martes, 12 de marzo de 2019

Gilgamesh

Gilgamesh, Palacio de Sargón II, Museo del Louvre

Entre los días 8 de febrero y 3 de marzo se ha representado en la sala Jardiel Poncela del Centro Cultural de la Villa (Madrid) la obra Gilgamesh, basada en el Poema de Gilgamesh, considerado como la primera de las epopeyas literarias de la civilización. Su protagonista era el rey sumerio histórico-legendario Gilgamesh, que pudo reinar en la ciudad de Uruk en torno al 2750 a C.
La obra, basada en un disperso material épico sumerio, fue fijada ya en época acadia o paleobabilónica como tal epopeya en un largo poema de doce cantos recogidos en otras tantas tablillas. Nos han llegado también versiones asirias posteriores de las que incluso se conoce el nombre de sus  compiladores o adaptadores. Los poemas sumerios originarios recogen dos ciclos poéticos, el de Enkidu (personaje fabulado) y el de Gilgamesh (personaje legendario pero de historicidad fundada).
En el poema se reflejan temas intemporales y de carácter universal como pueden ser la aventura, la guerra, la religión, la amistad, el dolor, el miedo, la vida y la muerte, la fama y la gloria, la relación del hombre con la naturaleza, la búsqueda de la inmortalidad, la resignación ante el destino del hombre. El poema en su proceso de fijación pasa por diversas etapas. Desde la primitiva sumeria, donde el tono mágico y religioso se haya presente; la posterior paleobabilónica, en la que se abordan los más altos asuntos –búsqueda de la vida eterna– desde intereses plenamente humanos; hasta la versión asiria, más centrada en cuestiones que afectan al hombre, ya sean tanto de índole cotidiana o moral como trascendente.
La acción –aparte de en los espacios externos donde se llevan  a cabo las aventuras, como el Bosque de los Cedros, donde se combate y vence a Humbaba– se centra en la ciudad de Uruk (en la que –salvo futuros descubrimientos arqueológicos que lo refuten– se origina la primera escritura, la cuneiforme). Ha de destacarse también el viaje al país de Dilmun, a la búsqueda de la inmortalidad, y la visita que Gilgamesh hace al Mundo Inferior en las tablillas X y XI, ello no siglos sino milenios antes de que Dante paseara de la mano de Virgilio por el Infierno.
Existen diversos planos: el divino, con toda la  cohorte de dioses: Anu, Enlil, Ea, Inanna, Nergal, Ninsun (la madre divina de Gilgamesh), los anunnaki; el heroico-mítico con Gilgamesh, Enkidu, Utnapishtim (el Ziusudra sumerio), Humbaba, el Toro Celeste; o el humano, con la hieródula (prostituta sagrada que inicia a Enkidu en el amor), o algunas vagas referencias a personajes populares. Los ámbitos eidéticos se articulan en torno a lo civilizatorio (Gilgamesh), lo natural (Enkidu), y los condicionantes humanos. Las fases del poema siguen las secuencias: tiranía del déspota; civilización de lo salvaje mediante el amor humano; la amistad y su valoración; el espíritu de aventura; el desafío a los dioses, combatiendo –y dando muerte– a sus criaturas; la muerte como castigo; la búsqueda de la inmortalidad y su imposibilidad; la resignación ante el destino.
Ciertamente en la puesta en escena se pierden ideas, concepciones o matices de un texto tan complejo como el original, si bien se debe reconocer que la representación dramática del poema sigue bastante fidedignamente el desarrollo del mismo. Y puede que no sea esencial entrar en consideraciones del tipo de si se debería haber depurado la versión escénica a fin de homogeneizar la terminología usada, dada la profusión de nombres sumerios empleados: Anu, Enlil, etc.; y así, en lugar de mencionar al acadio Shamash (dios del sol) nombrar  al sumerio Utu; o en vez de la constante presencia de la diosa asirio-babilónica Isthar, citar a su predecesora, la sumeria Inanna; (las alusiones al akitu, festividad del año nuevo, tienen sus referentes tanto en la época sumeria como en la celebración en honor del dios babilónico Marduk).
Mas si la temática sigue en buena medida la contenida en el original en esta escenificación, es evidente que algún asunto se desliza de una manera un tanto espuria. Resulta bastante inverosímil que en un texto del tercer milenio antes de Cristo –al menos los primeros poemas lo son– se presente de una manera abiertamente explícita el tema de la homosexualidad, como se nos pretende mostrar en la pieza dramática al proponer sin ambages la relación erótica entre Gilgamesh y Enkidu. Hay cuestiones que no deberían plantearse –por muy tentado que se esté a dejarse arrastrar por lo que sólo el interés personal vislumbre como una ocasión propicia–, al menos si se quiere mantener una cierta coherencia y una mínima honestidad intelectual.
No obstante, a pesar de esta objeción, es elogiable que en estos tiempos se haya llevado a cabo la teatralización de una obra tan esencial de la cultura universal. Obra en la que ya se recogen todos los motivos que a lo largo de la historia se han ido planteando en las más elevadas manifestaciones de la creación literaria. Es una apuesta arriesgada en un panorama cultural en el que se deambula entre la banalización consumista y la castradora corrección política, censora de cualquier manifestación incómoda para las ideas dominantes.     
Los condicionantes escenográficos –pequeño espacio, carencia de decorado– hacen que la imaginación haya tenido que agudizarse en la dirección escénica: así la luz, la música, la danza, el vestuario, la utilería, etc. han contribuido a llenar ese espacio desnudo de la más mínima tramoya. Es de reconocer el esfuerzo –vocal, físico, gestual– con que se han empleado los actores –algunos representando a varios personajes–, en especial el trabajo más que solvente del que encarna a Gilgamesh; aunque también habría que señalar las limitaciones tímbricas del que da vida a Enkidu, el más flojo sin duda del elenco.
             © Copyright Rafael González Serrano

