jueves, 10 de abril de 2014

Salvatore Quasimodo: Oboe sumergido

Oboe sumergido de 1932 es el segundo poemario publicado por Salvatore Quasimodo (Módica, 1901- Amalfi, 1968), tras su primer título dado a la imprenta Aguas y Tierras (1930), si bien que, con posterioridad, han sido publicados dos títulos inéditos anteriores: Besa el umbral de tu casa y Nocturnos del rey silencioso.
Junto con Montale y Ungaretti, Quasimodo es uno de los máximos representantes del hermetismo, movimiento poético italiano nacido en los años veinte del siglo pasado. Este movimiento surgió como reacción al convencionalismo temático de Pascale y al tono retórico de la poesía d’anunnciana. Fueron continuadores del simbolismo de Mallarmé y de la poesía pura de Valéry, que buscaban en la poesía la palabra pura que alejase al lenguaje poético de su aspecto meramente comunicativo y le otorgase un valor expresivo absoluto. Los herméticos propugnaban la literatura como modelo completo de vida para alcanzar el sentido total de la existencia, al margen de las limitaciones de la temporalidad.
Se inicia el libro con el poema que precisamente la da título, Oboe sumergido. “Avanza pena, tarda tu don / en esta hora mía / de suspirar abandonos /… / Un gélido oboe vuelve a silabear / alegría de hojas perennes, / no mías”, para concluir “yo me siento yermo, / y escombros son los días”. Ya de inicio plantea una constante en su poesía: el enfrentamiento entre la temporalidad y la eternidad, la permanente confrontación finitud/inmensidad, a la que el hombre asiste, desde su soledad, y reflexivo se interroga por su vulnerabilidad frente al mundo.
Ese antagonismo entre el la fugacidad del tiempo humano y la perennidad del tiempo universal, puede ser superada desde el decir poético, que puede instaurar una persistencia  por medio de la memoria. Y ello se puede conseguir mediante la recuperación de la infancia como edad mítica. “Me acongojas, doliente reverdecer, / olor de infancia / que triste goce tuvo” (El eucaliptus). O en el poema Isla, donde duda si la dulce voz del canto es “infancia o amor”, o se pregunta si “me oculto en las cosas perdidas”.
Vuelve a plasmarse la dolorosa dicotomía de la tensión temporal en Reposo de la hierba: “hace siglos que la hierba reposa / su corazón conmigo. // Me despierta la muerte: / más uno, más solo”;  donde la perennidad –“reposo de la hierba”– entra en conflicto con la muerte concreta del ser, que le deja despojado en su unicidad y soledad irremediables –“más uno, más solo” –. El tiempo histórico colisiona con la intuición metafísica originada en el sentir. “De tu matriz / emerjo desmemoriado / y lloro. // Ángeles mudos caminan / conmigo; no respiran las cosas; / en piedra se ha mudado toda voz, / silencio de cielos sepultados. // Tu primer hombre / no sabe, pero sufre.” (A la noche). Esos “cielos sepultados” definen el más absoluto silencio, ante él, el hombre constata su radical soledad y, a pesar de que puedan acompañarle “ángeles mudos”, de lo que es consciente es de su dolor, no conocerá su destino pero sí que deberá sufrir.
Una religiosidad conflictiva está también presente en el libro. Así en Curva menor –“la leve curva del / del vivir sólo me queda” –, se dirige al Señor para amarle aunque sea “en la llaga que perfora la carne”; mas siente que “solo estoy / en la sombra que en noche se expande, / ni un hueco se abre al dulce / brotar de la sangre.”  La lamentación, mas también el implorar, están en otros versos: “Me arrepiento / de haberte entregado mi sangre, / Señor, mi refugio: // ¡misericordia!”. En otra ocasión, hay una entrega absoluta: “Tuya es mi sangre, / Señor: muramos” (Primer día). O, a veces, se contempla la presencia, no siempre salvadora, del ángel: “El ángel es mío; / soy su dueño: gélido” (El ángel).
Es también permanente la identificación que hace Quasimodo entre naturaleza y búsqueda interior. Así la presencia de lluvia, río, otoño, agua, cielo, bosque, etc. como elementos cargados de significado. La lluvia es: “Piedad del tiempo celeste, / de su luz / de aguas suspendidas” (Plegaria a la lluvia). Y en medio de la naturaleza y el tiempo, se enseñorea la noche. Al ya comentado A la noche, se pueden añadir otros poemas. En alguno, como Móvil de astros y quietud, “la noche nos arroja en engaño fugaz”. En otro, camina sobre el corazón de esa noche que es “un encuentro de astros / en archipiélagos insomnes”, pero solicita que se le conceda su día –“concédeme mi día”– para llorar “de amor por mí mismo” (Concédeme mi día). La identificación entre naturaleza y sentir profundo en una clave para descubrir la luminosidad inefable:“El corazón me descubrió subterráneo, / que tiene rosas y lunas que fluctúan, / y alas de animales de rapiña / y catedrales, desde las que persigue / el alba alturas planetarias” (Sufridas formas de árboles).
Sólo la labor poética puede enfrentarse al implacable tiempo mortal; las posibilidades de libertad del ser humano se manifiestan únicamente en la creación. De ahí que se salude el Nacimiento del canto: “Yazgo sobre ríos colmados / donde las islas son / espejos de sombras y de astros”. Y, a través del verso,  desentenderse de la muerte y anunciar la vida: “Sin memoria de la muerte, / unidos en la carne, / el rumor del último día / nos despierta adolescentes” (Sin memoria de la muerte). La “carne” como símbolo de la juventud, que es tanto como decir de la vida. Aunque no pueda tampoco desentenderse del sufrimiento. “En mí alimento un mal / de vivo que al cambiar /sufre incluso la carne”, y de que la palabra, en tanto que conocimiento, lo es también de lo irremediable: “En ti, completamente extraviada, / alza sus senos la belleza, /…/ Mas he aquí que si te tomo, / para mí te conviertes en palabra, en tristeza” (Palabra).
En Oboe sumergido Quasimodo usa con frecuencia sustantivos absolutos, sin artículo, también plurales indeterminados, imágenes oníricas, figuras como personificaciones (”duermen bosques”), hipérboles (“beber el cielo”), o metáforas que atribuyen elementos de la naturaleza a cualidades humanas (“corazón de huracán”, “amor de peñascales”), contribuyendo todo ello a un deseo por alcanzar lo eterno. El lenguaje se construye a partir de asociaciones de ideas por yuxtaposición, y mediante relaciones de  analogía, concibiendo así una poesía intuitiva que  persigue una revelación integral del ser humano.
© Copyright Rafael González Serrano

