meandros / no llevan a ninguna parte… // y que [ellos] desembocan en una vaga /
sensación de algo que no puede conocerse nunca”.
Lo reflexivo, el
tono introspectivo, se funden con una expresión discursiva, con referentes
metaliterarios, con excursos explicativos. Su flujo poético se cimenta en
visiones de la realidad que, a su vez, se transforma y puede incluso
desaparecer; parece como si fuéramos imágenes de un recuerdo, de algo que pudo
haber sido; o actores involuntarios de un sueño. El propio poeta afirma que se
actúa sin ser consciente, movido por la necesidad que sortea nuestras
resoluciones para “crear algo nuevo / por su cuenta.” La poesía de Ashbery se
sustenta en algo inaprensible, ya que ni él mismo puede explicar “la razón de que todo haya de reducirse a una
sola / sustancia uniforme, un magma de interiores.”
© Copyright Rafael González Serrano
sábado, 6 de octubre de 2018
Jules Supervielle: El forzado inocente
Jules
Supervielle (Montevideo, 1884) publica El
forzado inocente en 1930. A pesar de su lugar de nacimiento, sus orígenes
son franceses por serlo sus padres, aunque quedó huérfano a los ocho meses y
fue criado por sus tíos. Además, toda su producción literaria será en francés.
Ya había publicado antes Poemas
(1919), Muelles (1920) o Gravitaciones (1925), aparte de otros
libros juveniles. Le seguirán Amigos
desconocidos (1934), La fábula del
mundo (1938), Memoria olvidadiza
(1949) o El cuerpo trágico (1959).
Autor también en prosa escribió obras teatrales, memorias o novelas como El hombre de la pampa (1923), El ladrón de niños (1926) o El superviviente (1928). Murió en Paris
en 1960.
El
forzado inocente
consta de diez secciones de diversa extensión. Dos de ellas –Oloron-Sainte-Marie
y Asir– fueron publicadas como libros
independientes en 1927 y 1928. La temática varia de una sección a otra: así la
muerte se halla presente en Oloron-Sainte-Marie,
la imposibilidad de la posesión en Asir,
el misterio y el anhelo de vivir en Detrás
del silencio, el aspecto conflictivo de la identidad en Rupturas, la angustia en Miedos o la confrontación con el mundo
adulto en La niña recién nacida.
Ya desde el
título se asiste a la armonización de contarios (el oxímoron de El forzado –o “condenado” o “culpable”–
inocente está constituido por una pareja de antónimos, como también ocurre
en algún otro libro suyo como Amigos
desconocidos). Y así se inicia el extenso poema –El forzado– que da inicio a la primera sección: “Ya sólo veo el día
/ a través de mi noche.” Lo cotidiano y la naturaleza –objetos, ríos, montes,
árboles– o el propio hombre y su
espacio más íntimo, el corazón, se hallan entre sus cuestiones, pues un poeta
de las preguntas. Y le reclama a la piedra –ese “falso hueso de la tierra”– que busque dentro de ella y le
transmita su poder, en esa búsqueda de algo inmutable frente a tanto signo de
lo perecedero, pues hasta el astro diurno “sólo tiene la noche como fin” (Sol).
En la segunda
sección, Asir, el deseo de tomar y
retener –ya sea un objeto, el tiempo, una situación, un espacio o el mismo amor– está destinado al fracaso pues siempre
escapará: “Asir, asir, la tarde, la manzana y la estatua, / asir la sombra / el
muro y el final de la calle…”, para concluir: “Manos, os gastáis / en este
juego grave. / Será preciso un día / cortaros, cercenaros” (Asir). Y no menos doloroso se muestra el
recuerdo del amor: “Tan lejos de ti estoy en esta soledad / que para
acariciarte / uno por un momento la muerte con la vida.” La búsqueda llevada a
cabo se muestra estéril: “Busco a mi alrededor más sombra y suavidad / de las
que se precisa para ahogar a un hombre / en el fondo de un pozo.” La actitud
escéptica del poeta se resuelve en ocasiones en una postura estoica: “No vuelvas
la cabeza… // No te muevas y espera a que tu corazón / se despegue de ti como
pesada piedra.”