lunes, 21 de enero de 2019

John Ashbery: Autorretrato en espejo convexo

Nacido en Nueva York en 1927 publica Autorretrato en espejo convexo en 1975. Anteriormente habían aparecido poemarios como El juramento de la pista de frontón (1962), Ríos y montañas (1966) o El doble sueño de la primavera (1970); posteriormente verán la luz Una ola (1984),  La tormenta de hielo (1987), ¿Oyes, pájaro? (1995), Susurros chinos (2002) o Un país mundano (2007). Autor también de libros en prosa y traducciones morirá en Nueva York en 2017.
La obra Autorretrato en espejo convexo, en su edición original, consta de varios poemas, incluido el que da título al libro. Hay una edición española que se ajusta a esta versión, pero, dado que la composición central es lo suficientemente extensa –casi seiscientos versos– y compleja, utilizaremos la publicación en español que sólo recoge dicho poema ciñéndonos a la lectura de ese único poema.   
El cuadro homónimo del Parmigianino (Francesco Mazzola), le sirve de referente para plasmar toda una serie de temas y registros. Así inicia el largo poema con un tono descriptivo: “Como hizo el Parmigianino, la mano derecha / más grande que la cabeza, adelantada hacia el espectador / y, replegándose suavemente, como para proteger / lo que anuncia.” Y pasa a analizar la mirada y lo que existe detrás de ella: “el alma es un cautivo… // mantenido en suspenso, incapaz de avanzar hasta mucho más allá  / de tu mirada.” Nos muestra el alma encerrada en la imagen: “Ahí seguirás, intranquilo, sereno en / tu gesto que no es abrazo ni aviso / pero que encierra algo de ambos en pura / afirmación que no afirma nada.”
Mas en la observación también se percibe la futilidad de lo reflejado, la inanidad que habita tras una mirada aparentemente escrutadora: “Veo tan sólo el caos / de tu espejo redondo que lo organiza todo / en torno a la estrella polar de tus ojos que está vacíos, / no saben nada, sueñan paro nada revelan.” Si bien que el sueño es uno de los vectores que conforman la existencia y gracias a él podemos encontrar la belleza de las formas: “Las formas conservan / una fuerte dosis de belleza ideal, porque / las nutren nuestros sueños.”
Lo meditativo convive con la introducción de diversas voces y perspectivas: así utiliza referencias y citas de Vasari, Freedberg, Berg, que le sirven e de excusa para reflexionar sobre el arte en sus distintos periodos, así como para desvelar cuáles puedan ser las confluencias y contrastes con el presente. Todo ello constituye un mosaico de diálogos que trata de reproducir las propias interioridades de la mente humana.
Entre el pintor autorretratado y el espectador se llega a producir un juego de miradas donde no se sabe muy bien quién es realmente el observado: “Lo hemos sorprendido / trabajando, pero no, él nos ha sorprendido / mientras trabaja.” Se puede pensar que el Parmigianino nos está mirando pero, en una nueva consideración sobre nuestras diferentes perspectivas, se podría también afirmar que se estuviera mirando a sí mismo, por eso uno se sentiría “confundido por un momento / antes de darte cuenta de que el reflejo / no es el tuyo.”
El tiempo es inaprensible en un presente que se escapa a todo intento por controlarlo racionalmente: “El mañana es fácil, pero el hoy está inexplorado, / desolado, reacio como cualquier paisaje / a rendir lo que son las leyes de la perspectiva.” Sin embargo, ese presente sí que nos atrapa en sus redes –en tanto que avistamos un futuro siempre postergado y que no llega nunca–; y por eso “del presente estamos escapando siempre / y volvemos a caer en él”. Se presenta la vida como un ineluctable presente continuo al que estar sometidos.
La contradicción y conflicto entre las cosas existentes de la realidad (sobre todo en su esencialidad) se constata porque “el principio de cada cosa individual es / hostil a todas las demás y existe a costa de ellas”; e, incluso, el amor carece de finalidad y de él sólo podemos afirmar su desconocimiento, puesto que del amor “sabemos que no puede intercalarse entre dos momentos adyacentes, que sus meandros / no llevan a ninguna parte… // y que [ellos] desembocan en una vaga / sensación de algo que no puede conocerse nunca”.
Lo reflexivo, el tono introspectivo, se funden con una expresión discursiva, con referentes metaliterarios, con excursos explicativos. Su flujo poético se cimenta en visiones de la realidad que, a su vez, se transforma y puede incluso desaparecer; parece como si fuéramos imágenes de un recuerdo, de algo que pudo haber sido; o actores involuntarios de un sueño. El propio poeta afirma que se actúa sin ser consciente, movido por la necesidad que sortea nuestras resoluciones para “crear algo nuevo / por su cuenta.” La poesía de Ashbery se sustenta en algo inaprensible, ya que ni él mismo puede explicar  “la razón de que todo haya de reducirse a una sola / sustancia uniforme, un magma de interiores.”         
                                                                                               © Copyright Rafael González Serrano   

