sábado, 29 de octubre de 2011

Paul Celan: Amapola y memoria

 
Quizá sea Celan uno de los autores en los que mejor se armonizan –por necesitarse- los contrarios. De ahí ese título inaugural de su obra poética que es Amapola y memoria. Porque para Celan la amapola es el símbolo del olvido: “fresca como la amapola del olvido la boca que la besa”. Y, junto al olvido, la memoria. Y esa clara voluntad de presentar la una junto al otro es un proyecto de  reconstrucción del mundo a través del lenguaje. O mejor, de reinventar la lengua, eliminando en cada frase el sentido espurio que pudiera impregnar a esa lengua envilecida por la manipulación corruptora.
Si el territorio de un poeta es la lengua, esto en Celan lo es con mayor razón. Nómada, plurilingüe, ya que conocía el rumano, el ucraniano, el ruso, el inglés, el francés (y tradujo varios), escoge voluntariamente como lengua de creación el alemán, que era su lengua materna, pues era de una familia judía de habla alemana asentada en la Bucovina. En alemán; aunque fuesen alemanes, enloquecidos por un delirio, los que acabasen con su familia. De ahí esa contraposición: amapola (olvido) y memoria, alegorizando lo alemán y lo semita. Rechazo y atracción aunados.
En su poesía se asiste a la tensión entre dos tradiciones: la germana y la judía (la rubia Margarita y la cenicienta Sulemita). Tensión que no se resuelve en síntesis, sino que traza los caminos paralelos de una oposición, en cuya divergencia se alimenta su obra. Funda una poética de la yuxtaposición y no de la síntesis. Su lírica se alza en medio de la desolación de la guerra, donde todo se ha corrompido, incluido el lenguaje; por eso, hay que reinventarlo.
Inicia el libro la parte La arena de las urnas. Si proclama que “verde de moho es la casa del olvido”, eso no le impide recordar también que “el cabello de mi madre nunca llegó a ser blanco”. Y que “vaciamos el jarro de la mesa porque somos huéspedes de los espejos”. Muerte y vida, olvido y tiempo -espacio del recuerdo-. El ataúd, “tallado en la madera de los sentimientos” va bogando “sangre abajo con él”. “Los soles del sueño ligero son azules como tu cabello una hora antes del amanecer”, mas “los soles de la muerte son blancos como el cabello de nuestro hijo”. Pero en el poema Tardío y profundo exclama, exige,  “¡que venga lo nunca sido!” Y en Corona blande el emblema de los contrarios asumidos: “nos amamos uno al otro como amapola y memoria”, para concluir “ya es tiempo de que sea tiempo”.
En Fuga de la muerte se hallan muchas de sus claves. Si hace referencia a una composición musical, en la que los acordes son los de la muerte (y donde “la muerte es un Maestro Alemán”), también puede entenderse en el sentido de huida. Iniciada con ese esclarecedor oxímoron: “negra leche”, el uso de la anáfora insistente marca un ritmo obsesivo, como una letanía que remarcase el significado:
                        “Negra leche del alba la bebemos de tarde
                         la bebemos a mediodía de mañana la bebemos de noche
                         bebemos y bebemos
                         cavamos una fosa en los aires no se yace allí estrecho”
Está en el poema presente la oposición Margarita/Sulemita, mas también el antagonismo entre ese “cavad” y “tocad y danzar”. Y si en otros poemas los ojos azules son emblemas del amor, aquí son símbolos del verdugo: “su ojo es azul/ él te alcanza con bala de plomo”. Además señala insistente y acusador a ese “Maestro Alemán”. En esta composición –quizá la más conocida y estudiada de Celan- rompe el discurso poético para construirlo de nuevo, quebrando la linealidad sintáctica y semántica, y eliminando nexos lingüísticos y signos de puntuación.
En la tercera parte, Contraluz, desde el silencio y la oscuridad, ofrece una palabra que pueda decir aquello inalcanzable, sólo expresado en el poema aunque sea de manera alusiva. Así los jarros “llevan a la boca lo vacío y lo lleno”. Y de noche “el péndulo del amor oscila/ entre siempre y nunca”. De nuevo, intento de conciliar antónimos.
En la cuarta parte, Tallos de la noche, “de corazones y cerebros/ brotan los tallos de la noche” y una palabra “los inclina a la vida”. De nuevo la oposición, “ya sangraba cuando mezclamos el sí y el no”, pues la espina “está aliada con la rosa”. También aquí la noche, el silencio y la palabra generan conocimiento. El tiempo es la clave que siguen la palabra y el silencio; y así, pasado, presente y futuro se entremezclan, constituyendo la posibilidad de ese renacer, como en el poema Agua y fuego: “recuerdo que yo era lo que soy:/ un maestro de mazmorras y de torres”. La memoria reconstruye: “plata muerta, revive”. Y es igualmente válida la experiencia negativa: “Cuenta lo que era amargo y te mantuvo en vela”; por ello pedirá el poeta: “Hazme amargo./ Cuéntame con las almendras”.
La poesía de Celan se alza en medio de la ruina, sobre las cenizas de una aniquilación, para refutar un imperio de la muerte. A pesar de referencias a la realidad, no es una poesía realista, ya que sus referentes concretos no constituyen el sentido último (ni simbólico ni político), siendo más una poesía de salvación por la propia escritura. Escudriñando el silencio -o lo no dicho- para nombrar y así buscar la salida de un nuevo mundo reinventado. Realidad como telón de fondo, pero también, análisis espectral de esa realidad, abstracción y suma de contrarios en el vientre de esa recreación poética.

© Copyright Rafael González Serrano

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