La muerte es la
temática central del conjunto de poemas de Oloron-Sainte-Marie.
Por “la ciudad de mi padre” deambula el poeta (en esa ciudad murieron sus padres
cuando contaba pocos meses) buscando a esos “muertos de andares secretos”; esos
muertos que han “acabado ya con los labios, sus razones y sus besos.” Mas en
ellos encuentra una clara identidad con los vivos: “Nada es más cierto en
nosotros / que el frío que se os parece”
(Oloron-Sainte-Marie). Aunque también
les apela para que no se inmiscuyan en los asuntos de los vivos: “No os
entremezcléis en nuestros pensamientos / como la sangre fresca en las bestias
heridas” (Súplica).
La búsqueda de
la identidad, el distanciamiento y la pérdida de uno mismo, constituyen los
motivos del apartado Rupturas. La
duda sobre el propio yo se haya presente: “Soy yo quien está sentado / en el
talud de la noche?”; y en Despertar
afirma que “Se instala el día a mi lado / pero me emplaza el olvido. / Cuando
me acerco al espejo / no encuentro nada de mí.” Aunque apela a otros yos, como
los de los diversos lugares vividos, cree que logrará alcanzar la identidad a
través de una voz que lo reconozca; mas esa voz “que me prometía un rostro y
unas manos” calla.
Si la distancia,
la ausencia, nos constituyen, también los temores nos habitan (como en la
sección Miedos). Y la inquietante
ambigüedad del pronombre “lo” hay que rechazar:”No hay que decirlo / ni
siquiera nombrarlo” (Lo); ese “lo” es
lo repudiable, ahí donde no hay ni que “acercarse”. Frente a ese lugar de la
desazón defiende con orgullo el espacio de la soledad: “Dejad el cuerpo de este
hombre en paz / jamás vosotros encontraréis / las lejanías que están el él.”
Mas para encontrar una salvación habrá que adentrarse por los territorios de la
certeza –que siguen a los del misterio–, y que bien pueden adivinarse cuando se
cruza el umbral de la noche. Sobre ello versa el apartado Detrás del silencio: “Creemos coger una mano [cuando] nos
inclinamos hacia la aurora”; pues en el amanecer cabe albergar la esperanza:
“Se alza el día sobre el puerto / y arrastra el mundo tras él /…/ Me he mantenido
con vida en la noche viscosa.”
Más volcado
hacia el mundo externo, reivindica en Las
Américas una América virgen –“Devolvedme la América / del Atlántico y el Pacífico / y su gran cuerpo
al viento”– frente a una “América convertida / en frágil mano de piedra /
separada de una estatua” (Metamorfosis).
Y aboga por lo primigenio y no hollado: “Yo busco una América ardiente y
umbrosa /…/ con unos océanos que la toquen de cerca.” Pero en el apartado La niña recién nacida vuelve a mostrar
el poeta sus recelos hacia el mundo adulto, que supone una amenaza para la
inocencia infantil: ante las miradas extrañadas, la niña les insta a “que se
vayan, que se vayan / a su país de ojos fríos”; e intuye que tiene “que poner
orden / entre todas las estrellas / que tengo que abandonar.”
Supervielle
explora las contradicciones de la existencia humana para intentar armonizarlas,
así como sus oscuridades para tratar de iluminarlas. A una afirmación le sucede
una cuestión; la duda es su certeza pues no parece creer en respuestas
categóricas, definitivas. Busca conciliar los contrarios. La imagen es su
herramienta recurrente, usando a veces asociaciones de imágenes que pueden
resultar peculiares, pero cuya finalidad es estar al servicio del proceso
poético. Y si en sus poemas tiene que abordar variadas contradicciones y
generar la sucesión de preguntas que la dinámica escritural reclama no rehúye
llevar a cabo tamaño esfuerzo creativo.