sábado, 6 de octubre de 2018

Jules Supervielle: El forzado inocente

Jules Supervielle (Montevideo, 1884) publica El forzado inocente en 1930. A pesar de su lugar de nacimiento, sus orígenes son franceses por serlo sus padres, aunque quedó huérfano a los ocho meses y fue criado por sus tíos. Además, toda su producción literaria será en francés. Ya había publicado antes Poemas (1919), Muelles (1920) o Gravitaciones (1925), aparte de otros libros juveniles. Le seguirán Amigos desconocidos (1934), La fábula del mundo (1938), Memoria olvidadiza (1949) o El cuerpo trágico (1959). Autor también en prosa escribió obras teatrales, memorias o novelas como El hombre de la pampa (1923), El ladrón de niños (1926) o El superviviente (1928). Murió en Paris en 1960.
El forzado inocente consta de diez secciones de diversa extensión. Dos de ellas Oloron-Sainte-Marie y Asir– fueron publicadas como libros independientes en 1927 y 1928. La temática varia de una sección a otra: así la muerte se halla presente en Oloron-Sainte-Marie, la imposibilidad de la posesión en Asir, el misterio y el anhelo de vivir en Detrás del silencio, el aspecto conflictivo de la identidad en Rupturas, la angustia en Miedos o la confrontación con el mundo adulto en La niña recién nacida.
Ya desde el título se asiste a la armonización de contarios (el oxímoron de El forzado –o “condenado” o “culpable”– inocente está constituido por una pareja de antónimos, como también ocurre en algún otro libro suyo como Amigos desconocidos). Y así se inicia el extenso poema –El forzado– que da inicio a la primera sección: “Ya sólo veo el día / a través de mi noche.” Lo cotidiano y la naturaleza –objetos, ríos, montes, árboles o el propio hombre y su espacio más íntimo, el corazón, se hallan entre sus cuestiones, pues un poeta de las preguntas. Y le reclama a la piedra –ese “falso hueso de la tierra” que busque dentro de ella y le transmita su poder, en esa búsqueda de algo inmutable frente a tanto signo de lo perecedero, pues hasta el astro diurno “sólo tiene la noche como fin” (Sol).
En la segunda sección, Asir, el deseo de tomar y retener –ya sea un objeto, el tiempo, una situación, un espacio o el mismo amor está destinado al fracaso pues siempre escapará: “Asir, asir, la tarde, la manzana y la estatua, / asir la sombra / el muro y el final de la calle…”, para concluir: “Manos, os gastáis / en este juego grave. / Será preciso un día / cortaros, cercenaros” (Asir). Y no menos doloroso se muestra el recuerdo del amor: “Tan lejos de ti estoy en esta soledad / que para acariciarte / uno por un momento la muerte con la vida.” La búsqueda llevada a cabo se muestra estéril: “Busco a mi alrededor más sombra y suavidad / de las que se precisa para ahogar a un hombre / en el fondo de un pozo.” La actitud escéptica del poeta se resuelve en ocasiones en una postura estoica: “No vuelvas la cabeza… // No te muevas y espera a que tu corazón / se despegue de ti como pesada piedra.”
La muerte es la temática central del conjunto de poemas de Oloron-Sainte-Marie. Por “la ciudad de mi padre” deambula el poeta (en esa ciudad murieron sus padres cuando contaba pocos meses) buscando a esos “muertos de andares secretos”; esos muertos que han “acabado ya con los labios, sus razones y sus besos.” Mas en ellos encuentra una clara identidad con los vivos: “Nada es más cierto en nosotros  / que el frío que se os parece” (Oloron-Sainte-Marie). Aunque también les apela para que no se inmiscuyan en los asuntos de los vivos: “No os entremezcléis en nuestros pensamientos / como la sangre fresca en las bestias heridas” (Súplica).
La búsqueda de la identidad, el distanciamiento y la pérdida de uno mismo, constituyen los motivos del apartado Rupturas. La duda sobre el propio yo se haya presente: “Soy yo quien está sentado / en el talud de la noche?”; y en Despertar afirma que “Se instala el día a mi lado / pero me emplaza el olvido. / Cuando me acerco al espejo / no encuentro nada de mí.” Aunque apela a otros yos, como los de los diversos lugares vividos, cree que logrará alcanzar la identidad a través de una voz que lo reconozca; mas esa voz “que me prometía un rostro y unas manos” calla.
Si la distancia, la ausencia, nos constituyen, también los temores nos habitan (como en la sección Miedos). Y la inquietante ambigüedad del pronombre “lo” hay que rechazar:”No hay que decirlo / ni siquiera nombrarlo” (Lo); ese “lo” es lo repudiable, ahí donde no hay ni que “acercarse”. Frente a ese lugar de la desazón defiende con orgullo el espacio de la soledad: “Dejad el cuerpo de este hombre en paz / jamás vosotros encontraréis / las lejanías que están el él.” Mas para encontrar una salvación habrá que adentrarse por los territorios de la certeza –que siguen a los del misterio–, y que bien pueden adivinarse cuando se cruza el umbral de la noche. Sobre ello versa el apartado Detrás del silencio: “Creemos coger una mano [cuando] nos inclinamos hacia la aurora”; pues en el amanecer cabe albergar la esperanza: “Se alza el día sobre el puerto / y arrastra el mundo tras él /…/ Me he mantenido con vida en la noche viscosa.”
Más volcado hacia el mundo externo, reivindica en Las Américas una América virgen  –“Devolvedme la América / del Atlántico y el Pacífico / y su gran cuerpo al viento”– frente a una “América convertida / en frágil mano de piedra / separada de una estatua” (Metamorfosis). Y aboga por lo primigenio y no hollado: “Yo busco una América ardiente y umbrosa /…/ con unos océanos que la toquen de cerca.” Pero en el apartado La niña recién nacida vuelve a mostrar el poeta sus recelos hacia el mundo adulto, que supone una amenaza para la inocencia infantil: ante las miradas extrañadas, la niña les insta a “que se vayan, que se vayan / a su país de ojos fríos”; e intuye que tiene “que poner orden / entre todas las estrellas / que tengo que abandonar.”         
Supervielle explora las contradicciones de la existencia humana para intentar armonizarlas, así como sus oscuridades para tratar de iluminarlas. A una afirmación le sucede una cuestión; la duda es su certeza pues no parece creer en respuestas categóricas, definitivas. Busca conciliar los contrarios. La imagen es su herramienta recurrente, usando a veces asociaciones de imágenes que pueden resultar peculiares, pero cuya finalidad es estar al servicio del proceso poético. Y si en sus poemas tiene que abordar variadas contradicciones y generar la sucesión de preguntas que la dinámica escritural reclama no rehúye llevar a cabo tamaño esfuerzo creativo.

