lunes, 8 de febrero de 2016

Borís Pasternak: Mi hermana la vida

Borís Pasternak nace en Moscú en 1890 en el seno de una acomodada familia de artistas, pues su padre era pintor post-impresionista y profesor de la Escuela de Bellas Artes de Moscú, y su madre era pianista y concertista. A pesar de ser mundialmente conocido como autor de la novela Doctor Zhivago, fue también un gran poeta (mantuvo una estrecha amistad con Ajmátova, Tsvietáieva o Mandelstam). Mi hermana la vida se publica en 1922. Otros libros de poesía suyos son Sobre las barreras (1917), Segundo nacimiento (1932), En los trenes del alba (1943), La inmensidad (1945), o su último poemario Cuando amanece (1959). En 1958 se le concedió el Premio Nobel, que el gobierno soviético le impedirá recibir. Muere en Peredelkino en 1960.
Mi hermana la vida había sido escrita en 1917, pero la publica cinco años después. Es fruto del viaje que efectuó a la región de Saratov para encontrase con Elena Vinograd de quien se había enamorado. Los nombres geográficos –Romanovka y Balachov– son los lugares donde tuvo lugar dicho encuentro. El libro está dividido en once secciones cada una de las cuales –salvo la primera, que consta de un solo poema– está formada por varias composiciones.
Pasternak, a quien se le designó como “el todopoderoso dios del detalle”, se rebeló contra la idea de ser un mero transmisor de estados personales en sus versos. Para él la poesía debía ser tan compacta que tenía que crujir como el hielo –y eso ya lo reivindica en este libro: “es un crujido de apretados hielos”, en Definición de la poesía–, o una destilación de granos germinados de la verdad, o un hechizo forjado a partir del simple detalle realista.
El libro, de claro contenido amoroso, se vale de la naturaleza como fuerza que procura la energía vital que origine el surgimiento de la poesía. Ya ocurre precisamente desde el poema Mi hermana la vida: “Mi hermana es la vida y hoy desbordante / todo destroza en lluvias de primavera, / aunque se queje la gente enjoyada, y muerda / cortésmente como serpiente en la avena.” Es la naturaleza quien le inspira, invadiendo incluso la casa al mostrarse como reflejo en el Espejo: “El jardín gigantesco se zarandea en la sala   /… –¡y no rompe el cristal!–”; “se diría que todo, espejeado, fluyera / de hielo sin empaño vidriado.” Esa naturaleza que, en su inmensidad, también representa el infinito del impulso vital y, en consecuencia, del amoroso. “Como una marina la estepa pintada de infinito /…/ La niebla como el mar nos rodea por doquier.” (La estepa).   
Y el libro debe también reflejar su génesis: impelido por el amor, el poeta emprende un viaje –que describe– hacia ella (la amada/la vida). “Dulce se duerme aunque se guiña y pestañea, /… / el corazón por las planchas chapalea, / por las puertas del vagón se derrama estepa adelante.” (Mi hermana la vida). Y los lugares que visitará se transformarán gracias a su propósito. Así, si como enuncia un poema, Antes de todo esto era el invierno, en Balachov concluye: “Amigo, tú preguntas –¿Quién ordena las cosas / cuando arde la palabra del insensato? / En la naturaleza de los tilos, en la naturaleza de las losas, / está ese arder, en la naturaleza del verano.”
Los fenómenos naturales –como la lluvia, la tormenta– son considerados vivencias inmediatas donde el instante clausura el tiempo. Del mismo modo, el yo se debe diluir en la percepción. La conciencia ha de disolverse en la alegría que genera la contemplación –y fusión– con ese mundo que observa extasiado. “Es la tarde esculpida en polvo”, “es el estío circular”, “son vuestras pestañas prietas de resplandores”, “es el poniente, carbunclo en vuestros cabellos”. “No, no yo, sois vos, HERMANA, es vuestra belleza.” (Epílogo).
Viaje hacia la amada, viaje anhelante hacia el otro ser, que no deja de ser en esas ansias de plena identificación, sino un viaje hacia el interior de uno mismo. “Oh miserable homo sapiens, / la existencia es opresión. / Los años idos a nada saben / junto es este en comparación.” “Aunque a la vida se le estropean los lazos, / aunque el orgullo daña la razón, / nosotros sin embargo morimos agobiados / por lo que buscamos en el corazón.” (Modelo).   
Mas el paso inexorable del tiempo y el recuerdo de lo vivido están también presentes. “Así que había un henil / y olía a corchos del vino / cuando agostó llegó al fin” (Había). Si se interroga, “¿cómo cesar esta melancolía / indolente del verano abandonado?”, también su recuerdo gozoso aparece “en las trompas y en las mariposas, /…/ la memoria envolviéndose airosa / en mayo, en la miel, en la menta” (Verano). Si cuestiona si “¿puede romperse la melancolía / contra el puente y sus pilares?”, acabará aceptando que “A nosotros nos traiciona el recordar / y nos persigue por los rieles el guardagujas” (Retorno). O incluso en La suplente deberá reconocer que “Vivo con tu imagen, con quien ríe a carcajadas, /…/ junto a la que uno es huésped en la tristeza.”
Además de Epílogo, añade un último poema como concluyente despedida, el precisamente titulado El Fin. Porque acecha el otoño y “la puerta arranca sus bisagras, besando / el hielo de sus codos.” Reclama que se le presente una de esas criaturas “nutridas… por las cosechas de los campos del sur.” (La región a donde viaja está en el sureste de Rusia). Mas también el viaje, la experiencia vital, el encuentro con la naturaleza y su descubrimiento, acaba agotando: “¡tener amistad cansa!”
Y es que el poeta es un ser que padece el desasosiego (“se enamora un dios desasosegado”). Porque reconoce que la naturaleza es una fuerza renovadora, sí, pero también destructora, razón última de la vida y la muerte. Y sólo a través de la poesía puede dar testimonio de esa energía, pues un alma en estado de creación es quien puede reconocer esa potencia genésica y devastadora que habita el mundo. La naturaleza y el amor aparecen ligados en el libro como los guías que permiten alcanzar el más hondo sentido de lo humano en comunión con la vida y el mundo.

   © Copyright Rafael González Serrano

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