© Copyright Rafael González Serrano
© Copyright Rafael González Serrano
martes, 26 de junio de 2018
Yves Bonnefoy: Principio y fin de la nieve
Publica Yves
Bonnefoy (Tours, 1923) Principio y fin de
la nieve en 1991 cuando ya poseía una larga trayectoria poética. Había
publicado con anterioridad Del movimiento
y de la inmovilidad de Douve (1953), Desierto
ayer reinante (1958), Piedra escrita
(1965), En la trampa del umbral
(1975), Lo que no tenía luz (1987); posteriores
son poemarios como Las tablas curvas
(2001) o La larga cadena del ancla
(2008). Autor también de un extenso número de libros de narrativa, ensayo literario,
estudios sobre arte, traducciones o un diccionario en cuatro tomos sobre
mitología, recibió diversos premios, falleciendo en Paris en 2016.
Principio
y fin de la nieve
se estructura en cinco partes. La primera La
gran nevada está constituida por quince poemas, la mayoría de ellos
titulados; la segunda, Las teas,
consta de un solo poema; así mismo la tercera, Hopkins Forest, consiste en un único extenso poema; la cuarta, Todo, Nada, son tres poemas numerados; y
la quinta, La única rosa, contiene
cuatro poemas también con numeración.
Bonnefoy crea un
espacio donde la nieve es protagonista, constatando que esa nieve y la
totalidad de lo que la rodea –es decir, la realidad– están en la propia
experiencia del autor. “Temprano, esta mañana, la primera nevada. El ocre, el
verde / se refugian debajo de los árboles.” La voz poética mira y describe las
cosas que le rodean, para así constatar el ámbito de lo real. Mas lo que se ve
puede también ser origen de confusión ya que “las sombras y los sueños tiene el
mismo peso.” El sueño es un elemento recurrente en el poemario, así se
preguntará “¿Por qué clarearán / ciertas palabras / cuando una sólo es noche /
y la otra un sueño?” (De natura rerum).
La levedad de la
nieve simboliza el retorno a una inocencia primigenia, donde poder decir sin
que las palabras se encuentren contaminadas por su carga significativa, y así
acudir al reencuentro con un tiempo ilimitado: “A ese copo / que en mi mano se
posa, le deseo / asegurar lo eterno / haciendo de mi vida y mi calor, /… /
simplemente un instante: este mismo, sin límites” (Un poco de agua).
A la par, la
imagen de la levedad de la nevada instaura un “desanudarse el cielo” para que
así se pueda captar la transcendencia de lo existente, precisamente por lo que
la transparencia, es decir, la simultaneidad de la presencia y la ausencia,
pueda significar. En referencia a Aristóteles el autor afirma que “lo que vale
es la transparencia”; y eso hay que expresarlo “en frases que resuene como un
rumor de abejas / o como un agua clara.”
En el puro acto
de la designación de las cosas elementales puede surgir la tentación de
abandonar ese mundo observado; de aquí que Bonnefoy –en primera persona y como
contraposición–, muestre también la pesadez, simbolizada en ese “hierro
roñoso”: “Avanzo. Pero al hierro / roñoso se me engancha / la bufanda, y se
rasga / en mí el paño del sueño” (El
jardín). Una experiencia de la plenitud no sería posible mediante una
evasión de la realidad, aunque el sueño no le abandone a lo largo de aquella.
En Las teas establece un paralelismo entre
nieve y palabra, presentando la escritura como fuego surgido en la palabra,
para concluir: “¿Pero acaso sabemos / si oímos tal palabra o la soñamos?”
También en Hopkins Forest se halla
esa identificación: “Igual que una nevada, / yo pasaba las páginas.” Aunque
reconoce que la realidad ha sido agredida por el lenguaje (ese “mundo que el
lenguaje ha devastado”). La conflictividad que reconoce entre esos dos ámbitos,
puede resolverse en ese espacio, Hopkins
Forest, donde “este suelo se abre / al infinito”, para que ya no haya “ni
arriba ni abajo.”