                                                                                               © Copyright Rafael González Serrano   

martes, 26 de junio de 2018

Yves Bonnefoy: Principio y fin de la nieve

Publica Yves Bonnefoy (Tours, 1923) Principio y fin de la nieve en 1991 cuando ya poseía una larga trayectoria poética. Había publicado con anterioridad Del movimiento y de la inmovilidad de Douve (1953), Desierto ayer reinante (1958), Piedra escrita (1965), En la trampa del umbral (1975), Lo que no tenía luz (1987); posteriores son poemarios como Las tablas curvas (2001) o La larga cadena del ancla (2008). Autor también de un extenso número de libros de narrativa, ensayo literario, estudios sobre arte, traducciones o un diccionario en cuatro tomos sobre mitología, recibió diversos premios, falleciendo en Paris en 2016.   
Principio y fin de la nieve se estructura en cinco partes. La primera La gran nevada está constituida por quince poemas, la mayoría de ellos titulados; la segunda, Las teas, consta de un solo poema; así mismo la tercera, Hopkins Forest, consiste en un único extenso poema; la cuarta, Todo, Nada, son tres poemas numerados; y la quinta, La única rosa, contiene cuatro poemas también con numeración.
Bonnefoy crea un espacio donde la nieve es protagonista, constatando que esa nieve y la totalidad de lo que la rodea –es decir, la realidad– están en la propia experiencia del autor. “Temprano, esta mañana, la primera nevada. El ocre, el verde / se refugian debajo de los árboles.” La voz poética mira y describe las cosas que le rodean, para así constatar el ámbito de lo real. Mas lo que se ve puede también ser origen de confusión ya que “las sombras y los sueños tiene el mismo peso.” El sueño es un elemento recurrente en el poemario, así se preguntará “¿Por qué clarearán / ciertas palabras / cuando una sólo es noche / y la otra un sueño?” (De natura rerum).
La levedad de la nieve simboliza el retorno a una inocencia primigenia, donde poder decir sin que las palabras se encuentren contaminadas por su carga significativa, y así acudir al reencuentro con un tiempo ilimitado: “A ese copo / que en mi mano se posa, le deseo / asegurar lo eterno / haciendo de mi vida y mi calor, /… / simplemente un instante: este mismo, sin límites” (Un poco de agua).
A la par, la imagen de la levedad de la nevada instaura un “desanudarse el cielo” para que así se pueda captar la transcendencia de lo existente, precisamente por lo que la transparencia, es decir, la simultaneidad de la presencia y la ausencia, pueda significar. En referencia a Aristóteles el autor afirma que “lo que vale es la transparencia”; y eso hay que expresarlo “en frases que resuene como un rumor de abejas / o como un agua clara.”
En el puro acto de la designación de las cosas elementales puede surgir la tentación de abandonar ese mundo observado; de aquí que Bonnefoy –en primera persona y como contraposición–, muestre también la pesadez, simbolizada en ese “hierro roñoso”: “Avanzo. Pero al hierro / roñoso se me engancha / la bufanda, y se rasga / en mí el paño del sueño” (El jardín). Una experiencia de la plenitud no sería posible mediante una evasión de la realidad, aunque el sueño no le abandone a lo largo de aquella.
En Las teas establece un paralelismo entre nieve y palabra, presentando la escritura como fuego surgido en la palabra, para concluir: “¿Pero acaso sabemos / si oímos tal palabra o la soñamos?” También en Hopkins Forest se halla esa identificación: “Igual que una nevada, / yo pasaba las páginas.” Aunque reconoce que la realidad ha sido agredida por el lenguaje (ese “mundo que el lenguaje ha devastado”). La conflictividad que reconoce entre esos dos ámbitos, puede resolverse en ese espacio, Hopkins Forest, donde “este suelo se abre / al infinito”, para que ya no haya “ni arriba ni abajo.”
El reconocimiento de las cosas comporta un mayor grado de conciencia de la realidad, abriéndose así a la vida; lo que supondría una manera de decir “que ya no se estuviese en el lenguaje solo.” La referencia a la nieve en primavera es, a la par, a la renovación de la vida donde “el niño / es el progenitor de quien lo toma / en sus manos de adulto una mañana y lo alza / en el asentimiento de la luz” (Todo, Nada, I). Ofrenda pues a ese renacimiento. Y afirmación: “Sí a escuchar, sí a hacer mío / ese venero, el grito de alegría palpitante.”; aunque “el temblor de la alegría en la escritura  es / sólo una sombra, acaso la más clara, / en palabras que siguen recordando” (Todo, Nada, II).
El reencuentro con lo existente se muestra en los cuatro poemas que constituyen La única rosa, en los que se narra, por parte de la voz poética, una secuencia en la que se describe la vuelta a una ciudad y el reconocimiento de los lugares identificados con la infancia, constatando “el ruido de las abejas / en el ruido de la nieve” (las abejas son recurrentemente un signo de lo real a lo largo del poemario); y lo que decían las abejas “parecen reflejarlo las infinitas lámparas”. Aunque de nuevo la duda le haga sospechar que está “durmiendo, y sueñe, y vaya por caminos de infancia” (La única rosa, III). Y que del encuentro con la realidad se concluya que “la nieve pisoteada es la única rosa.”
La experiencia de la plenitud al fin es posible precisamente debido al ejercicio de escritura llevado a cabo por la voz poética, a ese encuentro que se efectúa entre la “nieve” y la “palabra”; ya que sólo lo escrito se proyectará más allá de la existencia efímera de las cosas. Frente a la presencia eventual de una nevada, Bonnefoy ofrece la permanencia del poema: “Nieve / que has cesado de dar, que ya no eres / la que viene sino la que en silencio / espera… / hemos notado, en los cristales / empañados… / tu resplandor sobre la mesa grande” (Las teas). Un libro sobre la búsqueda y el hallazgo, con la iluminación del verbo, pues, en palabras del autor, “para el que busca, incluso si sabe que ningún camino le guía, el mundo en torno será una morada de signos.”