Mapa de visitas mensuales

Me gustan (sin prioridad)

  • Thomas Mann, La montaña mágica
  • Louis Ferdinand Celine, Viaje al fin de la noche
  • Giuseppe Arcimboldo, Las estaciones, Los elementos
  • Arnold Schönberg, Peleas y Melisenda
  • Luis Cernuda, La realidad y el deseo
  • Chocolate Watchband, The inner mystique
  • William Faulkner, El ruido y la furia
  • Edgar Lee Masters, Antología de Spoon River
  • Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares
  • Starwberry Alarm Clock, Incense and peppermints
  • William Shakespeare, Hamlet, Macbeth
  • Vincenzo Bellini, Norma
  • Eugène Ionesco, El rinoceronte
  • Samuel Beckett, Esperando a Godot
  • Friedrich Nietzsche, El origen de la tragedia
  • Franz Kafka, El castillo, El proceso
  • Laurence Sterne, Tristram Sandy
  • Arthur Honegger, Pacific 231, Sinfoná litúrgica
  • Erick Satie, Gymnopédies
  • Sylvia Plath, Ariel
  • Odisseas Elytis, Es digno
  • Rainer Maria Rilke, Elegías de Duino
  • San Juan de la Cruz, Cántico espiritual
  • Love, Forever changes
  • James Joyce, Ulises
  • John Dos Passos, Manhattan transfer
  • Alban Berg, Lulú
  • Francisco de Quevedo, Poesía, Los sueños
  • Jorge Luis Borges, Ficciones, El otro, el mismo
  • Béla Bartok, Música para cuerda, percusión y celesta
  • Left Banke, Walk away Renee
  • Maurits Cornelis Escher, Relatividad, Reptiles, Mano con esfera
  • Harpers Bizarre, Feeling groovy
  • Hieronymus Boch, El jardín de las delicias
  • Ezra Pound, Cantos pisanos
  • Paul Celan, Amapola y memoria
  • Flamin' Groovies, Teenage head
  • Carl Off, Carmina burana
  • Nelly Shacs, Viaje a la transparencia
  • Beau Brummels, Triangle
  • Claude Debussy, Preludio a la siesta de un fauno
  • Paul Valéry, El cementerio marino
  • Thomas Stearn Eliot, La tierra baldía
  • Janis Joplin, Pearl
  • Anna Ajmátova, Requiem
  • Fernando Pessoa, Libro del desasosiego,
  • Doors, L.A. woman
  • Agustín García Calvo, Sermon de ser y no ser
  • Igor Stravinsky, La consagración de la primavera
  • Eduardo Mallea, El vínculo
  • Rafael Sánchez Ferlosio, Alfanhui
  • Pedro Salinas, La voz a tí debida