El
reconocimiento de las cosas comporta un mayor grado de conciencia de la
realidad, abriéndose así a la vida; lo que supondría una manera de decir “que
ya no se estuviese en el lenguaje solo.” La referencia a la nieve en primavera
es, a la par, a la renovación de la vida donde “el niño / es el progenitor de
quien lo toma / en sus manos de adulto una mañana y lo alza / en el
asentimiento de la luz” (Todo, Nada, I).
Ofrenda pues a ese renacimiento. Y afirmación: “Sí a escuchar, sí a hacer mío /
ese venero, el grito de alegría palpitante.”; aunque “el temblor de la alegría
en la escritura es / sólo una sombra,
acaso la más clara, / en palabras que siguen recordando” (Todo, Nada, II).
El reencuentro
con lo existente se muestra en los cuatro poemas que constituyen La única rosa, en los que se narra, por
parte de la voz poética, una secuencia en la que se describe la vuelta a una
ciudad y el reconocimiento de los lugares identificados con la infancia,
constatando “el ruido de las abejas / en el ruido de la nieve” (las abejas son
recurrentemente un signo de lo real a lo largo del poemario); y lo que decían
las abejas “parecen reflejarlo las infinitas lámparas”. Aunque de nuevo la duda
le haga sospechar que está “durmiendo, y sueñe, y vaya por caminos de infancia”
(La única rosa, III). Y que del
encuentro con la realidad se concluya que “la nieve pisoteada es la única
rosa.”
La experiencia
de la plenitud al fin es posible precisamente debido al ejercicio de escritura
llevado a cabo por la voz poética, a ese encuentro que se efectúa entre la
“nieve” y la “palabra”; ya que sólo lo escrito se proyectará más allá de la existencia efímera de las cosas. Frente a la presencia eventual de una nevada,
Bonnefoy ofrece la permanencia del poema: “Nieve / que has cesado de dar, que
ya no eres / la que viene sino la que en silencio / espera… / hemos notado, en
los cristales / empañados… / tu resplandor sobre la mesa grande” (Las teas). Un libro sobre la búsqueda y
el hallazgo, con la iluminación del verbo, pues, en palabras del autor, “para
el que busca, incluso si sabe que ningún camino le guía, el mundo en torno será
una morada de signos.”
© Copyright Rafael González Serrano
miércoles, 28 de marzo de 2018
Tadeusz Różewicz: Inquietud
En 1947 publica Tadeusz Różewicz
(Radomsk, Polonia, 1921) su libro de poemas, Inquietud (según otras traducciones, Ansiedad). Antes había dado a la luz su primer libro de poemas, Los ecos del bosque en 1944,
Luego vendrían El guante rojo (1948), La llanura
(1954), Conversación con el príncipe (1960), La voz anónima
(1961), El rostro tercero (1968), Regio (1969), Una pobre alma
(1976), En la superficie del poema y en su interior (1983), Deslumbramientos
(1987), Siempre un fragmento (1996), etc.
Dramaturgo también, escribió piezas teatrales como El fichero (1968), La vieja dama espera sentada (1969),
Matrimonio blanco (1975) o En el foso (1979). Murió en Wrocław en 2014.
Inquietud, aparecido tras la Segunda Guerra Mundial, es en gran
medida tanto una reflexión como una respuesta a los horrores de los que había
sido testigo. Tiene la certeza de haber vivido “un fin del mundo”, y al verse
salvado no puede evitar el preguntarse sobre esta experiencia límite. Así
ocurre en su poema Salvado donde escribe:
“Tengo veinticuatro años / me salvé / cuando me llevaban al matadero. // Estos
son hombres vacíos y unívocos: / el hombre y la bestia / el amor y el odio / el
enemigo y el amigo / la obscuridad y la luz”. Da igual apelar a las virtudes
que a las maldades porque “las nociones son sólo palabras”. La salvación se
hallaría en el encuentro con un guía ético: “Busco a un preceptor y maestro /
que me devuelva la vista el oído el habla /… / que separe la luz de la
obscuridad.”