 
                                                                                                © Copyright Rafael González Serrano

miércoles, 28 de marzo de 2018

Tadeusz Różewicz: Inquietud

En 1947 publica Tadeusz Różewicz (Radomsk, Polonia, 1921) su libro de poemas, Inquietud (según otras traducciones, Ansiedad). Antes había dado a la luz su primer libro de poemas, Los ecos del bosque en 1944, Luego vendrían El guante rojo (1948), La llanura (1954), Conversación con el príncipe (1960), La voz anónima (1961), El rostro tercero (1968), Regio (1969), Una pobre alma (1976), En la superficie del poema y en su interior (1983), Deslumbramientos (1987), Siempre un fragmento (1996), etc. Dramaturgo también, escribió piezas teatrales como El fichero (1968), La vieja dama espera sentada (1969), Matrimonio blanco (1975) o En el foso (1979). Murió en Wrocław en 2014.
Inquietud, aparecido tras la Segunda Guerra Mundial, es en gran medida tanto una reflexión como una respuesta a los horrores de los que había sido testigo. Tiene la certeza de haber vivido “un fin del mundo”, y al verse salvado no puede evitar el preguntarse sobre esta experiencia límite. Así ocurre en su poema Salvado donde escribe: “Tengo veinticuatro años / me salvé / cuando me llevaban al matadero. // Estos son hombres vacíos y unívocos: / el hombre y la bestia / el amor y el odio / el enemigo y el amigo / la obscuridad y la luz”. Da igual apelar a las virtudes que a las maldades porque “las nociones son sólo palabras”. La salvación se hallaría en el encuentro con un guía ético: “Busco a un preceptor y maestro / que me devuelva la vista el oído el habla /… / que separe la luz de la obscuridad.”
Pero el poeta no se excusa y, recordando su pasado reciente, su propia vivencia,  no sólo se considera víctima sino también culpable: “tengo veinte años  / soy asesino / soy un instrumento / tan ciego como la espada / en la mano del verdugo.” (Lamento).  El sujeto poético no encuentra un receptor superior –aunque lo busca como quedó señalado–; y una negación tan absoluta le obliga a intentar acercarse al ser humano que sufre, ya que otra posibilidad no sería sino la desesperación.
El sentir religioso es otro tema que aparece en sus composiciones aunque sea con un significado negativo de refutación, como evidente consecuencia de las atrocidades observadas y padecidas: “No creo en la transformación del agua en vino / no creo en el perdón de los pecados / no creo en la resurrección del carne” (Lamento); o como constatación de las monstruosidades infligidas a la inocencia, ya que “engañaron”, “escupieron”, “condenaron”, “colgaron”… a ese “cordero blanco / que quitaba / los pecados del mundo” (Blancura, en clara referencia al Agnus Dei qui tollis peccata mundi).      
Los horrores de la guerra, las crueldades de la historia, reaparecen una y otra vez, estando presentes en diversos poemas como Trencita (“Bajo los vidrios limpios / yacen los cabellos rígidos de los asfixiados / en las cámaras de gas”), o Testigo: “Cómo es posible escribir / sobre el amor / escuchando los gritos / de los asesinados y deshonrados / cómo es posible escribir / sobre la muerte / mirando las caritas / de los niños.”
Mas entre tanta miseria también reivindica la cruda verdad de la carne humana, de la decadencia como espacio de creación poética, pues rechazando los pretéritos valores estéticos se inclina por una ética desilusionada (el pesimismo existencial se manifiesta con insistencia en este libro). Por ello considera que “el poeta del basurero está más cercano a la verdad que el poeta de las nubes”. Y en el poema El cuento de las mujeres viejas expone la vejez como contraste y confirmación del estado del mundo tras la hecatombe de la guerra. En él afirma: “Me gustan las mujeres viejas / las mujeres feas / las mujeres malas” porque “son la sal de la tierra // no aborrecen / la basura humana.” En consonancia con un tiempo en el que el mundo se ha convertido en un estercolero al haberse derrumbado toda dignidad humana.
La contraposición –o alternancia– ente la vida y la muerte también se haya presente en varios poemas. Ya desde el inicio, en Rosa, las confronta: “Rosa es una flor / o el nombre de una muchacha muerta.” O en Rehabilitación después de la muerte en donde “Los muertos se acuerdan / de nuestra indiferencia / los muertos se acuerdan / de nuestro silencio / los muertos se acuerdan / de nuestras palabras”, pero al final, “los muertos no nos rehabilitarán.” Sin embargo, la vida es antagonista de la finitud como un don salvífico y genésico: “Después del fin del mundo / después de la muerte / me encontré en medio de la vida”, y comienza a crear el mundo nombrando las cosas, bien que “la vida humana tiene gran peso / el valor de la vida / supera el valor de todas las cosas” (En medio de la vida).
Como no podía ser de otra forma, la propia práctica poética es objetivo de sus composiciones. Para censurar la actividad de ciertos colegas: “juegan // olvidan / que la poesía contemporánea / es lucha por el aliento” (Liberación de la carga); o cuestionar si tiene sentido hacer poesía en los tiempos presentes: “Los poetas muertos / se van rápidamente / los vivos / arrojan / de prisa / nuevos libros / como si quisieran tapar con papel / un hoyo” (Desde hace un tiempo).
Pero también reflexiona sobre su propia tarea creativa; dónde tiene su origen, cuál es su viabilidad, qué valor pueda tener y qué finalidad conseguir. “De la grieta / entre yo y el mundo / entre yo y el objeto / de la distancia / entre el sustantivo y el adjetivo / intenta salir / la poesía” (En el teatro de sombras). Y en el poema Mi poesía expone una especie de poética: “nada explica / nada aclara / no renuncia a nada //… // obedece a su propia necesidad / a sus posibilidades / y limitaciones //… // abierta para todos / exenta de misterio / tiene muchas tareas / que nunca podrá cumplir.” Propone, pues, una poesía humilde, cotidiana, ética, franca y consciente de sus restricciones.          
Se ha considerado a Różewicz como creador de una “antipoesía”, quizá en una interpretación demasiado libre de una afirmación suya tan contundente como que “la poesía está muerta”. Este categórico veredicto ciertamente se dirige a una poesía del pasado, la de la palabra bella y metafísica. En el nuevo quehacer, el de una poesía consustancial con la situación posbélica, debían buscarse nuevos medios  acudiendo a una palabra despojada de toda retórica y que vaya directa al tema, haciendo uso de elementos como el monólogo interno, el diálogo, la descripción o, incluso, no poéticos (las referencias, las citas de autores, etc.). En poemas austeros, sin metro, rima, casi sin metáforas; despojados de cualquier ornamento, a fin de no apartarse del objetivo de reflejar la pérdida de normas morales y de valores sufrida por el hombre tras la devastadora contienda.      