Pero el poeta no se excusa y, recordando su pasado
reciente, su propia vivencia, no sólo se
considera víctima sino también culpable: “tengo veinte años / soy asesino / soy un instrumento / tan
ciego como la espada / en la mano del verdugo.” (Lamento). El sujeto poético
no encuentra un receptor superior –aunque lo busca como quedó señalado–; y una
negación tan absoluta le obliga a intentar acercarse al ser humano que sufre,
ya que otra posibilidad no sería sino la desesperación.
El sentir religioso es otro tema que aparece en sus
composiciones aunque sea con un significado negativo de refutación, como
evidente consecuencia de las atrocidades observadas y padecidas: “No creo en la
transformación del agua en vino / no creo en el perdón de los pecados / no creo
en la resurrección del carne” (Lamento);
o como constatación de las monstruosidades infligidas a la inocencia, ya que
“engañaron”, “escupieron”, “condenaron”, “colgaron”… a ese “cordero blanco / que
quitaba / los pecados del mundo” (Blancura,
en clara referencia al Agnus Dei qui
tollis peccata mundi).
Los
horrores de la guerra, las crueldades de la historia, reaparecen una y otra
vez, estando presentes en diversos poemas como Trencita (“Bajo los
vidrios limpios / yacen los cabellos rígidos de los asfixiados / en las cámaras
de gas”), o Testigo: “Cómo es posible escribir / sobre el amor /
escuchando los gritos / de los asesinados y deshonrados / cómo es posible
escribir / sobre la muerte / mirando las caritas / de los niños.”
Mas
entre tanta miseria también reivindica la cruda verdad de la carne humana, de
la decadencia como espacio de creación poética, pues rechazando los pretéritos
valores estéticos se inclina por una ética desilusionada (el pesimismo existencial
se manifiesta con insistencia en este libro). Por ello considera que “el poeta
del basurero está más cercano a la verdad que el poeta de las nubes”. Y en el
poema El cuento de las mujeres viejas expone la vejez como contraste y
confirmación del estado del mundo tras la hecatombe de la guerra. En él afirma:
“Me gustan las mujeres viejas / las mujeres feas / las mujeres malas” porque
“son la sal de la tierra // no aborrecen / la basura humana.” En consonancia
con un tiempo en el que el mundo se ha convertido en un estercolero al haberse
derrumbado toda dignidad humana.
La
contraposición –o alternancia– ente la vida y la muerte también se haya
presente en varios poemas. Ya desde el inicio, en Rosa, las confronta:
“Rosa es una flor / o el nombre de una muchacha muerta.” O en Rehabilitación
después de la muerte en donde “Los muertos se acuerdan / de nuestra
indiferencia / los muertos se acuerdan / de nuestro silencio / los muertos se
acuerdan / de nuestras palabras”, pero al final, “los muertos no nos
rehabilitarán.” Sin embargo, la vida es antagonista de la finitud como un don
salvífico y genésico: “Después del fin del mundo / después de la muerte / me
encontré en medio de la vida”, y comienza a crear el mundo nombrando las cosas,
bien que “la vida humana tiene gran peso / el valor de la vida / supera el
valor de todas las cosas” (En medio de la vida).
Como
no podía ser de otra forma, la propia práctica poética es objetivo de sus
composiciones. Para censurar la actividad de ciertos colegas: “juegan //
olvidan / que la poesía contemporánea / es lucha por el aliento” (Liberación
de la carga); o cuestionar si tiene sentido hacer poesía en los tiempos
presentes: “Los poetas muertos / se van rápidamente / los vivos / arrojan / de
prisa / nuevos libros / como si quisieran tapar con papel / un hoyo” (Desde
hace un tiempo).