                                                                                                © Copyright Rafael González Serrano

lunes, 29 de enero de 2018

Raymond Queneau: El instante fatal

Raymond Queneau (El Havre, 1903), publica El instante fatal en 1948. Antes había dado a la luz poemarios como Roble y perro (1937), Los Ziaux (1943); y luego vendrán, entre otros, Pequeña cosmogonía portátil (1950), Si te imaginas (1952, donde reúne sus primeros libros, y con el título de sus más famoso poema), Cien mil millones de poemas (1961), El perro con la mandolina (1965), Batir la campaña (1968), Moral básica (1975) … Más conocido como prosista, con títulos como Zazie en el metro (1959) o Las flores azules (1965), fue cofundador del Oulipo (Taller de literatura potencial). Murió en Paris en 1976.
En este libro se recogen poemas escritos entre 1920 y 1948, por tanto, de diversa naturaleza y características: la inspiración surrealista, el juego verbal, la ironía, la angustia por el paso del tiempo y la inevitable decadencia. Consta de noventa poemas divididos en cuatro secciones: Marina, Un niño ha dicho, Para un arte poético y El instante fatal.
La primera sección se inicia con el poema que le da título, Marina, con tonos abiertamente surrealistas: “los peces tienen bonitas cabezas / que hay que desplazarlos con frecuencia / a causa de los destrozos que hacen en el corazón de las medusas”; o “Los tiburones no se aburren / con la funda de un colchón / fabrican hermosas sábanas / para los ahogados astutos”. En ocasiones acude a la enumeración torrencial de versos con asociaciones inverosímiles: “ciclámenes del amor en ropa de incidencia /… / sistros de los bailes a las lunas nefréticas” (Catálogo análogo). El juego verbal se plasma en la contracción de palabras –“mencuentro”, “desdhace”–, en la aproximación al habla coloquial –“delomás”, “quetenga”, “sesuicidó”–, incluso se extiende a las matemáticas –de las que era un apasionado–, “Cuando Uno hizo el amor con Cero” (Cisnes).
El humor es otro de los elementos empleados con profusión en sus composiciones; no es sino una historia de humor surreal El archipiélago donde se describe la relación entre un archipiélago y un volcán. Y en algún otro poema las asociaciones poéticas tienen un claro sesgo onírico; “Los carceleros rugen de gozo cuando lamen las esposas / más frías que la campana de una iglesia”, y que, con indisimulada evidencia, concluye con un “PROHIBIDO NO SOÑAR” (La torre de marfil).
En la segunda parte hay diversas composiciones a modo de canción. “Un niño ha dicho / yo sé unos poemas / un niño ha dicho / iosé unas poyeseías / … / si el poeta pudiera echar a volar / los niños querrían / partir con él” (Un niño ha dicho). Utiliza también el soneto  –Pinos, pinos y abetos–, el juego de palabras, “kualkierkosa” (En el espacio), la repetición anafórica: “al casi casi de los cisnes / cantan los cañizales / al casi casi de un pino / tañen dos campaniles” (Los casi casi).
El tercer apartado –Para un arte poética– contiene, en consonancia con el título, una especie de poética no exenta, desde luego, de un tono humorístico. Va desarrollándola a lo largo de los poemas –es esta ocasión numerados–, ya desde el inicial: “Un poema es muy poca cosa / apenas algo más que un ciclón en las Antillas / que un tifón en el mar de China / que un temblor de tierra en Formosa…”, en donde la ironía no deja de ser paradójica; o viceversa. En otro poema concibe la poesía como un acto pasional, involuntario: “las palabras basta con amarlas / para escribir un poema / nunca se sabe lo que se dice / cuando nace la poesía”. Aunque la angustia del poeta también está presente en el proceso de la escritura: “heme aquí frente a la nada / a nada en absoluto”. Incluso el escepticismo puede concitar la burla agresiva hacia un abstracto receptor: “a / la / posteridad / le digo mierda y más que mierda / y requetemierda /… / a la posteridad / que espera su poema”.
La cuarta sección, El instante fatal, es la más extensa y la más importante tanto formalmente como por el contenido. El poeta construye toda una visión de la vida desde la muerte, o su proximidad en la senectud. Unido a ello aparece también el tema del carpe diem. En El instante fatal, el poema más estremecedor, articula una serie de versos en los que en una especie de letanía al primero de cada serie de dos le responde un segundo en el que la presencia de los muertos es incesante, obsesiva, ubicua: “Cuando entramos por la boca y de través / en el imperio de los muertos //  con nuestras verrugas nuestros piojos y nuestros cánceres / como tienen todos los muertos // … // cuando el cuerpo esté molido por la fatiga medular / que revienta a los muertos // y el cerebro apolillado por tanto estilo gruyère / atributo de los muertos…” Y el poeta no olvida que “siempre el instante fatal llega para distraernos”, incluso de esa presencia insistente de los otros muertos para ofrecernos ineluctable la propia.
El paso ineludible del tiempo se muestra en el poema Envejecer (“Mi juventud ha acabado / mi juventud se ha ido”), y especialmente en su poema más famoso –que dio lugar a una canción de enorme éxito popular–, Si tú te imaginas: “Si tú te imaginas / si tú te imaginas / chiquilla chiquilla… / que va a durar siempre / la estación de los a… / la estación de los amores / cuánto te equivocas / chiquilla chiquilla / cuanto te equivocas”.
Los títulos de los poemas de esta sección son los suficientemente elocuentes, Lamentación, Los muros (“el suelo de la tristeza / está tejido de sufrimiento”), Los desgraciados, Mi pequeña vida (“que espantosos son / esos dos huecos en lugar de ojos / que los muertos tienen”). En otras composiciones la nostalgia y el recuerdo son amargos pues el poeta afirma que “estoy tan muerto ya que no puedo ni llorar de risa” (Le Havre de Gracia); o en Si la vida se va: “Si la vida se va / no hay vuelta de hoja / si la vida se va a toda marcha / más vale pensar si vale la pena / que el sol salga”.
El drama de la existencia se muestra en esa retahíla de desgracias acaecidas al hombre a lo largo de la historia: “Tanto sudor humano / tanta sangre gangrenada / tantas manos agotadas / tantas cadenas /… / tantas guerras y tantas paces…” (Tanto sudor humano). En ocasiones impreca a los demás por la rendición asumida: “porque decís sí a los miserables // porque mojáis el pan en nuestra sopa // porque os bebéis el alcohol de nuestro vino” (A los otros). Ante el destino final, vislumbrando esos cementerios que aún estando lejos no lo están demasiado, todavía puede esbozar un gesto de impotente rebeldía: “Cuando vituperados los diez mil seres de la tierra / cuando malditas las cien mil miserias / cuando detestados todos los males /  haya que ir al cementerio / meemos en un jarro” (Regreso a la tierra).
El Instante fatal es un libro donde Queneau da rienda suelta a su libertad de expresión poética, forjando así una prosodia que rompe con las estructuras convencionales al introducir el lenguaje coloquial, las bromas, el humor, el tono familiar, los juegos. El poeta trata a las palabras como seres vivos que, espera, “se conviertan en trabajadores” para así forjar un lenguaje creativo. La poesía de Queneau contiene varios niveles de lectura. Un primero sería aquel en el que el juego, el divertimento, la experimentación formal gratifican una lectura menos atenta. Mas luego, en una lectura más profunda, aparece la temática que da sentido al texto, desde el goce de la existencia al ineludible trascurrir del tiempo y el ineluctable destino. En esa escritura están contenidos los elementos simbólicos de su poética, en donde el humor –tan frecuente– no deja de ser un mecanismo protector frente a la angustia de la muerte. En la creatividad lírica de Queneau se encuentran íntimamente imbricados lo trágico y lo burlesco sin que entre ambos se genere una relación que por incompatible haga inviable su convivencia.   
Nota final (ineludible). Como ya ha ocurrido en otras ocasiones con libros de esta colección, la editorial no ha tenido a bien no ya ofrecer un estudio preliminar o unas notas explicativas –ya que no se trata de una edición crítica–, sino ni tan siquiera un breve prólogo o introducción. No parece que esa sea la mejor forma de presentar un libro.