Pero
también reflexiona sobre su propia tarea creativa; dónde tiene su origen, cuál
es su viabilidad, qué valor pueda tener y qué finalidad conseguir. “De la
grieta / entre yo y el mundo / entre yo y el objeto / de la distancia / entre
el sustantivo y el adjetivo / intenta salir / la poesía” (En el teatro de
sombras). Y en el poema Mi poesía expone una especie de poética: “nada
explica / nada aclara / no renuncia a nada //… // obedece a su propia necesidad
/ a sus posibilidades / y limitaciones //… // abierta para todos / exenta de
misterio / tiene muchas tareas / que nunca podrá cumplir.” Propone, pues, una
poesía humilde, cotidiana, ética, franca y consciente de sus restricciones.
Se ha
considerado a Różewicz como creador de una “antipoesía”, quizá en
una interpretación demasiado libre de una afirmación suya tan contundente como
que “la poesía está muerta”. Este categórico veredicto ciertamente se dirige a
una poesía del pasado, la de la palabra bella y metafísica. En el nuevo
quehacer, el de una poesía consustancial con la situación posbélica, debían
buscarse nuevos medios acudiendo a una
palabra despojada de toda retórica y que vaya directa al tema, haciendo uso de
elementos como el monólogo interno, el diálogo, la descripción o, incluso, no
poéticos (las referencias, las citas de autores, etc.). En poemas austeros, sin
metro, rima, casi sin metáforas; despojados de cualquier ornamento, a fin de no
apartarse del objetivo de reflejar la pérdida de normas morales y de valores
sufrida por el hombre tras la devastadora contienda.
© Copyright Rafael González Serrano
lunes, 29 de enero de 2018
Raymond Queneau: El instante fatal
Raymond Queneau (El Havre, 1903),
publica El instante fatal en 1948.
Antes había dado a la luz poemarios como Roble
y perro (1937), Los Ziaux (1943);
y luego vendrán, entre otros, Pequeña
cosmogonía portátil (1950), Si te
imaginas (1952, donde reúne sus primeros libros, y con el título de sus más
famoso poema), Cien mil millones de
poemas (1961), El perro con la
mandolina (1965), Batir la campaña
(1968), Moral básica (1975) … Más
conocido como prosista, con títulos como Zazie
en el metro (1959) o Las flores
azules (1965), fue cofundador del Oulipo (Taller de literatura potencial).
Murió en Paris en 1976.
En este libro se recogen poemas
escritos entre 1920 y 1948, por tanto, de diversa naturaleza y características:
la inspiración surrealista, el juego verbal, la ironía, la angustia por el paso
del tiempo y la inevitable decadencia. Consta de noventa poemas divididos en
cuatro secciones: Marina, Un niño ha dicho, Para un arte poético y El
instante fatal.
La primera sección se inicia con
el poema que le da título, Marina,
con tonos abiertamente surrealistas: “los peces tienen bonitas cabezas / que hay
que desplazarlos con frecuencia / a causa de los destrozos que hacen en el
corazón de las medusas”; o “Los tiburones no se aburren / con la funda de un
colchón / fabrican hermosas sábanas / para los ahogados astutos”. En ocasiones
acude a la enumeración torrencial de versos con asociaciones inverosímiles:
“ciclámenes del amor en ropa de incidencia /… / sistros de los bailes a las
lunas nefréticas” (Catálogo análogo).
El juego verbal se plasma en la contracción de palabras –“mencuentro”,
“desdhace”–, en la aproximación al habla coloquial –“delomás”, “quetenga”,
“sesuicidó”–, incluso se extiende a las matemáticas –de las que era un apasionado–,
“Cuando Uno hizo el amor con Cero” (Cisnes).
El humor es otro de los elementos
empleados con profusión en sus composiciones; no es sino una historia de humor
surreal El archipiélago donde se
describe la relación entre un archipiélago y un volcán. Y en algún otro poema
las asociaciones poéticas tienen un claro sesgo onírico; “Los carceleros rugen
de gozo cuando lamen las esposas / más frías que la campana de una iglesia”, y
que, con indisimulada evidencia, concluye con un “PROHIBIDO
NO SOÑAR” (La torre de marfil).
En la segunda parte hay diversas composiciones
a modo de canción. “Un niño ha dicho / yo sé unos poemas / un niño ha dicho /
iosé unas poyeseías / … / si el poeta pudiera echar a volar / los niños
querrían / partir con él” (Un niño ha
dicho). Utiliza también el soneto –Pinos, pinos y abetos–, el juego de
palabras, “kualkierkosa” (En el espacio),
la repetición anafórica: “al casi casi de los cisnes / cantan los cañizales /
al casi casi de un pino / tañen dos campaniles” (Los casi casi).
El tercer apartado –Para un arte poética– contiene, en
consonancia con el título, una especie de poética no exenta, desde luego, de un
tono humorístico. Va desarrollándola a lo largo de los poemas –es esta ocasión
numerados–, ya desde el inicial: “Un poema es muy poca cosa / apenas algo más
que un ciclón en las Antillas / que un tifón en el mar de China / que un
temblor de tierra en Formosa…”, en donde la ironía no deja de ser paradójica; o
viceversa. En otro poema concibe la poesía como un acto pasional, involuntario:
“las palabras basta con amarlas / para escribir un poema / nunca se sabe lo que
se dice / cuando nace la poesía”. Aunque la angustia del poeta también está
presente en el proceso de la escritura: “heme aquí frente a la nada / a nada en
absoluto”. Incluso el escepticismo puede concitar la burla agresiva hacia un
abstracto receptor: “a / la / posteridad / le digo mierda y más que mierda / y
requetemierda /… / a la posteridad / que espera su poema”.
La cuarta sección, El instante fatal, es la más extensa y
la más importante tanto formalmente como por el contenido. El poeta construye
toda una visión de la vida desde la muerte, o su proximidad en la senectud.
Unido a ello aparece también el tema del carpe diem. En El instante fatal, el
poema más estremecedor, articula una serie de versos en los que en una especie
de letanía al primero de cada serie de dos le responde un segundo en el que la
presencia de los muertos es incesante, obsesiva, ubicua: “Cuando entramos por
la boca y de través / en el imperio de los muertos // con nuestras verrugas nuestros piojos y
nuestros cánceres / como tienen todos los muertos // … // cuando el cuerpo esté
molido por la fatiga medular / que revienta a los muertos // y el cerebro
apolillado por tanto estilo gruyère / atributo de los muertos…” Y el poeta no
olvida que “siempre el instante fatal llega para distraernos”, incluso de esa
presencia insistente de los otros muertos para ofrecernos ineluctable la
propia.
El paso ineludible del tiempo se
muestra en el poema Envejecer (“Mi
juventud ha acabado / mi juventud se ha ido”), y especialmente en su poema más
famoso –que dio lugar a una canción de enorme éxito popular–, Si tú te imaginas: “Si tú te imaginas /
si tú te imaginas / chiquilla chiquilla… / que va a durar siempre / la estación
de los a… / la estación de los amores / cuánto te equivocas / chiquilla
chiquilla / cuanto te equivocas”.
Los títulos de los poemas de esta
sección son los suficientemente elocuentes, Lamentación,
Los muros (“el suelo de la tristeza /
está tejido de sufrimiento”), Los desgraciados,
Mi pequeña vida (“que espantosos son
/ esos dos huecos en lugar de ojos / que los muertos tienen”). En otras
composiciones la nostalgia y el recuerdo son amargos pues el poeta afirma que
“estoy tan muerto ya que no puedo ni llorar de risa” (Le Havre de Gracia); o en Si
la vida se va: “Si la vida se va / no hay vuelta de hoja / si la vida se va
a toda marcha / más vale pensar si vale la pena / que el sol salga”.