                                                                                               © Copyright Rafael González Serrano

sábado, 23 de diciembre de 2017

Rafael González Serrano: Cruzar puertas traseras (Antología)


                                                                Retorno

                                                Estuviste en el infierno
                                                de la renuncia;
                                                de él volviste al purgatorio
                                                del mundo, el de la espera
                                                en noche de jardines
                                                y edenes peligrosos.
                                                Porque hay barcos que
                                                navegan los sueños
                                                sobre acantilados de ayeres;
                                                porque hay insomnios
                                                que son salidas
                                                de los túneles del lodo.
                                                Y a pesar de la duda
                                                que flaquea las piernas
                                                del vigía aterido,
                                                hay posibilidades de ser otro,
                                                hay opciones de rasgar
                                                el velo de lo sumergido. 


                                                           Tras la puerta

                                             Al abrir la puerta un mar de latidos
                                             inunda la estancia,
                                             y la esquina de una fotografía
                                             semeja un cónclave de estremecimientos
                                             sin origen definido.
                                             No hay llaves que clausuren
                                             esa puerta de forma definitiva,
                                             como no hay cerrojos que impidan
                                             crecer a los bosques.
                                             Sólo el lamento de las páginas de un libro
                                             hará posible que la hojarasca
                                             ensombrezca ese lugar
                                             donde vicario viviste de películas antiguas,
                                             y donde los dos erais actores
                                             de un baile de marionetas.


                                                               Realidad

                                               Conjurando el páramo se queman
                                               las pesadillas que
                                               flotan en las turbias aguas
                                               del albañal.
                                               Son como pieles de nubes
                                               que se estiran en una topografía
                                               de trébol y suburbio,
                                               cuando las canciones ahogan
                                               sus notas enfermas.
                                               No hay ya héroes, y las víctimas
                                               se inmolan a sí mismas
                                               en el holocausto
                                               de una coreografía final.