El drama de la existencia se
muestra en esa retahíla de desgracias acaecidas al hombre a lo largo de la
historia: “Tanto sudor humano / tanta sangre gangrenada / tantas manos agotadas
/ tantas cadenas /… / tantas guerras y tantas paces…” (Tanto sudor humano). En ocasiones impreca a los demás por la
rendición asumida: “porque decís sí a los miserables // porque mojáis el pan en
nuestra sopa // porque os bebéis el alcohol de nuestro vino” (A los otros). Ante el destino final,
vislumbrando esos cementerios que aún estando lejos no lo están demasiado,
todavía puede esbozar un gesto de impotente rebeldía: “Cuando vituperados los
diez mil seres de la tierra / cuando malditas las cien mil miserias / cuando
detestados todos los males / haya que ir
al cementerio / meemos en un jarro” (Regreso
a la tierra).
El Instante fatal es un libro donde Queneau da rienda suelta a su
libertad de expresión poética, forjando así una prosodia que rompe con las
estructuras convencionales al introducir el lenguaje coloquial, las bromas, el
humor, el tono familiar, los juegos. El poeta trata a las palabras como seres
vivos que, espera, “se conviertan en trabajadores” para así forjar un lenguaje
creativo. La poesía de Queneau contiene varios niveles de lectura. Un primero
sería aquel en el que el juego, el divertimento, la experimentación formal
gratifican una lectura menos atenta. Mas luego, en una lectura más profunda, aparece
la temática que da sentido al texto, desde el goce de la existencia al
ineludible trascurrir del tiempo y el ineluctable destino. En esa escritura
están contenidos los elementos simbólicos de su poética, en donde el humor –tan
frecuente– no deja de ser un mecanismo protector frente a la angustia de la
muerte. En la creatividad lírica de Queneau se encuentran íntimamente
imbricados lo trágico y lo burlesco sin que entre ambos se genere una relación
que por incompatible haga inviable su convivencia.
Nota final (ineludible). Como ya
ha ocurrido en otras ocasiones con libros de esta colección, la editorial no ha
tenido a bien no ya ofrecer un estudio preliminar o unas notas explicativas –ya
que no se trata de una edición crítica–, sino ni tan siquiera un breve prólogo
o introducción. No parece que esa sea la mejor forma de presentar un libro.
© Copyright Rafael González Serrano
© Copyright Rafael González Serrano
sábado, 23 de diciembre de 2017
Rafael González Serrano: Cruzar puertas traseras (Antología)
Retorno
Estuviste en el
infierno
de la renuncia;
de él volviste al
purgatorio
del mundo, el de la
espera
en noche de
jardines
y edenes
peligrosos.
Porque hay barcos
que
navegan los sueños
sobre acantilados
de ayeres;
porque hay
insomnios
que son salidas
de los túneles del
lodo.
Y a pesar de la
duda
que flaquea las
piernas
del vigía aterido,
hay posibilidades
de ser otro,
hay opciones de
rasgar
el velo de lo sumergido.
el velo de lo sumergido.
Tras la puerta
Al abrir la puerta
un mar de latidos
inunda la estancia,
y la esquina de una
fotografía
semeja un cónclave
de estremecimientos
sin origen definido.
No hay llaves que
clausuren
esa puerta de forma
definitiva,
como no hay
cerrojos que impidan
crecer a los
bosques.
Sólo el lamento de
las páginas de un libro
hará posible que la
hojarasca
ensombrezca ese
lugar
donde vicario viviste
de películas antiguas,
y donde los dos erais actores
de un baile de
marionetas.
Realidad
Conjurando
el páramo se queman
las
pesadillas que
flotan
en las turbias aguas
del
albañal.
Son
como pieles de nubes
que
se estiran en una topografía
de
trébol y suburbio,
cuando
las canciones ahogan
sus
notas enfermas.
No
hay ya héroes, y las víctimas
se
inmolan a sí mismas
en
el holocausto
de una coreografía final.
de una coreografía final.
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