jueves, 19 de octubre de 2017

Zbigniew Herbert: Informe desde la ciudad sitiada

Zbigniew Herbert publica Informe desde la ciudad sitiada en 1984. Fue un poeta y escritor polaco nacido en Lwów en 1924 (ciudad de Polonia que pasó a ser la actual Lvov, en Ucrania, tras la Segunda Guerra Mundial). Recibe su formación de manera clandestina en la Polonia ocupada. Hasta después de la muerte de Stalin no comienza a publicar sus libros. En 1956 sale su primer poemario, Cuerda de luz. Luego vendrán Hermes, el perro y la estrella (1957), Estudio del objeto (1961), Don Cógito (1974) o, la posterior al Informe, Elegía a la partida (1990). Es también un prolífico autor dramático, así como un agudo ensayista con títulos como Un bárbaro en el jardín (1962). Murió en Varsovia en 1998.
Informe desde la ciudad sitiada y otros poemas (que así es su título original), en su versión española padece la amputación de poemas pertenecientes a su primera edición y la inclusión de otros anteriores en bastantes años, puede que al amparo de ese abarcador “…y otros poemas” (en una interpretación quizá bastante libérrima). Nos basaremos pues –no nos queda otro remedio– en esta edición en español.
El poema central del libro es una meditación sobre la opresión, la conciencia ética y la libertad personal. Consta de cincuenta y nueve largos versos libres entre los que hay versos individuales y agrupaciones de versos en estrofas irregulares. Se inicia con el hablante relatando cómo él: “Demasiado viejo para llevar las armas y luchar como los otros– / fui designado como un favor para el mediocre papel de cronista” Marca así una secuencia de hechos que van sucediéndose a lo largo de siete días. Describe con objetividad: “evito comentarios las emociones mantengo a raya escribo sobre hechos”; narra sus observaciones: “al atardecer me gusta deambular por los confines de la Ciudad /… / escucho el tronar de los tambores los alaridos bárbaros / en verdad es inconcebible que la Ciudad todavía se defienda”.
El poema tiene un cariz en buena medida pesimista, pues vaticina una futura derrota de esa Ciudad –“el asedio continúa los enemigos deben ser reemplazados / nada les une excepto el anhelo de nuestra destrucción / galos tártaros suecos huestes del César…–, abocando así la existencia humana a la soledad (“a quienes alcanzó la desdicha están siempre solos”). Aunque también la esperanza se puede encontrar en que haya un solo superviviente: “si cae la Ciudad y uno solo sobrevive / él portará consigo la Ciudad por los caminos del exilio / él será la Ciudad.” Concluye, no obstante, que cualquier anhelo de salvación frente a la opresión y la injusticia está en los sueños: “sólo nuestros sueños no fueron humillados.”
Esa Ciudad es el núcleo fundamental de los valores que todo ser humano lleva; los que renuncian a la lucha frente al asedio externo no poseen conciencia de los principios esenciales de la libertad. Aunque la Ciudad pueda ser entendida en un sentido genérico y simbólico –como ese foco primordial de las virtudes que todo hombre porta–, también subyace, y es claramente identificable, un alegato crítico contra la ley marcial impuesta por el régimen socialista en 1981 a los polacos. Esa Ciudad no sólo es Varsovia –o Polonia–; pero también lo es.       
En el poemario aparecen también otros motivos recurrentes en la obra de Herbert. Tal es la referencia a los elementos históricos –y mitológicos–, así como la presencia de esa figura mitad alter ego mitad método de distanciamiento del propio autor, que es Don Cógito. La Historia –o la Mitología–, por medio de los personajes rememorados y los acontecimientos narrados, son un instrumento para comprender el momento presente. En esa Historia el mal abunda y, por ello, desenmascararlo es una forma de enfrentarse o, al menos, resistirse a él. Mas no sólo ofreciendo una actitud que reivindique un sentido ético (lo cual implicaría cierta visión idealista), sino también mediante la aplicación de un método de contraste irónico, tal y como hace Herbert.  
Esto se observa en composiciones como El Divino Claudio o Habla Damastes apodado Procusto. En la primera, establece una semblanza del emperador que, entre el cinismo y la autoburla, reivindica su figura: “durante años representé el papel de zoquete / los idiotas viven más seguros”; se jacta de su formación, tanto la culta como la recibida en tabernas y lupanares; y duda de sus crueles decretos: “al parecer / ordené ejecutar /  a treinta y cinco senadores.” Para concluir alardeando de haber añadido al alfabeto dos nuevas letras: “amplié las fronteras del habla esto es las fronteras de la libertad.” Procusto rechaza el calificativo de asesino pues “en realidad fui un erudito reformador social / mi verdadera pasión fue la antropometría”, y añade con desfachatez que: “la meta era sublime el progreso exige víctimas.” Porque los tiranos justifican sus crueldades en nombre de los logros prácticos o los nobles ideales (o totalitarios proyectos: así Procusto lo que deseaba era “a una humanidad asquerosamente heterogénea conferir una forma única”).
Don Cógito es ese filósofo escéptico que, a pesar de ser consciente de lo imposible de su tarea, intenta darle un sentido lógico a las cosas, descubrir la verdad que subyace bajo la supuesta realidad que trata de confundir sustancia y apariencia. En El alma de Don Cógito, con tono melancólico, expresa cómo, ante el regreso de su alma: “la mira de reojo / cuando se sienta frente al espejo / y sus cabellos cepilla / enredados y grises.” Y en El monstruo de Don Cógito precisamente reta al monstruo que “destruye la construcción del pensamiento.” Y esa batalla debe darse “antes de que sobrevenga / un sucumbir por inercia / una vulgar muerte innoble.” Deseo de racionalidad frente a la mentira de la falsa realidad, de ese infierno en la tierra. Ya en un poema anterior de esta serie, pero recogido en este libro, plantea precisamente Qué piensa Don Cógito del Infierno (y los que ocupan el más bajo círculo no son sino los artistas, “llenos de espejos, instrumentos y retratos”).
Una de las finalidades del libro de Herbert es, mediante la palabra poética, presentar la crítica  de un mundo en el que reina el terror contra los hombres concretos, violentados en nombre de diversos abstractos totalizadores. En sus poemas siempre se halla presente la perspectiva reflexivo-intelectual –lejos de la impulsividad emocional, y con el frecuente uso del distanciamiento irónico–, marcando el énfasis en los seres humanos y su dignidad, aunque la gente esté atrapada en el engranaje ineluctable del destino. El anhelo de verdad es un motivo crucial de la poesía de Herbert que, en última instancia, va más allá de las preocupaciones meramente sociopolíticas para aspirar al sueño de alcanzar el conocimiento, la claridad del ser. Pretendiendo obtenerlo mediante lo que él mismo definía como la calidad de transparencia semántica: “característica de un signo que consiste en que durante el tiempo en que se usa ese signo, la atención se dirige hacia el objeto denotado y no hacia el signo en sí”.

                                                                                               © Copyright Rafael González Serrano 

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